Más vale poner toda nuestra atención al conteo del IEC porque, evidentemente, hay algo ‘muy puerco’ en el proceso de elección

Las ganas son de romper la etílica veda y curarnos la cruda electorera con el aguardiente de más alta graduación disponible en el mercado.

¡Pero alto allí! Quizás, no sea tan buena idea aturdir nuestros sentidos en este momento, por más que resulte tentadora la idea de provocarnos un apagón analógico a base de “shots” tequileros.

¡No! Ya habrá tiempo para ello. Ahorita lo importante es tener precisamente muy aguzados ojos, oídos, nariz y garganta. Necesitamos observar como nunca, con minuciosidad de relojero, el desarrollo de estos turbios acontecimientos.

Necesitamos dejar también que los efluvios de furor partidista se disipen de las cabezas para, verdaderamente, pensar en lo colectivo.

Quizás, en 20 años de editoriales, éste sea mi momento más oscuro como columnista. Tengo ya 24 horas intentando escribir mi comentario respecto a los comicios celebrados el domingo y no atino. Primero, porque no hay un resultado claro, palpable, contundente, categórico; segundo, porque hay algo muy, muy, verdaderamente muy puerco en el proceso, pero aún no podemos descifrar qué, dado que dicho proceso sigue sin ser debidamente transparentado.

Las fallas son de origen. Uno mismo es corresponsable del desastre electoral que tenemos hoy entre manos, por haber aceptado previamente la conformación de un Instituto Electoral con perfiles tan deficientes, cercanos al poder, decididamente sumisos ante el Ejecutivo y con una clara identificación con el partido oficial.

En el momento en que consentimos que semejante mamarrachada se erigiera como IEC, le dimos luz verde al Gobierno para que hiciera con nuestro voto, con nuestra participación y con nuestra voluntad popular lo que le viniera en gana, y lo que mejor le viene en gana a un régimen como el moreirato es usar nuestro sufragio como papier toilette y hacer en cambio su santa voluntad.
Impugnar a estas alturas al IEC puede parecer tardío y un caso clásico de “si la elección me favorece, es legítima; si en cambio me decepciona el resultado, está amañada y el árbitro vendido”.

Claro, el régimen es especialista en hacer quedar como loco a quien lo objete. Pero no, la fiabilidad del IEC estuvo en entredicho casi desde que se conformó su actual plantilla y luego, sus mismos consejeros se encargaron de incrementar esta desconfianza con una cadena de torpes indiscreciones que los balconeó.

Creo más bien que los ciudadanos fuimos a las urnas apostándole a que externaríamos nuestra voluntad de una manera tan incontestable, que ni siquiera a un árbitro parcial le quedaría un subterfugio por donde favorecer a su protegido (que vaya que sí lo procuró desde el diseño de las boletas y la conformación de las reglas para la contienda).

¿Y sabe qué? Estoy seguro de que el PRI perdió la elección. Y no estoy seguro por qué ese sea mi mayor deseo cívico desde que, de niño, adquirí noción comunitaria.

Me lo dice la estadística: El porcentaje de votación se incrementó, no de manera apabullante, pero sí lo suficiente como para superar el voto duro del Revolucionario Institucional (es un hecho demostrable que cuando hay una mayor participación electoral en México, no opera en favor del PRI).

Me lo dice el conteo rápido, que le daba el triunfo al candidato de oposición, y que más adelante entró en conflicto con los datos arrojados por el procesamiento de las casillas.

Me lo dice la inconsistencia de un resultado preliminar, en el que el PRI pierde el control del Congreso y diversas alcaldías, pero retiene la Gubernatura. Un voto cruzado sospechosísimo.

Me lo dice la enorme pausa que se está tomando el IEC para nombrar un ganador y transparentar actas y conteos. Tiempo es todo lo que se necesita para fraguar un golpe a la voluntad popular (iba a decir a la “democracia”, pero eso es otra cosa).

Y me lo dice la calidad moral de quienes buscan protegerse de –¡ni lo mande Dios!– un careo con la Ley y la Justicia, a través de un elaboradísimo chanchullo.

Aunque no me lo crea, estoy contento porque, con todo y la oposición fragmentada e inflada, derrotamos al PRI. Ahora sigue una no menos ardua batalla por el reconocimiento de este triunfo ciudadano, en contra del tirano que se niega a claudicar, auxiliado por uno de sus más fieles cancerberos llamado IEC.

Así que más nos vale estar despiertos, bien espabilados y muy atentos.

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