El 17 de enero el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, por primera vez lanzó al aire la idea de que pudiera rifarse el costoso avión heredado en esta administración de las de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

De esa fecha hasta hoy, él y los mexicanos le han dedicado horas y horas de valioso tiempo para estudiar la idea, para reírse de ella creando memes distribuidos de norte a sur y de este a oeste del territorio, muchos, la verdad, sí ingeniosos.

El avión presidencial estacionado afuera de las casas, de las farmacias, de los centros comerciales, de las escuelas para ir a dejar a los niños. Mientras muchos se reían de la peregrina idea, otros más también se quedaban estupefactos, no podíamos dar crédito a que de veras estuviera pasando esto en el país: que estuviésemos tan entretenidos y fascinados en un asunto que, como dijo un comunicador de radio, “por estar ligado a política pública, no debe tomarse a chunga”.

Otros más, en el equipo de López Obrador, se ocuparon de inmediato en encontrar salidas a la primera idea que resultaba fuera de toda perspectiva: ya que a la Lotería Nacional no le es posible sortear en especie, exclusivamente dinero, pues entonces, ahí va: hay que poner el valor del avalúo del avión. ¿Dinero, dice la Lotería Nacional? (El Presidente ni idea tenía que era lo único que podría sortear la Lotería. Él, inocente, ingenuo, pensó que por ahí iba la buena para deshacerse de la funesta aeronave).

Dinero, entonces, rifaremos. Ay, pero ahora qué haremos con el dinero. Bueno, bueno. Pues que vaya a los más necesitados. ¿Quién rechazará esta idea, si todos saben que México está lleno de necesitados?

Oh, oh, pero ¿el avión? No pasa nada. Convencemos con una comida austera a 100 empresarios para que se hagan responsables de 40 mil números cada uno, 40 mil cachitos. Y el avión, ay, otra vez. ¿Qué hacemos con él?

No lo rematará, no tienen prisa, técnicamente sigue en venta. Son las palabras de quienes participan en los sesudos análisis para tratar de ver qué hacer con el fastidioso avión.

Mientras esto ocurre y estamos tan entretenidos, aparecen noticias que estremecen. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de Rosario Piedra Ibarra anuncia la desaparición de la oficina que se encargaba del caso de los 43 normalistas que fueron asesinados en Iguala. Una oficina que, como bien lo apunta Luis de la Barreda Solórzano, primer presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, realizó una investigación detallada de lo ocurrido aquella fatídica noche.

El comunicado, explica Luis de la Barreda, aparece lleno de yerros, “80 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa que viajaban en dos autobuses en el norte de Guerrero camino a Ciudad de México fueron interceptados y uno de los vehículos, con 43 de los normalistas, desapareció tras un enfrentamiento contra policías municipales y miembros de la delincuencia organizada”.

Este comunicado contradice lo que la oficina a cargo del maestro José Larrieta, para estudiar el caso y hoy desaparecida, puntualmente investigó:

Ni eran 80, ni fue un solo vehículo del cual se sustrajeron a los 43 normalistas y sobre el enfrentamiento: los muchachos no iban armados. Elementos policiacos fueron quienes los detuvieron, capturaron y luego participaron los miembros de la delincuencia organizada.

¿Seguiremos fascinados con el tema baladí? ¿Lo importante ha dejado de sonar en la mente de los mexicanos?