En Francia la perpetuidad dura 100 años. Si compras en París una tumba a perpetuidad eso significa que al cumplirse un siglo tendrás que irte con tus huesos a otra parte.

Eso le sucedió a un mexicano. Murió relativamente joven, tísico, según la aceptada moda en los principios del pasado siglo. Su vida fue una bohemia continuada. Comía cualquier cosa, cenaba media botella de coñac, y se desayunaba con una taza de café a la que añadía una pequeña dosis –muy pequeña– de estricnina.

Era pintor  en la Ciudad de México. Pero no se afilió a ninguna de las corrientes de su época: despreciaba el academicismo chabacano y desdeñaba también el llamado “arte popular” a la manera de Posada. Decía que ese arte no era del pueblo, sino para el pueblo, lo cual es muy distinto. Cuando tuvo oportunidad de ir a Europa no viajó a Italia ni a Francia. En su opinión, de esos dos países venían todos los vicios que asolaban a la pintura. Fue a Alemania. En el romanticismo germánico tuvo su primera escuela; de ella tomó los temas y variaciones para su creación: la muerte; el éxtasis de los paraísos artificiales –suave eufemismo para evitar decir “las drogas”–; el mal, representado por la figura del demonio; la inutilidad de la vida... A las linduras de la bella época opuso la siniestra visión de la maldad humana; los intrincados laberintos de la conciencia que pierde la consciencia; el goce sin límites de la carnalidad; el radical rompimiento con el mundo de la civilidad y la razón.

Regresó a México y entró a formar parte de la famosa Revista Moderna. Con disciplina aprendida en Alemania trabajaba como forzado para hacer ilustraciones, viñetas, portadas de libros, y hasta dibujos para la propaganda comercial. Tenía fama de radical y atormentado; se le veía como la imagen misma de un nuevo estilo de bohemio; no ya el romántico, sino el decadentista; el de las flores del mal. Sus amigos fueron Chucho Valenzuela, Bernardo Couto, José Juan Tablada, Amado Nervo, Jesús Luján...

En 1904 viajó otra vez a Europa, ahora a París. Pudo hacer eso gracias a una beca que le otorgó Justo Sierra. En la capital francesa se entregó a toda suerte de desenfrenos. Para eso ha servido siempre la capital francesa, para el desenfreno; quizá por eso es llamada Ciudad Lux. El 15 de septiembre de 1907 un grupo de mexicanos se reunió para celebrar nuestra Independencia. Ni en París puede un mexicano olvidar que es mexicano. El rico del grupo, aquel Jesús Luján, contrató a un grupo de prostitutas entre las cuales se encontraba la célebre Mimí Pinsón. Aquella noche mexicana fue quizá demasiado mexicana. Salía ya el sol cuando los celebrantes se fueron a su casa. Por la tarde Luján visitó al pintor que digo. Lo encontró muerto en su cama. Fue él quien compró para su amigo la tumba “a perpetuidad”, en el cementerio de Montparnasse.

Ahora me pregunto a dónde habrán ido a dar los huesos de ese hombre, muerto a los 36 de edad. Hablo de Julio Ruelas, una de las más inquietantes figuras de nuestra plástica. Yo tengo entre mis más preciadas posesiones un dibujo original de este artista atormentado y tormentoso. Se llama “Balada a Satán”. Lo compré a precio de oro. Todo lo bello hecho por hombre –o por mujer– se debe comprar a precio de oro. La obra –una preciosa tinta china– representa a un joven fauno en actitud lasciva. Eso fue Ruelas: un fauno que vivió sin las cadenas que el pensamiento impone, y que se entregó al placer con la ansiedad de quien a todas horas está pensando que va a morir.

Armando Fuentes Aguirre 'Catón'

Columna: Presente lo tengo yo