Me enteré casi por casualidad que la BENC celebró el 125 aniversario de su fundación (VANGUARDIA/03 de Mayo/2019). La nota es ilustrada por una foto nocturna que muestra el admirable edificio inaugurado en 1909, sin enfatizar la extraordinaria trascendencia que han tenido esos 125 años de educar a los educadores de Coahuila y de la nación.

No me sorprende que la Benemérita Escuela Normal de Coahuila simplemente se abrevie en un código como BENC. Ya es una costumbre de la nueva cultura que todo se abrevie sin importar si es trascendente o “flor de un día”. Que el trabajo, el arte, la cultura ciudadana, la investigación científica, la salud y la democracia sean disminuidas a números, pesos y estadísticas. Y que el valor de la persona con su tenacidad, vocación, compromiso, esfuerzo, conciencia y libertad se ha abreviado de tal manera que ya no cuenta ni en la macroeconomía ni en la globalización.

La educación de la persona está en proceso de extinción. El proceso educativo está orientado a desarrollar habilidades y no a desarrollar el carácter, a conseguir empleo o “status” profesional que sustituya a los títulos nobiliarios que privilegiaban a unos sobre otros, a “tener una imagen social” y no a ‘ser persona’.

Hace 77 años ingresé al kínder Luis A. Beauregard y continué mi educación en la escuela Anexa a la Normal (la BENC). Con ocasión del centenario de la fundación de la escuela Normal, escribí un artículo referente al proceso educativo que cultivó mi persona y del cual extraigo algunas líneas:

En esa escuela aprendí mucho de lo que he necesitado en mi vida. Aprendí a hacer bien y con buena letra la tarea a la primera… de otra manera tenía que hacerla otra vez…

Aprendí que había personas para quienes lo bueno era bueno y lo malo era malo, y nunca llamaban regular a lo mediocre. Se llamaban maestros.

Aprendí que un balón era tan importante como un libro; que la vida es un juego con minutos de descanso; que ser el mejor equipo no es un lujo sino una necesidad; que jugamos para ganar y que hay que entrenar todos los días…

Aprendí que cuando se tienen buenos maestros no se necesitan padres sobreprotectores, ni castigos ni premios… ni pasarse las tardes enteras para aprender lo que ya se aprendió en la escuela...

Aprendí que nuestro máximo valor era ser niños con responsabilidades, con libertad para ser y para jugar, con derecho a la protesta y a la expresión, que da gusto crecer y ser mayor cada año y que da tristeza llegar al final de la primaria.

La trascendencia de esa educación que recibimos se vio reflejada en los años posteriores de cada uno de mis 50 compañeros que egresamos de la Anexa hace 70 años. Cuarenta y cinco de nosotros (90 por ciento) obtuvimos un título profesional y ejercimos nuestro servicio a la sociedad como médicos, ingenieros, abogados y sobre todo como padres de familia congruentes y educadores.

Recibimos una educación pública privilegiada porque nuestros maestros, a quienes hoy todavía honramos con nuestro agradecimiento, se enfocaron a cultivar nuestra persona integral, nuestro ser y nuestro carácter. La Benemérita Escuela Normal de Coahuila ha trascendido en nuestras vidas y en las miles de familias que fueron influidas por su filosofía educativa del “ser” y no del “tener”.