Iglesia y Estado… ¿Qué podríamos agregar que no se haya dicho ya sobre este viejo amasiato del poder, ese mítico romance en el que se practica el pecaminoso beso de tres con el otro gran seductor de la humanidad, el capital?

Pese a que el Estado es laico, o se supone; pese a que la Iglesia atiende asuntos espirituales, o se supone, no es raro verlos saludarse en público con la cómplice sonrisa de quienes fingen distanciamiento pero a leguas se ve que apenas anoche pernoctaron juntos y no precisamente para ver Netflix.

Recién atestiguamos uno de dichos encuentros en la capital coahuilense, de la que cabe aclarar, guarda peculiar relación con sus instituciones, oficiales y eclesiásticas, misma que se sintetiza en el lema que cierto comunicador local vociferaba micrófono al aire: “¡Saltillo, pueblo de agachones!”.

Lo cito con la dispensa de todos los disidentes, insurrectos, pensadores críticos, inconformes y desobedientes -que por supuesto los hay-. Pero hemos de reconocer que como sociedad estamos en perenne sumisión ante Iglesia y Gobierno y, ya tratándose de dinero, hablamos de la más abyecta postración.

Quizás, como resultado de sus orígenes coloniales, una sociedad mixta española-tlaxcalteca, es que al día de hoy tenemos unas pocas castas privilegiadas y un nutrido vasallaje con vocación para la mansedumbre.

Saltillo es tan católico que tiene no uno, ni dos sino tres obispos. Dos eméritos y uno recién ¿contratado?, ¿adquirido?, ¿electo?, ¿‘casteado’?  

Bueno, no estoy seguro de los mecanismos para hacerse de un Obispo, pero el Vaticano nos acaba de enviar uno nuevo de la agencia, porque los dos anteriores alcanzaron sucesivamente la edad de retirarse: Francisco Villalobos, quien recién cumplió 100 años; y el siempre controversial Raúl Vera.

Monseñor Vera ganó notoriedad desde que, al lado del también Obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Samuel Ruiz, fungió como mediador entre el Gobierno y el Ejército Zapatista. Luego de eso, en 1999, llegó a Saltillo donde siguió abanderando diversas causas sociales y por los derechos humanos, siendo la más importante la de los desaparecidos en Coahuila.

No pocos malquerientes se ganó Fray Raúl Vera al frente de la Diócesis de Saltillo, y se le podrá objetar esto o aquello, pero lo cierto es que como nadie, le ha dado voz a numerosas víctimas que ya no pueden defenderse y ha visibilizado la lucha de sus deudos, que de otra manera habrían sido olímpicamente ignorados. Y ya sólo por ese hecho, Vera ocupa un sitio privilegiado en la Historia de esta mochi-ciudad con sabor a pan de pulque que se está poniendo rancio.

Pero Vera cumplió 75 años y la Santa Sede aceptó su dimisión, por lo que llegó para asumir funciones, traído directamente desde Linares, Nuevo León y para toda la gente bonita de esta Saraperópolis, Monseñor Hilario González García, de los González García del merito Monterrey. ¡Ajúa! ¡Cómo dice! (*Suena música de Aficionados de Rómulo).

El viernes se celebró una misa en la que el nuevo Obispo firmó contrato... rindió protesta… juró en el cargo… fue ungido… o cualquiera que sea el protocolo. El caso es que fue presentado con el equipo y viste ya la casaca sarapera. Yo honestamente le deseo toda la suerte del mundo, no soy creyente ni simpatizo con la Iglesia pero creo que la influencia que aún tiene en la comunidad puede aportar mucho si se ejerce debida e inteligentemente. Porque si sólo le va a hacer de comparsa al poder político, pues…

Muy a propósito, las autoridades gubernamentales no se resistieron a apersonarse, cosa que repruebo con toda la víscera. El Gobernador del Estado, Miguel Riquelme adujo que asistió al acto “en primer lugar porque soy creyente, y en segundo porque creo que como autoridad merece el respeto desde el inicio que llega aquí”, o algo así declaró.

Qué bueno, pero si es creyente debió ir en sus horas libres y en discreta calidad de feligrés, no como representante del Poder Ejecutivo, a cuyo carácter laico le debe mayor respeto que a la investidura del Obispo.

Pero en fin, ese no es el meollo.

Sucede que en el templo en el que se celebró la misa con que Monseñor Hilario asume su nueva responsabilidad, se colocó una serie de fotografías, retratos de víctimas de feminicidios y desapariciones, lo que era por demás acertado para que el nuevo Obispo fuese conociendo desde el primer momento la realidad a la que está llegando, una realidad de crímenes y de un gran vacío de la autoridad; y para que fuera haciéndose una idea del tamaño y peso del paquete que le está heredando su predecesor, Vera López.

Pero trascendió que alguien, un par de sacerdotes oficiosos quizás, removieron y amontonaron los retratos de las víctimas para que no estropearan el evento, para que no estorbaran, para que no mancharan la ocasión con su nota trágica; para que no afearan el acto y sobre todo, para que no contradijeran al señor Gobernador, quien le asegura al Obispo que llega “a un Estado seguro”.

Qué deplorablemente simbólico es el apilar a las víctimas en un rincón, igual que se apilan cadáveres en las fosas, como se apilan los expedientes esperando justicia. Esas fotos, mudos testimonios de vidas que fueron arrancadas, lucían amontonadas como objetos desechables, mientras que desde el altar se pregonaba del amor, de la compasión y cualquier cantidad de virtudes obsequiadas por Dios.

Del Gobierno no nos extraña que ignore los problemas reales, que se haga soberanamente pndxo y que exhiba de esta manera su falta de sensibilidad. Pero ojalá que este detalle tan gráfico no defina la nueva dirección que habrá de tomar la Diócesis, de muda complicidad con la autoridad, de ‘aquí no pasa nada’, de ‘paguen su diezmo y tan amigos, todos felices’. Porque de ser así, habremos perdido todo el terreno ganado en materia de activismo, lucha civil, derechos humanos y reconocimiento a las víctimas y a su sufrimiento, durante los últimos 22 años, con Fray Vera López.