Aunque no hay consenso en el origen del neologismo biopolítica, la idea se empezó a utilizar con mayor frecuencia a partir de Michel Foucault, quien lo acuñó por primera vez en 1974. Por motivos inentendibles, el término no figura en el Diccionario de la Real Academia Española. 

El filósofo francés consideraba que por medio de la biopolítica la sociedad capitalista buscó controlar diversos componentes de la vida, como serían la construcción y administración de la política sanitaria, la regulación de la población, la gestión de la guerra y el dominio de la sociedad sobre los individuos, a través del control del cuerpo. Foucault: “… el control de la sociedad no sólo se realiza a través de la ideología, sino que se requiere del control del cuerpo de los individuos”. 

La biopolítica confronta el mal uso de la ciencia por el poder contra la utilización inadecuada del cuerpo del ser humano. La ecuación previa no es amarillista, es una idea que debe discutirse. Transformar al hombre, tal y como lo conocemos, tal y como somos, es una posibilidad factible y terrible. La tecnología puede todo. La biotecnología carece de límites. Lo antes impensado ahora es cotidianeidad. Comparto dos hechos. 

Primero. La edición genética es una realidad. En enero de 2016, la Autoridad en Embriología del Reino Unido aprobó usar la técnica denominada CRISPR para llevar a cabo la modificación genética de embriones humanos. La técnica CRISPR (acrónimo de Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats) permite cortar y pegar fragmentos del ácido desoxirribonucleico. Editar el ADN permite realizar cambios precisos y reescribir el código genético. Por medio de la edición es posible sustituir, extraer e identificar material genético defectuoso. La sustitución de aminoácidos enfermos, inmenso logro de la ingeniería genética, podría prevenir o curar enfermedades in útero. Editar el material genético —suplir genes defectuosos con fines terapéuticos— no conlleva dilemas éticos: la finalidad es “curar” embriones enfermos y, por extensión, proteger a los padres del suplicio de tener que cuidar, cohabitar y sufrir al lado de bebés enfermos. 

El posible embrollo surge ante la posibilidad de modificar parámetros físicos, modificación que abriría las puertas a la eugenesia. La eugenesia no es un tema de enciclopedias. Basta mirar lo que sucede en muchas naciones europeas. Aunque no es eugenesia científica el rechazo a los refugiados, la muerte de incontables menores y mujeres que huyen de sus países, es eugenesia social. La eugenesia —del griego, “bien y engendramiento”— a partir de la edición genética, efectuada en clínicas privadas yermas de códigos éticos, podría ser una realidad. 

Segundo. La (por ahora) idea de transformar al ser humano y conocer cada vez más sus entrañas hasta hacerlo computable es una posibilidad. Hace unos días los científicos informaron el descubrimiento de diez genes cuyo ADN determina las características del cabello, la densidad de los vellos de la barba y la forma de las cejas. Gracias a un cabello, la policía, o quien lo desee, podrá hacer un retrato casi exacto de la persona. Asimismo, en el futuro, características anidadas en el cerebro, como la empatía o la timidez, podrán descifrarse a partir del genoma. En síntesis, por medio del genoma, todo —pongámoslo con mayúsculas, TODO— podrá saberse acerca del ser humano.

Ese todo va aderezado del (auto) complot implícito en Facebook, correos electrónicos intervenidos, tuits, etcétera. 

Han transcurrido más de cuatro décadas desde que Foucault lanzó el término biopolítica, el cual, lamentablemente, seguimos escribiendo con itálicas, sea porque los lexicógrafos no se han enterado del término o porque el poder busque desdeñarlo. La realidad no requiere de diccionarios: la biopolítica —perdón, sin itálicas— es un fenómeno in crescendo. El ser humano de hoy, usted, yo, nuestros hijos, puede ser un recipiente abierto y moldeable. Modificarlo o no dependerá de las necesidades y del hambre del poder. 

Controlar a la sociedad, como decía el filósofo francés, no es suficiente. Es menester controlar el cuerpo. No bastan ni las patrañas del G-8 ni la globalización ni Wall Street para adueñarse del mundo y del ser humano. Es imprescindible transformar el cuerpo en un instrumento dócil. 

Notas insomnes. ¿Podrá sobrevivir el hombre? es el título de uno de los libros de Erich Fromm. Tanto él como Foucault, pienso, responderían “sí, lo hará, pero no será el mismo”.