Hace un par de años iba manejando rumbo a mi casa por el Blvd. Colosio o Curvosio, como suelen llamarlo, y de repente (y demasiado tarde) brinqué un bordo, tope, plasta de concreto, reductor de velocidad o como se le quiera llamar, que terminó jodiendo parcialmente mi carro. 

Luego de este suceso empecé a odiar los bordos. La razón principal es que, si su finalidad es trasmitir incomodidad a los conductores y pasajeros que circulan a velocidades superiores a las establecidas, la realidad es que hay unos que no discriminan, lento o rápido también te joden.

Hay dos tipos de ellos que en lo personal detesto; el primero: el que sólo es una plasta de concreto y que a simple vista se ve indefenso e improvisado, pero ya cuando los pasas sientes su agresividad con el trancazo en el chasis; una vez que terminas conociéndolo (hay muchos)  aprendes a pasarlo muy suavemente y si vas con más gente solo dices: ¡saquen el aire! Los del segundo tipo son los peores: los que que parecen rampitas, pero que se camuflajean con parte de la carretera; que no están pintados, señalizados, ni iluminados, porque cuando no los ves, tu carro hace la finta de despegue  para luego caer en picada, como fue mi caso. Como consecuencia de esto me he vuelto más observadora de los señalamientos viales y, aunque me di cuenta que hay muchos que no corresponden a la realidad de lo que se observa, solo memoricé aquellos bordos que estaban dentro de mi rutina diaria para no volver a pasar por el mismo tormento. Pero si cambio de rumbos al manejar, sea en mi ciudad, en mi Estado o en alguna otra parte de México, otra vez me pasa lo mismo y termino maldiciendo a una plasta de concreto. 

Desde que tengo memoria los bordos han existido, sin embargo, hace dos años se implementaron en Saltillo las foto multas como método para reducir la velocidad pero no fueron bien recibidas por los saltillenses por que decían que lastimaba su economía y que más que un programa de prevención, se trataba de una forma de recaudación. Para agosto de 2017 se ofrecieron rebajas al pago de fotomultas y muchos ni se molestaron en abonar; bastaba la espera de un nuevo gobierno para que cambiara el orden de las cosas. En octubre de 2017 las fotomultas dejaron de funcionar. Ahora solo quedan vestigios de aquel intento de conducta civilizatoria, cultura y orden (los señalamientos de radares en operación). Después llegó el cambio de gobierno y se implementó el radar por la vida con un enfoque de prevención, donde detenían a alguien por exceso de velocidad y se le aplicaba un apercibimiento la primera vez, y de ahí en adelante multas pero con algunos problemitas, pues ahora no había descuentos, pero si los moches y de nuevo lo de siempre: corrupción e impunidad. Otro gobierno y otra vez la ley se dobla ante el poder de la conducta del ciudadano. El Estado volvió a ceder, se hartó; y otra vez  el bordo perverso: el único ente incorruptible, infalible que nuestro estado de Derecho ha podido implementar y que al mismo tiempo satisface a los ciudadanos y a las propias autoridades para el control de la velocidad. 

Este bordo se ha vuelto un instrumento utilizado por ciudadanos y por el gobierno a su antojo. 

Por un lado puede usarse por un conjunto de ambulantes que venden dulces, chicles y cacahuates para aprovechar el que se detengan y compren alguna chuchería. Puede también ser utilizado por un grupo de colonos en la entrada de un fraccionamiento para que les den oportunidad de salir y, si eres bien influyente y alguien no te pidió perdón cuando te buleaban de chiquito, puede ser utilizado como instrumento de venganza.

Esta claro que falta mucho para ser un país con cultura vial;  la pregunta es: ¿cómo la conseguimos?