La gente que hace cine es casi siempre muy inteligente. Tiene, por tanto, sentido del humor. Leyendo libros sobre cine en este período de encierro encontré dos buenas bromas, digamos, cinematográficas.

Se estaba filmando en Hollywood aquella película que a muchos de mi edad les trae gratas memorias: “Las campanas de Santa María”. Aparecida en 1945 narra el encuentro de un amable y alegre sacerdote, el padre O’Malley, con una austera y rígida monjita, la hermana Benedict. El papel del joven cura lo hacía Bing Crosby; la bellísima Ingrid Bergman era la religiosa. Los dos ya se conocían bien en la vida real. Un año antes Crosby mereció el Oscar a la mejor actuación masculina por “Going my way”, y en la misma noche la actriz sueca recibió el máximo premio de la Academia por “Gaslight”.

Esta nueva película que hacían juntos, “Las campanas de Santa María”, tenía tema religioso. La Iglesia Católica pidió que un representante suyo participara en la filmación en calidad de asesor técnico. En verdad la función de dicho personaje era la de censor: debía evitar que la cinta contuviera cualquier escena que pudiese afectar el prestigio de la Iglesia y sus ministros. El asesor designado fue un sacerdote de apellido Devlin, conocido por su riguroso apego a la ortodoxia.

Presente en el set el padre Devlin se filmó una escena en la cual Bing Crosby e Ingrid Bergman dialogaban en sus respectivos papeles de sacerdote y monja. El director del film, Leo McCarey, dio la orden de ritual para empezar la filmación: “Silencio... Cámara... ¡Acción!”.

Crosby y la Bergman iniciaron su actuación. Tras unas breves palabras él tomó en las suyas la mano de la religiosa. El padre Devlin, que seguía en silencio el rodaje de la escena, empezó a inquietarse. Los dos artistas, entonces, se miraron amorosamente. Ella acercó su rostro al de él, como ofreciéndole los labios. Devlin se removía en su asiento. De pronto Crosby rodeó apasionadamente con ambos brazos la cintura de Ingrid Bergman, la atrajo con ardiente arrebato hacia sí, y los dos se fundieron en un sensual beso de amor que pareció durar una eternidad.

El padre Devlin veía todo aquello, horrorizado. McCarey dijo con rutinaria voz: “¡Corten!”. Luego, entre el aplauso del staff, añadió la frase de ritual: “Se graba”. Devlin se levantó de su asiento, mudo de asombro e indignación. Iba a decir algo, a protestar con energía, cuando todos estallaron en una carcajada. La escena había sido simulada para asustar al asesor. El sacerdote se dio cuenta de la broma de que había sido objeto, y dijo entre aliviado y furibundo, olvidándose de su sotana, de la ortodoxia y de la caridad cristiana: “¡Me han quitado ustedes cinco años de vida, cabrones!”.

La segunda broma la hizo Luis Buñuel. Tenía como ayudante de dirección a otro Luis, Alcoriza, y le pidió que esa noche no se desvelara, pues lo necesitaba en el set el día siguiente a las 7 de la mañana en punto. Pero en el curso de la cena, en un restorán de Cuernavaca, Alcoriza le había echado el ojo a una linda muchacha que estaba sola en su mesa. Tan pronto Buñuel se despidió con nuevas advertencias a su asistente para que estuviera en el set a las 7 de la mañana, éste abordó a la chica, y después de invitarle un par de copas se la llevó a su habitación en el hotel.

Empezaron las acciones, y cuando Alcoriza le bajó a la muchacha el calzoncito, vio que tenía en la pancita un letrero que decía: “A las 7 de la mañana en punto, Alcoriza”.