Yo amo a la ciudad de Brujas como si nunca la hubiera visto. Hay ciudades que amamos sin haber estado nunca en ellas, y cuando las vemos nos decepcionan algo. No así Brujas.

La conocí en lecturas. Ángel Ganivet, aquel español que no lo parecía, habló de sus encantos nebulosos. El belga Rodenbach escribió en ella –y sobre ella– una tristísima novela con la historia de un hombre enamorado de su esposa. La muchacha muere, y el viudo se va a Brujas a esconder su pena. Ahí, una tarde, ve a una mujer que tenía un notable parecido con la muerta. Se enamora de ella también, y eso fue como volver a amar a su esposa por segunda vez. Pero la semejanza entre las dos era de forma, nada más. La otra era cruel y caprichosa, llena de vanidades. Sus bajezas hicieron al desdichado descubrir que sólo en la muerte podía juntarse con la amada muerta, y fue a buscarla en las dormidas aguas del canal.

Una sorpresa aguarda en Brujas al viajero que habla el castellano: en Brujas no hay brujas. Quiero decir que no las venden en las tiendas, como en otras ciudades venden los objetos que las identifican: en París la Torre Eiffel; el Empire State en Nueva York... No hay brujas en Brujas porque “Brujas” no quiere decir “brujas”. Los españoles hacían suyas las cosas dándoles nombres españoles. Así hicieron con Cuauhnáhuac cuando le pusieron Cuernavaca. En flamenco Brujas se llama Brugge, palabra que nada tiene que ver con cosas de brujería, sino que significa algo así como “puente” o “lugar de puentes”. Brugge suena muy parecido a “bridge”.

En efecto, como en Brujas hay muchos canales también hay muchos puentes, cada uno con su nombre. Se diría que Brujas es otra Venecia si no fuera porque Brujas es por completo diferente a la ciudad adriática. Tiene otra luz y otro color, y otra belleza muy distinta. Brujas es la nostalgia del mar, que un día se retiró y la dejó como a novia de marino ausente, siempre triste. Ya no se nota esa tristeza. Imposible advertirla en medio del tráfago de los turistas. Pero en invierno, cuando se queda sola la ciudad, debe sentirse esa melancolía que conocieron Ganivet y Rodenbach.

Entra el viajero en la Iglesia de Nuestra Señora. Va a ver ahí un prodigio venido de tierras italianas y que en Flandes halló lugar definitivo. Es una estatua de Miguel Ángel, “La Virgen y el Niño”, su única obra importante fuera de Italia. Es una estatua pequeña; la más hermosa representación que se haya hecho de la Señora con su Divino Hijo. Mirarla es conmoverse hasta lo más hondo del alma.

¿Quiere el viajero regresar a Brujas? No lo sabe. Tiene tan bien grabada en la memoria esa bellísima ciudad que teme regresar a ella por miedo a no encontrar ya la semejanza de lo que contempló. Quizá le pasaría lo que al infortunado suicida de Rodenbach, tan enamorado la primera vez que no pudo encontrar ya nunca otro segundo amor.