Por: FELIPE RODRÍGUEZ MALDONADO*

El Sol nació y murió muchas veces, por eso el Caballero Jaguar lamentaba que él podía morir en una sola ocasión, ¡y estaba tan lejos del Templo Mayor!, ¡tan lejos de Tenochtitlan!

Que le arrancaran la vida no asustaba a Tlacaélel. Nació y se preparó toda su vida para pelear en las Guerras Floridas, pero esa noche lo inquietaba saber si desde esa selva, la tierra de los mayas, su espíritu podría llegar al Mictlán cuando muriera.

El guerrero mexica estaba en Ox Te’ Tuun (una ciudad-jardín que en otro tiempo sería conocida como Calakmul). Evidentemente más pequeña que la enorme urbe azteca, el asentamiento maya de unos veinte mil pobladores era una capital clave en las tierras bajas. Aun antes de sumergirse en la exuberante selva mesoamericana, los aztecas sabían que, rodeando la plaza principal, había varios complejos de palacios, patios, juegos de pelota y ciento veinte estelas, una de ellas representada por una jamba con el glifo Garra de Jaguar, la más importante del lugar.

Escogidos habitantes de Tenochtitlan habían viajado tan lejos de su hogar como Tlacaélel. Lo ordinario era ir en sentido contrario. La mayor ciudad de la época (más grande que Londres, París o Roma) era el destino de la gente de otros pueblos que, al llegar a la urbe construida en el islote que se alzaba en medio de un gran lago de agua salada, se sentían abrumados.

No había en ninguna parte una ciudad con la majestuosidad de la capital mexica. Una serie de calzadas y canales conectaban las islas naturales y artificiales de los pantanos del lago de Texcoco. La urbe era inmensamente rica, arquitectónicamente bella, colorida y llena de vida. Tenochtitlan se extendía por unos trece o catorce kilómetros cuadrados, donde vivían, quizá, doscientos mil personas.

Tan enorme era que concentraba medio centenar de grandes edificios, pero ninguno con la magnificencia del Templo Mayor o Huey Teocalli (Gran Casa de Dios), construido en el ombligo mismo de la ciudad.

El Templo Mayor medía cuarenta y dos metros de altura, igual que la pirámide de la Luna en Teotihuacán, “donde los hombres se convierten en dioses”. La parte superior del Huey Teocalli se alcanzaba con una escalera de ciento catorce peldaños. En lo alto del templo, se encontraban dos templetes rituales para los sacrificios: uno dedicado a Tláloc y otro a Huitzilopochtli.

Ahí, en el centro físico y espiritual de Tenochtitlan, estaba el Quinto Sol o Nahui Ollin, “el principio de la vida”. Por eso el Templo Mayor representaba para los aztecas el principio y el fin del universo, su origen y destino. Ahí confluían el cielo, la tierra y el inframundo. Era el equilibrio de su existencia misma.

En ese sitio sagrado, los mexicas realizaban los sacrificios necesarios para mantener su universo con vida, en movimiento. Los corazones humanos y la sangre eran la ofrenda que entregaban para reponer el “agua preciosa” perdida en las noches por Huitzilopochtli, cada vez que el Sol se ocultaba y reinaba la oscuridad en el mundo.

Tlacaélel formaba parte de una partida de Caballeros Águila y Caballeros Jaguar –guerreros de élite, los favoritos de los dioses y escogidos entre los mejores de Tenochtitlan–, a quienes ordenaron ir al rescate de los pochtecas, comerciantes mexicas que recorrían la larga distancia entre el altiplano central y el área maya para intercambiar un abanico de mercancías: jade, plumas, caracoles, cacao, miel, obsidiana... y para reunir información, como espías, del estado de fuerza de las ciudades mayas. Era una misión encargada personalmente por el Huey Tlatoani, el soberano de Tenochtitlan.

Y es que en algún momento las relaciones comerciales entre mexicas y mayas se tornaron belicosas. El trueque fue la flecha que abrió la puerta para la expansión de las fronteras aztecas y así lo entendieron los mayas que, para frenar al imperio, capturaron a los pochtecas y a los tememes –cargadores– que les servían.

En la primera escaramuza entre los guerreros mexicas y los mayas, Tlacaélel, pese a luchar con valentía y fiereza, finalmente fue aprehendido y sería sacrificado como ofrenda a los dioses.

La víspera de su muerte, el Caballero Jaguar recibió de los mayas a una mujer para su deleite, pero también era una oportunidad de dejar descendencia, así el linaje del azteca no desaparecería del mundo.

Zazil-Ha, la mujer escogida, fue gentil, pero su pensamiento se turbó cuando Tlacáelel tomó unas hojas gruesas que se remojaban en un cuenco. El guerrero cubrió su pene con las plantas y las anudó en el extremo. Aunque el mexica embestía una y otra vez, como ciervo en brama, la mujer no dejó de sentirse rechazada. Tlacáelel no dejaría un hijo que no pudiera llegar al Templo Mayor y se ahogara en el remoto océano verde de los mayas.

Al día siguiente, atado sobre la piedra de sacrificios, el cuerpo del guerrero fue pintado de azul para honrar a Chac Mool, el intermediario entre los hombres y el dios supremo que hacía llegar las ofrendas que le brindaban. Ese personaje, que se conoció primero en el reino de los toltecas, también fue adorado por mexicas y mayas. El sacerdote tomó un cuchillo de pedernal, ¿sería el último objeto que mirarían los ojos cafés de Tlacaélel y con el que entregaría la existencia?

Su muerte era inminente, pero no como la había imaginado. Estaba preparado, sí, para entregar su corazón y su sangre a fin de mantener al Sol en movimiento. Los aztecas eran una nación elegida. Eran el Pueblo del Sol, y los sacrificios humanos eran un acto de profunda nobleza; sin embargo, no estaba en la capital de los mexicas, ¿valía su sacrificio igual en la tierra de los mayas?

Un rugido obligó a todos los ojos del lugar a buscar su origen. Era un jaguar, desde luego. En el límite de la ciudad y la selva, la piel moteada del más grande felino del imperio se movía de un lado a otro con gran lentitud y majestuosidad. El animal estaba siendo admirado por algunos de los Caballeros aztecas que lo llevaban como estandarte.

En ese momento, apareció un rostro familiar. Con su mirada serena, Zazil-Ha estaba flaqueada por la fiera que, dejándose acariciar la enorme cabeza, se portaba como un gato gigante con la mujer.

Una idea sacudió la mente de Tlacaélel: la muerte daba sentido a su vida. Él era un Caballero Jaguar y los mayas se veían a sí mismos como hijos del jaguar. Sin importar el sitio donde se derramara, su sangre mexica era divina. El Sol volvería a nacer.

*PERIODISTA Y EDITOR
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