Ilustración: ESMIRNA BARRERA

Por: Octavio Falgar

Eugenia echó llave a la puerta y apagó la luz. Las siluetas de sus dos acompañantes quedaron grabadas en sus pupilas, pero ese contorno amarillento se consumió al instante en la oscuridad. Después, a tientas, dio los dos pasos largos que ya le eran familiares. Al hincarse en el piso, una voz ronca provino desde su derecha y dijo estar lista. Del otro lado, se escuchó un largo suspiro seguido de otra confirmación. Un chispazo abrupto las iluminó a las tres. Un destello más les confirmó que todos estaban en la posición adecuada. Al tercer intento, el cerillo quedó encendido en las delgadas y convulsas manos de Eugenia. Tras una mirada breve a las participantes, Eugenia dejó caer el fuego.

La llama se desvaneció como una luciérnaga que ha sido descubierta. A los pocos segundos revivió la llama y ardieron las ramas que habían colocado en el tazón: primero tímidas como una hoja que lucha contra una tormenta, y en algunos parpadeos feroz como una mirada inundada de deseo. Los pómulos de Gabriela quedaron marcados con tonos naranjas. Los pechos de Mariana parecían moverse con dulzura por las sombras bailarinas. El vientre de Eugenia era una plaza arañada al atardecer.

Ella, la mayor de las hermanas, asintió en silencio. Las demás siguieron con la rutina habitual. Cada una tomó un cuchillo con su mano izquierda. y se hicieron cortes superficiales a lo ancho de la yema del dedo índice. Las dos alzaron los brazos encima del fuego y dejaron caer las primeras gotas de sangre. La llama se agitó en el tazón e hizo un pequeño remolino. Escucharon pasos afuera del cuarto y la flama creció. El sonido metálico de la perilla las puso alerta. Eugenia puso el cuchillo sobre la palma de su mano derecha. Sintió con el filo los bordes de sus cicatrices anteriores hasta llegar casi a la altura del pulgar y se abrió una herida. La manija giró con violencia de un lado a otro. Las brazas en el tazón saltaron. Eugenia escurrió un hilo de sangre en la lumbre. Tres golpes estremecieron la ventana del segundo piso. Las tres mujeres presionaron sus dedos y más sangre alimentó la flama. El estruendo de las ventanas cesó de inmediato, pero tres impactos secos y fuertes se escucharon desde la puerta.

–Adelante –soltaron al unísono las tres hermanas. Escucharon el sonido del seguro botarse desde dentro.

Mariana tomó la fotografía que tenía a un costado. En ella aparecían las tres mujeres: más jóvenes, con el semblante desencajado, vistiendo suéteres de navidad, y en medio de ellas un hombre abrazándolas con sonrisa de dientes amarillos. Mariana puso una mancha de sangre en el rostro ancho del sujeto. Se la pasó a Gabriela, quien también manchó de sangre el retrato y ató la foto a un trozo de corteza de árbol. Se la pasó a Eugenia quien tomó un mechón de pelo puesto en un pedazo de cinta y lo unió a la madera. Puso alrededor otra mancha de sangre.

Eugenia arrojó el amarre sobre sobre el fuego y las tres recitaron al mismo tiempo:

–Niña negra, escucha nuestra súplica por la justicia. Con este fuego no descansaremos, no dormiremos. Fuego de ira. Fuego de odio. Llega hasta él. Fíjate en el hijo del padre, criado por el padre, corrompido por el padre. Niña negra, escucha nuestra súplica por venganza. Con este fuego no descansaremos, no dormiremos. Fuego del viento. Fuego de la tierra. Llega hasta él. Fíjate que no encuentre reposo su alma ni conforte su cuerpo. Niña negra, escucha nuestra súplica por tu dominio. Fuego de la madre. Fuego del agua. Fíjate que su cuerpo arda y no merezca perdón ni hoy ni mañana.

La puerta de la habitación se abrió de golpe y la ventana se rompió. Afuera, a lo lejos, se escucharon ladridos de perros. Las copas de los árboles se agitaron con un ventarrón efímero. Y a unas cuantas casas, recostado en su cama, el hombre de la foto abrió los ojos al sentir un calor anormal en el cuerpo. Caminó hasta el espejo del baño y se miró sonrojado. Se quitó la playera, pero no sintió alivio. Puso la mano sobre su pecho: los vellos canos estaban empapados. Fue a la cocina a servirse agua con hielo. Salió a la cochera y se sentó a tomar el fresco, cuando de pronto su cuerpo se envolvió en fuego. Corrió por la calle a grito abierto un par de metros hasta que su cuerpo se desplomó a mitad de la noche.

En una casa cercana, desde un pequeño balcón alumbrado tenuemente por las farolas de la calle, las hermanas miraron el cadáver carbonizarse Un auto pasó junto al cuerpo y bajó la velocidad. Sin apagar las luces, descendió una pareja joven. Ambos se acercaron. Ella gritó y por sus movimientos parecía hablar por teléfono. Él apuntó con su celular hacia el cadáver.

Las tres miraron en silencio cómo se acercaron más curiosos, cómo llegaron varias unidades de policía y la ambulancia. Vieron que le arrojaron agua, lo cubrieron con mantas y se lo llevaron en una bolsa negra.

– ¿Creen que papá haya pensado en nosotras antes de morirse? –preguntó Eugenia.

Gabriela cerró el álbum de fotos al escuchar la pregunta y respondió:

– Ojalá que no. Qué asco –pronunció y torció la boca en señal de disgusto.

Cuando por fin se llevaron el cadáver y el alba se asomó detrás de las montañas, las hermanas dieron media vuelta para volver adentro. Mirando hacia el fondo, más allá de la sala y el comedor, en el marco de la habitación donde hicieron el ritual, las tres vieron una figura esquelética desvanecerse cuando los primeros rayos del sol alcanzaron el interior de la casa.

 

Octavio Falgar. Millennial adicto a reddit. Historiador de profesión, escritor por vocación. Practica senderismo. Catador de tacos amateur y fan #1 de Madonna. Último sobreviviente de los patafísicos. No ha ganado ningún premio porque siempre se los llevan los mismos.