Hoy hablemos de futbol. Un día fui joven. Antes de ser joven fui infante. Jugaba a deportes y pasatiempos de edad, pero no tanto. Siempre he sido malo, siempre fui malo para los deportes de conjunto. Amén de ello, mi humanidad no me ayudaba mucho: usaba lentes de alta graduación, enjuto de carnes y con una fragilidad a flor de piel. Por eso cuando fui infante y joven, sólo practicaba deportes en solitario. Carreras de atletismo y párale de contar, señor lector. Pero sí jugaba a ese deporte inefable al cual siguen millones de humanos, el futbol soccer. Soccer, así a secas, para los gringos. Y como siempre fui solitario –por eso soy escritor–, cuando jugaba eso llamado “cascaritas” en los campos llaneros o deportivos de mi infancia, pedía jugar una posición: ser arquero. La soledad del arquero.

La tierra es redonda. Y tan es así que el balón de fútbol es redondo y con sus giros desbocados en un partido fundamental –como en una Copa del Mundo, sea masculina o femenina– hace vibrar la piel y el esqueleto de los aficionados, que contemplan el último giro del balón antes de que entre en las redes de las porterías de los equipos en juego. Hace días terminaron tres torneos mundiales, los cuales seguí más por morbo que por afición: uno llamado “Copa de Oro”, otro llamado “Copa América” y el “Mundial de Soccer femenil”. México ganó uno de ellos a una Selección gringa que los hizo sufrir como siempre. Pero antes de llegar a la ansiada final en Chicago, EU, tuvieron que vencer en tiempo extra y a dos minutos de terminarse este periodo, con un penal que les regaló el árbitro, a una selección de Haití clasificada como la… 101 de la FIFA. Así las cosas. El cobro de penal fue de Raúl Jiménez. Torneo para el olvido, como siempre, pero todo mundo hace caso a las televisoras y se pone la “verde.”

En una colaboración anterior, aquí lo dejamos por escrito: en un mundo donde la FIFA es más importante que la ONU, según sabia reflexión del escritor Armando Oviedo, ya no hay asideros, valores ni capacidad para debatir lo importante. Por eso México va al precipicio con Andrés Manuel López Obrador en todos los aspectos. El ámbito deportivo no es excepción. En este par de apretadas columnas (éste y próximo sábado) lo vamos a explorar. Avanzamos. No me gusta el soccer, nunca me ha gustado. Lo practicaba por obligación en la escuela primaria y secundaria y en el barrio donde vivía. Pero me gustaba mi soledad, la soledad del portero. Pocos reparan en un hombre que guarda en su desierto, la virtud y su condena en el campo de batalla. Es el cancerbero, el arquero. El portero es un solitario. Para usar un verso de Joaquín Sabina, el portero está solo en sus tres palos, como el “poeta en un aeropuerto”. Gordo o musculoso, temerario o reservado, ágil o retraído, pero el arquero guarda en su soledad su estigma y heroísmo.

ESQUINA-BAJAN

¿Por qué elegimos ser arqueros y no elegimos meter goles y ser los niños bien peinados y bien portados del cuento deportivo, como el hígado de Cristiano Ronaldo, por ejemplo? Porque el portero es como el escritor: un oficio para solitarios, para seres tocados por otro talento; pero también porque acaso el portero es el jugador más importante del equipo. Al menos para mí. Los porteros llevan el número 1, porque de este tamaño es su presencia en el campo de batalla. El escritor Albert Camus quería ser portero y jugó esta posición en su niñez, escribió: “La patria es la selección nacional de fútbol”, le creo, vaya que le creemos en este México atado a su Selección infantil que nunca, nunca va a ganar un Mundial.

Pero caramba, a quién le importa dejar la vida en la cancha por su País, cuando se puede hacer millonario en un par de temporadas en los torneos mexicanos que dan lástima. Para este torneo, el cual ya se avecina (o ya inició, es intrascendente todo ello como deporte, pero no como espectáculo, control social de las masas y, claro, los hartos negocios y millones que se mueven), hubo dos noticas “bomba” para el aficionado nacional: Oribe Peralta (tipo de 35 años, es decir, un anciano para este deporte) jugará con Chivas de Guadalajara y la incorporación de Giovani dos Santos al América (no disputa un juego oficial desde hace nueve meses). ¿Sabe usted cuánto será el sueldo de este jugador “estelar” luego de su periplo por Europa donde nunca brilló? 3 mil millones de dólares. Ahora en cristiano: tres millones de dólares verdes.

Me gustaba ser portero en mis mocedades. Me lanzaba por el balón y lo atajé con éxito algunas veces. Episodio tristísimo en España: un arquero, al lanzarse por una pelota que amenazaba con anidar en su portería, se lanzó en pirueta ágil y acrobática, sólo para caer muerto al golpear su cabeza con un poste. El portero murió, pero pasó a la eternidad en un texto de Miguel Hernández: “Elegía al guardameta”. Otro poeta y aprendiz de portero, Rafael Alberti, escribió una encendida y arrebatada oda a un oso rubio, al guardameta húngaro Franz Platko. Alberti escribió: “Nadie se olvida, Platko, / no, nadie, nadie, nadie, / oso rubio de Hungría. / Ni el mar, / que frente a ti saltaba sin poder defenderte. / Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía. / Ni el mar, ni el viento, Platko, / rubio Platko de sangre, / guardameta en el polvo, pararrayos”. México vive en los deportes, como en política, sus horas más oscuras. A últimas fechas, seis deportistas de rango mundial se han refugiado en otros países para defender aquellos colores (allí sí son apoyados) y poner pies lejanos de este País que sólo ve y apoya al soccer y su selección infantil. Una de las hijas de AMLO, Ana Guevara, está en la picota pública por corrupción e incapacidad.

Letras minúsculas

¿Qué es el soccer? No es deporte. Es manipulación de masas y control social. Cuando Rayados o Tigres pierde aumenta la “violencia familiar”: Aldo Fasci, secretario de Seguridad de NL.