Cuando inició la locura de las comunicaciones digitales hice oídos cercanos a una muletilla la cual repetía todo mundo: “abre tus cuentas de correo, maestro, para estar comunicados en tiempo real”. Tiempo real. Entonces, ¿hay un tiempo falso, de mentiras y engaños? el tiempo es un mero formulismo, al menos para mí. El reloj es bueno para los obreros y empresarios, los cuales miden su jornada en horas laborales. Pero para un escritor, ¿cuál es el tiempo, nos sujetamos a una hora de entrada y salida de la página en blanco? ¿Hacer caso a un reloj checador para medir nuestras sílabas, versos y tinta empleada? Dice Platón, el tiempo es “una imagen de la eternidad en movimiento”. Por lo tanto, hay un tiempo estático y un tiempo en movimiento. Tal vez sí. Así como hay tiempos de paz y tiempos de guerra, no obstante cualquiera fecha en el calendario.

Pienso en esto del tiempo y su implacable andar, ahora y justo en este año cuando se cumplen 60, apenas 60 años del natalicio del pintor coahuilense Julio Galán. Debería estar vivo y creando lo mejor de su arte a esta edad, apenas 60 años; pero no, el tiempo se lo llevó, está muerto desde el 2006. Llegó vestido con una falda a cuadros, tipo escocesa, calcetines y zapatos negros, impecablemente lustrados. Saco de color indescifrable, camisa blanca, pintados los labios y los ojos al estilo de Robert Smith, el célebre cantante de The Cure, y en su cabeza en lugar de cabello traía puesta una “peluca” de un trapeador común y corriente, el cual estaba pintado de un color chillante. Corría el año de 1993 y este escritor habitaba lo mismo la Ciudad de México o la de Monterrey, Nuevo León. Para fortuna mía, pude asistir a la inauguración en el Marco (Museo de Arte Contemporáneo) de la magna exposición dedicada al llamado en ese momento “niño terrible del arte mexicano”, en voz de la crítica argentina Ana María Battistozzi: el pintor coahuilense Julio Galán (Múzquiz, 1959-2006). Al día de hoy y mientras el tiempo pasa incesante, se cumplen 60 años de su natalicio.

La excentricidad de su indumentaria quedó relegada a segundo plano cuando los asistentes a la muestra nos enfrentamos con el mundo onírico, patológico y fantasmagórico del pintor coahuilense, el cual reunió a lo más granado de la sociedad regiomontana, nacional y mundial para la apertura de su exposición, la cual y desde entonces forma parte del mito y la leyenda. Llegó ataviado de una manera excéntrica, celebrado ruidosamente por todos los asistentes: ante el genio sólo queda rendirse y admirar su obra. Sí, lo más valioso de él mismo y de cualquier artista: su obra. Lo demás son minucias o pose, o vanidad o todo junto. Pero el tiempo, ese padrote que no sabe de fidelidades, ha pasado. En este momento, al escribir una sola palabra, una sola letra, sigue pasando y es tiempo pasado. Inasible, soberbio, en movimiento siempre.

ESQUINA-BAJAN

José Julio Galán Romo nació en Múzquiz, Coahuila, en 1959 y murió el 4 de agosto de 2006 mientras viajaba de Zacatecas a Nuevo León. Un derrame cerebral cortó de tajo la carrera tempestuosa de un pintor inscrito en la leyenda. Nació en Coahuila, aunque en varias partes del mundo afirman de su raíz regiomontana. Coahuilense, regiomontano, mexicano, pintor universal como lo debe ser el auténtico artista. Hoy, Galán ya no está entre los vivos, se ha unido al coro de los muertos y habita un estadio intermedio. Ni vivo ni muerto. Veamos. Galán realizó su primera exposición en 1992 en la galería Barbara Farber, en Ámsterdam, Holanda, y posteriormente se presentó en diversos recintos de París, Nueva York y Miami. Posteriormente expondría en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, el Marco en Monterrey y el Contemporary Art Museum de Houston, Texas.

Cuentan las crónicas: en 1995 expuso por primera vez en la Galerie Thaddaeus Ropac de París, Francia. En 1997 causó un furor pocas veces visto en Argentina, al exponer su obra en la Fundación Proa. Su muestra “Oro Poderoso” marcó su regreso a Nueva York en 1997, y luego expuso su obra en la galería Enrique Guerrero de la Ciudad de México. Sus cuadros rápidamente alcanzaron precios exorbitantes en un mercado ávido de tener algún dibujo, algún óleo de este pintor el cual subió como la espuma. No se pinta ni se escribe para ganar premios, los reconocimientos son secundarios para el verdadero creador, pero cuando estos llegan, son bienvenidos. Julio Galán no los buscó y le llegaron en varias partes del mundo: Holanda, París, Estados Unidos, México.

Hoy, el tiempo ya pasó. A 60 años de su natalicio, el pintor Julio Galán está más olvidado en su tierra natal y las miopes autoridades culturales (Ana Sofía García Camil levanta la mano en dos o tres sexenios en su puesto, he olvidado cuánto tiempo lleva fosilizada) no tienen programada celebración alguna. Lo adivino, pues. Hacia 1983, el fundador de esta casa editorial, visionario como lo fue toda su vida, don Armando Castilla Sánchez vio y admiró el potencial del entonces joven pintor coahuilense. Creo recodar, lo incluyó en una exposición colectiva en el Centro Cultural Vanguardia. Exposición histórica ya. Niño terrible y a la vez desvalido, hay una fuerte carga psicológica, autobiográfica y patológica en su obra pictórica, sin dejar de lado una vuelta y crítica hacia el nacionalismo mexicano, lo cual sigue ahogando a todo mundo. Lo privado, Galán lo volvió público, tan público fue, rompió con todo lo rompible en el sacrosanto mundo del arte. En un catálogo de su obra editado en los años noventa, el pintor se muestra en dos fotografías donde lo retratan de cuerpo entero. Preso de su propia teatralidad, encapsulado en un performance divino, Galán carga dos alas en su espalda, como un moderno Ícaro redivivo. Reactualiza el mito y lo humaniza.

LETRAS MINÚSCULAS

Julio Galán hoy está más allá del bien y del mal. Aquí en su tierra, nadie le recuerda…