Los hombres, las personas realmente mueren cuando dejamos de pensar en ellas. Los edificios y hoteles arden, se incendian en ocasiones por algún colchón ya podrido, las sirenas de los carros de bomberos entonces anuncian con su lamento catástrofes inevitables; los taxistas vociferan improperios en la calle por el peatón, el cual, distraído, casi es arrollado por el veloz cochero en cualquier ciudad del mundo: París, Buenos Aires, La Habana, México. En París, por ejemplo, velan en sus casas o departamentos a sus muertos. Lo anterior lo sé porque al argentino Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) lo velaron en su casa, cuan largo era.

Hoy, justo hoy, a 35 años de su muerte, el argentino al cual todos quieren, está más vivo a diferencia de muchos escritores vivos, los cuales pocos o nadie leen. A Julio Cortázar –quien inventó para sí una nueva taxonomía zoológica con sus cronopios y famas, a los segundos de los cuales nadie quiere pertenecer–, los jóvenes de ayer y los adolescentes de hoy, le siguen entregando sus sueños más preciados por un motivo: Julio los hace soñar y esto es ya demasiado en tiempos de vida vegetativa, encadenados a un móvil “inteligente” de última generación. Atados con una cinta rosa, como bouquet de flores parisino, las adolescentes de blondas cabelleras y ojos retadores siguen entregando sus sueños a Julio Cortázar en una cafetería citadina cualquiera, acaso porque siguen esperando y queriendo tanto a Julio.

Julio Cortázar a 35 años de su muerte y con su libro más emblemático, “Rayuela”, sigue enamorando a los jóvenes y adolescentes de pechos floridos, las cuales buscan parecerse a la Maga y a su juego de espejos y sombras. Julio Cortázar “…era más barba que cara”, escribió su amigo Manuel Pereira. Mario Benedetti lo definió como un “tipo entrañable, sin falsas modestias ni caricaturas de vanidad”. Para Tomás Borge, el nicaragüense revolucionario, Julio era “como un venado corriendo a través de la pampa”. En él, insiste el mílite, “conviven la sencillez, la ternura y la modestia, naturales e inocultables”. Hacia 1952 o 1953, y en casa de Claribel Alegría, Juan José Arreola llegó borboteando entusiasmado por un joven escritor, el cual tenía la osadía de inventar un personaje el cual “de vez en cuando escupía conejos” en el texto. (“Bestiario”, Ed. Sudamericana. 1951). Si Gabriel García Márquez podía hacer llover pájaros en sus libros, el joven Cortázar hacía escupir conejos a sus personajes. Lo demás es historia. Hacia 1963, Cortázar trataría de apresar el mundo en un texto total, plural y abierto: “Rayuela”. Una novela de mecanismos, bielas, tornillos, pistones y cables perfectos, la cual dotó a la literatura latinoamericana de personajes tan entrañables como la Maga y Oliveira.

ESQUINA-BAJAN

Hoy sus lectores, mientras dan cuenta de un bourbon doble en vaso old fashion, escuchan entonces a Charlie Parker y la acometida de éste y su lujurioso sax en “I get a kick out of you”. Lo releen sólo por placer y su lectura es por lo general en parques y jardines públicos, también en cafeterías de poca monta de las cuales Cortázar sabía mucho cuando se fue a vivir a París, Francia, junto con un puñado de escritores latinoamericanos los cuales vieron en París la luz necesaria para escribir y cantar. En aquellos años y en París, coincidieron Cortázar, Octavio Paz, la mismísima Alejandra Pizarnik, Oliverio Girondo, Vicente Huidobro… todos ellos eligieron a París como la meca de su peregrinaje literario. La ciudad como una experiencia necesaria y única para la formulación de su arte.

El azar moldea no pocas veces nuestras vidas. ¿Destino o azar? No lo sé. Mi apuesta es por la segunda. El viajero va con un sólo ticket en el bolsillo de su pantalón: es el de ida. ¿El de regreso? Caray, a quién le importa. El turista viaja con la maleta perfectamente bien empacada. Boletos de ida y vuelta debidamente confirmados. Nada de azar, nada de sobresaltos, nada de sorpresas. ¿Cuál es entonces la definición de un lector? Un viajero. ¿Cuál la de un turista? Un simple comprador. Cortázar, al igual a Paz o la divina Alejandra Pizarnik, fue un viajero. Y en su propia y medida definición, fue un lector-macho. El lector-macho en la cima, mientras los lectores-hembra se encuentran en la sima. Unos activos, otros pasivos. A 35 años de su muerte, Cortázar se muestra más lozano y vivo hoy, paradójicamente.

No tengo ni he leído la obra completa de Julio Cortázar. Resulta con este autor, lo mismo con Leonardo da Vinci: muchos lectores y público reducen su producción a una obra maestra. “Rayuela” en Cortázar, la “Gioconda”, en Leonardo da Vinci. En este caso, tanto el cuadro como la novela han vampirizado a sus autores y los ha desecado, reduciéndolos a una obra única. No más. Lejos lo anterior en ambos casos. La editorial Alfaguara tiene en sus filas la obra completa del argentino universal. Es la “Biblioteca Cortázar”. Y dentro de esta biblioteca figura un libro de proporciones centáureas, poco conocido y apreciado en el mundo por los lectores del cronopio. Es “Imagen de John Keats”, libro de poco más de 600 páginas donde Cortázar no se propone ni un ensayo, ni una biografía, sino un “diálogo” con el poeta inglés, el cual gravitó en esta tierra apenas lo necesario: 26 años de edad. Cortázar lo escribió en el lapso de 1951 a 1952, donde sigue el itinerario de la vida del poeta inglés, lo rastrea, comenta toda su obra (parca) y su correspondencia, la cual es su formulación crítica y de fenomenología poética. Hizo suyo a Keats. John Keats está entre las letras de Cortázar en toda su obra.

LETRAS MINÚSCULAS

“El tacto tiene memoria…”, dice un verso muy celebrado de Keats. Y esto, y no otra cosa, es lo provocado por las letras del argentino: al leerlo, lo tocamos, lo hacemos nuestro.