La inseguridad, el crimen organizado todo lo pudrió. Ya no hay ninguna duda, todo lo ha podrido. Ciudades más, ciudades menos, pero la ola de inseguridad a todo mundo ha pegado. Desgraciadamente tiene cuerda para rato. Y hoy, debido a la mano tibia de Andrés Manuel López Obrador, tienen permiso para matar sin ser molestados. El Estado y sus instituciones fueron rebasados. Los caídos, los vencidos somos usted y yo, señor lector, los cuales estamos a merced del crimen y sus atropellos. Antes, apenas ayer, los vecinos de Monterrey, Sinaloa y Tamaulipas vivían con el rosario en la mano por lo bravo del crimen organizado. Hoy ya casi todo el territorio nacional es de ellos y hay una impunidad total.

Pero, dentro de este maremágnum de inseguridad, que a todos nos ha tocado de alguna forma, debe de haber atisbos y esperanza que esto mejore. Al menos en ciertas ciudades donde aún hoy se puede salir a divertirse con tranquilidad y cierta placidez. No debemos callar ni mantenernos ocultos en nuestras casas por la inseguridad latente. Asistimos a una especie del renacer de la vida nocturna en ciudades que lo necesitan, como Monterrey, Nuevo León. Y todo mundo lo sabe, tengo mala fama por escribir crónicas de mis andanzas nocturnas en esos reconocidos centros de entretenimiento –son una especie de puesto de socorros– llamados tables dance.

En su momento y cuando estos existían aquí en Saltillo, fui a varios de ellos. Por cierto, en uno de ellos topé por lo demás a la que fue mi peluquera por mucho tiempo y la ingrata escondía muy bien sus atributos que Dios le dio. También en Ramos Arizpe topé con una señorita de espectacular cuerpo y rostro, la cual se me hacía conocida. Efectivamente lo era. Nada más y nada menos que secretaria particular de un reconocido y alto funcionario de Palacio Rosa en Saltillo en las épocas de Enrique Martínez como gobernador. En fin, secretaria ejecutiva de día, bailarina de noche.

Pero todo mundo sabe que prefiero asistir a los bares y tables dance de Monterrey, aunque a como está la cosa, cualquier día uno encuentra aquí el amor y la felicidad eternas… o la muerte. Que para el caso es lo mismo. Atentos lectores, seguido me piden cuentas, que les actualice la “información”, que les narre las “novedades” y piden que continúe la saga que periódicamente he dibujado aquí sobre mis amoríos y aventuras en estos tables dance donde, en honor a la pura verdad, me he enamorado sin saber, sin querer y sin sentir, de varias féminas como lo fue en su momento la bella Angelina –tal vez la mujer más guapa, bella y sensual que mis ojos han visto en toda su vida– y luego, Altaír –las dos inician con la letra primigenia del lenguaje y del alfabeto. Por algo será–. Niña de muslos rotundos y nalgas de fuego que invitaban al suspiro y al lamento.

ESQUINA-BAJAN

Este escritor ha vuelto a visitar estos lugares con asiduidad y frecuencia, debido a que sus novias, todas, lo botaron. Lo leyó bien, en plural, sus “novias”. ¿Por qué siempre he tenido más de una? La verdad no lo sé. Aunque sí las quiero y las trato como princesas que son todas, al final de cuentas no me he podido quedar para el resto de mi vida con alguna de ellas por diversos motivos que no me apetece contar hoy. ¿Qué hacer entonces? Pues vivir. Así de sencillo. Hace relativamente poco y en una pulquería de cinco pesos en la Ciudad de México, a la cual asistimos como una cosa de nostalgia el escritor Armando Oviedo y su servidor, en mesa contigua un par de hombres ya bebidos, ya instalados en la soporífera desnudez y hermandad que sólo lo da el alcohol y la borrachera, al estar filosofando sobre la muerte, uno de ellos, el más viejo reviró con la siguiente frase pulida: “Sólo nos queda esto, compadre: beber, mientras esperamos la muerte”.

¿Qué le queda a este escritor por hacer mientras llega la muerte y me libere de este fardo que es la vida? Enamorarme, leer, escribir; ofrecer un poco de halagos y felicidad a este tipo de niñas que a sí mismas se ven siempre disminuidas, mínimas, sin valor. Efectivamente, no pocas veces se ven a sí mismas sólo como mercancía. De aquí entonces que este escritor las trate como princesas –todas las mujeres lo son–, como altezas a las cuales hay que regalarles flores y poemas, cartas amorosas envueltas en perfume antiguo el cual sigo usando; regalarles vestidos y zapatos y claro, cerrar restaurantes por ellas para que éstas sean atendidas y complacidas en su más mínimo capricho y vanidad. Todo para ellas, nada sin ellas.

Usted lo sabe, me plagio a mis autores favoritos y con eso, al tirarles “chopo”, lengua mareadora, las enamoro poco a poco. Por lo general y para este tipo de menester amoroso, les cito versos de Ramón López Velarde, Pablo Neruda, Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer. Pero como tengo un buen tiempo leyendo y releyendo a don Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura, el único que ha parido México, pues me he memorizado algunos versos suyos donde hierve el erotismo, el buen erotismo. Van algunos, los cuales les cito a las bellas féminas de diminutas minifaldas y tacones de verticalidad imposible: “Tus pechos maduran bajo mis ojos / mi pensamiento es más ligero que el aire…”. Aquí van otros versos, los cuales imagino usted inmediatamente va a reconocer y reconocerse en ellos: “amar es combatir, si dos se besan / el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas / en las espaldas del esclavo…”. Sí, efectivamente es un fragmento de ese texto monumental que todo mexicano debería saber de memoria y citarlo en las cenas familiares en las noches más altas, es “Piedra de sol”. ¿Le pido un favor? No deje que la inseguridad gane, salga, diviértase y jamás tenga miedo.

LETRAS MINÚSCULAS

Hace poco conocí a una flaca de infarto, se llama Melissa. Sí, su nombre es como un susurro, un perfume como ella misma y sus pechos pequeños y rosados. Al terminárseme la plata y no poder invitarle más tragos, tuve que soltarle la frase de Bécquer: “Si tú me dices ven, yo lo dejo todo….”.