Llegó de lugares lejanos. Había oscuridad. Pronto la luz se hizo dentro del ojo. La vigilia fue lenta, acaso cargada, pero al final las luces votivas del mediterráneo se liberaron con su presencia. Llegó de lugares lejanos. La amargura y soledad rápido se trocaron en júbilo y lentejuela. Tocó la puerta de mi residencia, depositó en mi mejilla un beso cálido, preguntó por la velocidad del viento –un puñado de libélulas la seguían; cofradía secreta a la cual pertenece, luego lo supe–, me atusó mi sempiterna barba bruñida ya en cabellos blancos, con su afilada mano tunecina y como si conociera el camino desde siempre, enfilo sus pasos al comedor.

Diecisiete peldaños conducen a mis aposentos en mi buhardilla en pleno Centro de la ciudad. Ataviada con unos zapatos de tacón de verticalidad imposible, Joselyn levitó sobre ellos, subió los escalones, cruzó el umbral, vio la mesa puesta, ocupó un lugar en la tabla cuadrada, tomó en su mano una copa de cuello alto, estiró sus dedos finos, largos, interminables y espetó apenas entre risas, “¿cuántos mililitros me vas a dar hoy de vino, Cedillo?” Le serví una generosa porción de un tinto de la Ribera del Duero –un tempranillo ibérico, buen caldo–, el cual tenía meses añejándose en un odre nuevo. Un platón rebosaba de quesos frescos. En una vianda de porcelana, un pernil con sal de grano de mar esperaba el corte en finas lonchas.

Vencida la oscuridad reinante, Joselyn botó de lado sus zapatos de tacón, se arremangó un poco su pantalón tipo sastre y se arrellanó en la silla en posición de flor de loto; cortó el jamón, rociándolo generosamente con aceite de oliva virgen y abrió aún más sus piernas para sentirse a gusto, displicente; niña frutal paseando en verde pasto. Comió de su jamón mientras con la otra mano escanciaba un pedazo de queso de cabra con ceniza y se meció en su silla. No pude evitar mirar su triangulo en llamas, la sonrisa vertical marcada, tatuada a fuego entre sus piernas y la tela del pantalón hurgando en sus labios tibios, rosados, calientes y frescos a la vez. Dueña de las palabras y los cauces, me dijo entre brumas, mientras dejaba colgar un generoso pedazo de gamba en su boca de labios retadores, “Cedillo, ¿por qué no me has dicho nada de mi blusa y mi ceñidor transparente?...”.

En la piel de Joselyn sopla la planta de los árabes. Acitrón y olivo, dátil del desierto y durazno en caramelo. Su cabellera trigueña resbala en sus hombros y el mediterráneo –acaso Marrakech, acaso Malta y su mar azul, siempre en perfecta calma– bufa en su espalda. Joselyn untó un par de tostadas con una base de mantequilla y luego con bacalao noruego. Las dejó en un plato, en medio de los dos. Dos pequeños tazones retaban acusadores. Uno con jalea de peras y manzanas de Bérgamo y Pinto; el otro pocillo con caviar Beluga. Luego, pícara, traviesa, mientras desbotonaba los tres primeros ojales de su blusa; sí, transparente, etérea, volátil y de tonos de arena del desierto, su voz como música en penumbra me dijo: “¿Cuál mermelada quieres que unté en mis pezones para probar…?”.

ESQUINA-BAJAN

Los pechos de una ninfa, una joven como Joselyn –botones en flor, rosados, de caramelo blando y macizo a la vez– saben a pernil, a zarzamoras, a jamón bellota, a vino tinto; a placer y pecado, a té negro y a Campari italiano… el pecho de una joven como esta musa del Mediterráneo, huele y sabe a noches sin tregua, sin reposo y gemidos en la gloria. Sus aureolas son una penitencia. Salomónico, con la manos sudando a mares, le dije de uno y otro, señalando con mano temblorosa su pechos de lima –los cuales adiviné luego–, caben justo en el hueco de mis manos.

Con la carcajada como rumor de mar, contestó, “eres muy goloso Cedillo. No te conformas con uno…”. Nervioso, estúpido y con temor en el ruedo, desvié la mirada y le hablé de un poeta de rancia estirpe, un juglar del cual sé de memoria algunos versos amorosos. Le dije del latinista Rubén Bonifaz Nuño, quien amparado en su manto y corona, deletreó: “Centímetro a centímetro / –piel, cabello, ternura, olor, palabras– / mi amor te va tocando”. Joselyn, morosa, untaba con su dedo índice y medio la jalea de peras y manzanas en su pecho izquierdo –ya duro, ya erecto, clave del alfabeto y de un lenguaje lejano–. Yo sudaba a mares. Joselyn reía. Cuando terminó de masajearse, ordenó, “acércate un poco más y lame mi pecho, tonto… luego muerde tu tostada”.

Nacida para mi dolor, en la piel de Joselyn sopla la planta de los árabes. Nacida para mi deseo, la bellísima musa del Mediterráneo es dueña de una cabellera donde sopla el viento foehn (“el viento de la locura”, se le conoce) o el Bora, cuya semilla está en la “Ciudad de los Poetas”, Trieste, Italia (Claudio Magris lo sabe), a esta jovencita de pies alados el amor le es indiferente. Crédula ante el ocaso de la tarde, su amor no se gasta en infiernitos ni pequeñas escaramuzas y batallas, no; gasta sus labios en besos y confiesa sin pecado –más dulce, más ingenua y más virgen como nunca lo ha sido– de su último antojo: “Ay Cedillo, olvídate del amor. Mejor dime qué vas escribir hoy en mi cuerpo. Pero sobre todo, en qué parte… dónde se te antoja escribir o dibujar con esa pluma bonita que tienes… ¿la quieres meter en algún lugar de mi cuerpo antes de escribir? Anda, dímelo…”.

LETRAS MINÚSCULAS

Esa noche, el canto de esta sirena, de esta musa del Mediterráneo, entonó su melodía de lujuria sólo para mí…