Los escándalos de acoso sexual, violaciones, amenazas y compra y venta de mujeres por parte de los hombres poderosos, todo lo ha salpicado y todo lo ha mancillado. El movimiento de mujeres agraviadas ha cimbrado todos los estratos de la sociedad. Lo mismo en la industria del espectáculo, en los medios de comunicación, en la música, en la cultura. ¿Cuánto de esto es mentira coyuntural? Nunca lo sabremos. Y quien debe de decidir si los presuntos señalados son inocentes o culpables, debe de hacerlo un Juez, no las redes sociales que todo lo pudren por venganza o por ignorancia y menos uno como verdugo. Los escándalos de las mujeres agraviadas en el mundo alcanzaron a varones de renombre. El escándalo llegó a las puertas y habitaciones de la Academia Sueca de Artes que otorga cada año el máximo galardón de las Letras, el Premio Nobel de Literatura.

En este año y otorgando un Premio doble, un doblete sin precedente alguno, forzado lo anterior por las filtraciones y abusos sexuales en la Academia, los Premios 2018 y 2019 se otorgaron hace semanas apenas. Uno a la polaca Olga Tokarczuk y el otro al austriaco Peter Handke. Handke vive en París, a las afueras de París. De hecho, escribe en varios idiomas y su fama es de escritor apátrida, extraterritorial, exiliado en sí mismo y huraño hasta la médula. He leído una sola cosa de él, un libro extraño, entre la ficción y la crítica sociológica y política. Lo estoy releyendo para comentárselo aquí a usted. De la polaca no he leído nada. Y de hecho hay pocos, muy pocos textos de ella traducidos al español. ¿Usted ya la conocía? Y es que con este par de Premios Nobel sucede lo de siempre: se recrudece la hegemonía europea del galardón y por esto se agiganta año con año el Premio Nobel concedido al único mexicano que lo ha obtenido: Octavio Paz.

Pero también, año con año hay gente ofendida y ofuscada por dicho galardón que a juicio de mucha gente, como académicos, escritores, instituciones, etcétera, nunca recae dicho premio en los mejores. O de plano se otorga no pocas veces como un yerro. Fue el caso, creo recordar, en el año 2016 del Premio permitido a un músico… Bob Dylan. La siguiente frase es del escritor catalán Sabino Méndez (Barcelona, 1961): “Ninguna política cultural puede crear un Cervantes o un Shakespeare”. Sobra decirlo y escribirlo: primero fueron los creadores, luego la burocracia cultural que viven de éstos como parásitos, quedándose con todo el presupuesto disponible para el efecto. Luego se inventaron y crearon los premios. Las fronteras entre las artes se difuminan y los géneros híbridos es la característica de los tiempos postmodernos que nos ocupan. Las delicadas y delgadas fronteras entre los géneros se acortan y achican más cada vez, y es imposible sujetarlas en precarios conceptos. Poesía y música, arquitectura y obra plástica, teatro e ingeniería; lo anterior forma parte ya de una realidad que tiene años manifestándose para bien de las artes.

ESQUINA-BAJAN

Si todavía una política de estado cultural no ha podido “fabricar” un Miguel de Cervantes o un William Shakespeare y las fronteras de las artes se han difuminado para dar lugar a otros géneros, es sin duda porque el arte está más vivo y libre que nunca. Y los dos anteriores ingredientes se mezclaron en un cóctel explosivo que se llama Bob Dylan, músico y poeta, el cual abominando de la política cultural oficial llegó a donde pocos llegan: obtener el Premio Nobel de Literatura. Cuando le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias, en el acta oficial de Jurado se lee: “(Dylan es un) mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo. Austero en las formas y profundo en los mensajes. Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas. Por ello mismo, es fiel reflejo del espíritu de una época que busca respuestas en el viento para los deseos que habitan en el corazón de los seres humanos”.

¿Qué son mejor: sus canciones o sólo las letras de ellas? Robert Allen Zimmerman, nacido en 1941 en Minnesota, mejor conocido como Bob Dylan, ha contribuido al panorama de la música popular internacional con varias canciones que son himnos entre la juventud de hace 25 años, bueno, incluso ahora. Es el caso de “Knockin on heaven’s door”, “Like a rolling stone” y “You belong to me”. En la década de los años setenta, Bob Dylan editó varios discos, pero los críticos coinciden en afirmar que el más importante fue el larga duración titulado: “Hurricane”, en el cual desata una denuncia pública, social y política en contra del racismo lacerante en su país, tema que dedica al boxeador negro “Huracán Carter”.

Rebelde con causa, lo mismo se le considera cantante que escritor. Pero, no todo ha sido miel sobre manzanas para este “mito viviente de la música popular y faro de una generación”. Luego de un infarto que sufrió en 1997, lo cual lo obligó a permanecer en un cuarto de hospital por varias semanas, Dylan reapareció en un concierto ante... ¡el papa Juan Pablo II! Lo que desató la ira y críticas de miles de sus fieles seguidores en ese momento. Un santo musical canonizado en vida siguiendo a otro santo religioso canonizado en vida y ahora en muerte. Premio Nobel y santón ya, Bob Dylan adoptó su nombre artístico de su poeta de cabecera, Dylan Thomas. Bob Dylan ha merecido un documental filmado por Martín Scorsese, “No direction home”. En este documental se escucha la voz y la imagen de Allen Ginsberg, el cual discurre sobre el trabajo poético y de composición del ahora Premio Nobel. Su canción “You belong to me”, se considera una de las más bellas canciones de amor que se hayan escrito en la historia del rock universal.

LETRAS MINÚSCULAS

Dos Nobel: hombre y mujer. Poco o nada leídos. ¿Quiere usted leer a Handke o a Tokarczuk? No hay libros en la ciudad.