Thomas S. Eliot se equivocó: no abril, sino diciembre y enero son los meses más crueles. Engendran tempestades y ventiscas en el corazón. El ansiado invierno en el tórrido verano, es sólo un formulismo para asistir a la desdicha de las navidades cuando llegan. Luego, vendrá la crudeza del mismo en este par de meses dolorosos y ariscos. Incluso y febrero, suele ser más arisco a enero. Llegan diciembre y enero y con ellos, se instala en el jardín de mi residencia el cierzo invernal, la bruma de la madrugada y el infortunio de las hojas arrastradas por un viento infausto; si, el mismo viento cruel y moroso anudado al otoño no lejano, el cual anunciaba con fiereza inusual la estación lapidaria del año. Los años no pasan en balde. A estas alturas de la vida cobran su cuota de desdicha y malestar.

Aunque reniego entonces de estos meses como reniega el ciego de la primavera y el escándalo de colores jamás vistos, esta estación me gusta en el fono de mis ojos, de mi corazón y en el fondo de toda lectura. Sobre los techos y baldosas anida poco a poco la humedad y el moho: tierra fértil para la magra vegetación y el musgo. El aliento sabe a chimenea y los tiros de éstas son habitados por un rubicundo anciano regordete, ataviado de un color rojo ocre, sordo a los sentidos. El vaho de todo un pueblo empaña los cristales de mi ventana, la cual mira de cara al norte. Sobre la lumbre de mi chimenea se apilan los troncos más robustos y secos, los cuales son presa fácil del fuego y de la llama. Asomo mis cansados ojos una vez más a la ventana y contemplo un largo rosario de cadáveres: perros vagabundos, una pareja de chiquillos silban una tonta tonada navideña; más allá, en la estatua del héroe de bronce, se adivina en su levita la piedra oxidada. En las mejillas del fatigado héroe tiemblan gruesas gotas de lluvia convertidas en cristal a punto del quiebre y del llanto. Ha llegado el invierno, lo crudo llegará en enero y febrero.

Con un doble grito, la noche invernal me saluda. Vuelvo sobre mis pasos y ando nuevamente sobre lo ya caminado. El grito anida en la sombra, en el hueco de la mano, en el chisporroteo de la vela encendida. En el patio de mi residencia, un pájaro lanza su canto desconsolado. Tocan a la entrada una y otra vez. Espeto a mi servidumbre el no abrir la puerta a horas tan indecentes por la noche. La llamada es entonces desesperada. Mando abrir y la sorpresa es mayúscula. Doble visita. Por un lado, un marinero tartamudo ofrece sus extrañas mercaderías y sus palabras como pregón de fuego, por un tazón de sopa caliente, una copa de coñac y el calor de mi chimenea. Acepto el trueque con gusto. Ropas ajadas dan cuenta de su travesía lejana. Me recuerda a Philippe Lowell, el viejo navegante y traductor de poesía del puerto de Essex, Inglaterra.

ESQUINA-BAJAN

El marinero me cuenta de lugares cálidos como Tarso, Puerto Marqués y me deletrea su historia. Pero, éste no venía solo. Le acompañaba una sirena de pechos redondos y muslos torneados. Tiritaba de frío y se frotaba los brazos para entrar en calor. ¿Oficio? No sé, camarera, musa, sirena. El caso es el siguiente: el marino y mercader, no pensaba, dijo entre dientes, de estos lugares áridos y desérticos fuesen tan helados. Helados y yermos. Le acerqué  a la sirena, a la musa de largos y bellos cabellos, una frazada, mientras observaba sus piernas largas y torneadas. El fenicio apuró el trago de coñac y el bocado de filete. Bajo la luz azul del fuego, tejió una historia sobre una virgen celosa, embustera y dulce a la vez, la cual jamás desampara a sus hijos cuando le invocan en sus preces. Luego de un chasquido, el marinero tartamudo ordenó un café exprés, encendió su pipa y mostró en sus manos las huellas de batallas funestas. Agradeció la hospitalidad y como había llegado, se marchó…

Es invierno. Reniego del invierno ya como una muletilla. Aunque en el fondo, me gusta y me da vida. Me siento en mi sillón favorito a hojear libros de estampas, grabados eróticos medievales y ya tarde, nutro con sal la soledad de la sombra: el oscuro nacimiento del lenguaje. En el largo invierno –los profetas de los horóscopos climáticos no anticiparon la crudeza de esta temporada de cierzo y hielo– apenas imaginado, cancelo mis compromisos y procedo a recluirme en mis aposentos. Atado al potro de la lectura, pongo al corriente mis fichas de apuntes, las notas esparcidas en gruesas libretas empastadas en piel de cabra y becerro y repaso uno a uno los volúmenes de mi biblioteca. Extranjero en mi residencia, a la vuelta del año, doy con ciertos libros casi olvidados. Los vinos ya escanciados por el tiempo se anudan en mi lengua y paladar y son una explosión para los ávidos sentidos. ¡Ah! Cuanta holgura y bondad la de esta tierra, cuanta amargura en la mirada de los adoradores de serpientes llegados de lejanas tierras.

Ya noche, cuando el silencio se ha posesionado de calles y avenidas, cuando el ensordecedor ruido de los comercios se apaga, es obligado beber un oporto fuerte. Leo entonces a mis poetas favoritos: Gustavo Adolfo Bécquer,  Amado Nervo, Ramón López Velarde y Efrén Rebolledo. Enderezo mis pasos a la recámara la cual luce fortificada para no dejar colar ningún hilo de viento gélido. Es entonces y sólo entonces cuando reparo en lo siguiente: en mis aposentos, la sirena de blonda y rizada cabellera de la cual me había olvidado debido a la charla con el marinero tartamudo, está plácidamente acostada y cubierta sólo en ciertos lugares de su níveo cuerpo, por pieles las cuales resbalan en su cuerpo. Entro, la contemplo y a punto de dejarla dormir y descansar su sueño milenario, ella

–sin conocerla ni un segundo–, con la somnolencia y la coquetería de su voz, me espeta…

LETRAS MINÚSCULAS

“Ven aquí Jesús, ven y abrázame, quédate conmigo en la cama hasta la llegada de la primavera, mi humedad te va a gustar y a proteger”. Palidezco.