“Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita”, reza a la letra y de puño y letra en un cartelón en el restaurante “La Bodeguita del Medio” en La Habana, Cuba, cartel el cual da cuenta de las preferencias de bebida y la forja de la leyenda etílica creada por Ernest Hemingway. ¿Tiempos de dudas en lecturas? Regresar a los clásicos, a nuestros escritores, poetas y prosistas favoritos. ¿Tiempos de efímera fama en Internet lo cual todo lo pudre y lo devasta? Volver a los clásicos, volver a nuestros héroes de siempre. ¿Tiempos oscuros sin visos de claridad en el horizonte? Regresar, volver una y otra vez a leer y releer a nuestros clásicos. Y Ernest Hemingway (1898-1961), en mi caso, es un santón tutelar al cual regreso cuando estoy confundido, como en estos tiempos grises y convulsos los cuales padecemos.

Anduve unos días en la gran Ciudad de México. El motivo fue uno sólo: empaparme de vida. Algo sencillo y complicado a la vez y sin contradicción de por medio: respirar y vivir. Andar, caminar, otear folios, llenarme de arte, embotar mis sentidos de buena música, deambular en cafeterías y restaurantes, comer bien y, claro, beber mejor. Imitar a papá Hemingway, sí, aunque sea pálidamente. Un remedo, pues. Quisieron los hados de los libros lo siguiente: en una tienda de antigüedades con una sección de buenos y escogidos libros, diera yo con un volumen impreso en la Argentina en 1999, “Hemingway en su Entorno Vital”, de la autoría de Claudio Izquierdo Funcia (1943), cubano él, quien sí conoció a Hemingway en su momento y en ese espacio vital llamado Cuba. El volumen está editado por Lumen y forma parte de toda una saga de publicaciones de dicho autor (Caballero de la orden de Malta y miembro de la Cátedra Hemingway del Instituto Internacional de Periodismo José Martí), los cuales tienen como único fin el acercarnos a figura tan grande y admirada entre nosotros, el mito, la leyenda y la vida terrena del periodista y Premio Nobel de Literatura, Ernest Hemingway.

En la Plaza San Ángel (plaza dedicada a las antigüedades) en la Zona Rosa capitalina (así bautizado dicho entorno, creo recordar, por José Luis Cuevas y Carlos Monsiváis), los asombros no tienen fin. La mirada se detiene en cada tienda, en cada bazar el cual recibe al comprador de cualquier parte del mundo: vírgenes de pedrería estofadas, sudarios santos, relicarios, muebles orientales, tapetes persas, cuadros de maestros novohispanos, pero también aparecen artistas mexicanos harto cotizados como Rufino Tamayo, Francisco Toledo, Javier Marín… Más allá, un pequeño bar y cafetería invita a sentarse y leer en sus mullidos sillones. Pido un Jack Daniels doble, un solo hielo y un poco de agua mineral. Luego pregunto si pueden preparar un “mojito”, el barman sonríe y en minutos me lleva la bebida: sabor de gloria y tempestad.

ESQUINA-BAJAN

Con Ernest Hemingway no hay tiempo para lamentaciones ni paños tibios: juego de dados, todo o nada. Así fue su vida, se construyó a sí mismo como mito, como leyenda. Si hemos de resumir en tres patadas su vida, esta es la adarga de su existencia: culpó a su madre de la muerte (suicidio) de su padre (se suicidó con un escopetazo; años después, él haría lo mismo, en un ritmo sordo, demoniaco, infaltable en la cita con su fúnebre destino); a su madre no pocas veces le dijo de ser “una perra”; fue veterano de cinco guerras, sobrevivió a dos accidentes aéreos, dos safaris, fue también sobreviviente de tres divorcios y cuatro matrimonios, aunque toda su vida estuvo entregado a su soledad y a las letras, y al hacerlo ganó el Premio Nobel de Literatura. Hemingway era un tipo vital, tan vital el cual sólo estaba entregado a pocas ocupaciones: beber, comer, escribir, vivir. En su célebre “París Era Una Fiesta” se lee: “–¿Quieres decir que estoy marcado para la muerte?– No. Tú estás marcado para la vida”. Hemingway estuvo marcado para la vida.

Doy cuenta de la mitad de mi mojito, pido entonces una dosis sola de ron Zacapa para añadirlo a la perfumada mezcla, la cual popularizó papá Hemingway en el mundo: ron más azúcar más limón más yerbabuena macerada más trozos de hielo: un manjar el cual halaga a nuestro seco gaznate. El libro tiene una virtud deslumbrante, su autor, Claudio Izquierdo, reproduce fotografías, muchas fotografías, de Ernest Hemingway provenientes del diario cubano Granma, revista Bohemia, del Fondo Museo Hemingway y de colecciones particulares de Estados Unidos y de Europa. Un trabajo monumental. Una de ellas, con Errol Flynn en “El Floridita” dando cuenta de un par de daiquirí. En otra y de cuerpo entero en su “Finca Vigía” en Cuba, escribiendo de pie en su máquina de escribir sobre un librero atestado de volúmenes. Vestido de blanco inmaculado, su bigotillo entintado ya era un recuerdo: ahora bigote y barba lucen nevados. Nieve blanca del Kilimanjaro, vaya.

Vida ruda, vida la cual transformó Ernest Hemingway en arte. Plasmar la vida solamente en letra redonda a nadie conmovería. Miles de vidas trágicas amanecen y terminan y mueren con el mismo día. La cosa es escribirlas, deletrearlas con estilo propio; elevar la más simple, triste, trivial y común historia cotidiana en algo sublime, tocado eso por la ternura. Ese sentimiento hoy olvidado. ¿Cómo no recordar cuando John Hudson paga y marcha triste al entierro de una prostituta cubana, sólo porque ésta acostumbraba a saludarlo en “El Floridita”? Aquí y no en otro lugar es donde late y bulle la condición humana; aquí en estas letras de fuego es donde bulle la obra de arte. Por eso es necesario siempre regresar a Hemingway.

LETRAS MINÚSCULAS

Pauline Pfeiffer, su segunda esposa, en el cobertor de un escabel de regalo por su cumpleaños le bordó lo siguiente: “Poor old Papa”. Pobre Papá viejo…