En mi ciudad adoptiva, Zacatecas, el sol miente diario. El sol no tiene peso alguno. Amanece el sol a cielo abierto, jurado en el horizonte, pero no calienta los músculos. Menos los huesos. En Zacatecas siempre hay un otoño perpetuo. En el hotel del dolor donde habito, justo se puede admirar por la ventana una Iglesia con puntas y torres buscando a Dios en lo alto. Enfrente de dicha Iglesia (Templo de la Purísima) hay una escuela primaria. Por lo regular dan las tres campanadas de rigor y voy a misa de 8 de la mañana. Me cruzo entonces con dos poblaciones, dos estratos de la sociedad bien diferenciados: por un lado, voy con señoras enlutadas y viejos como yo, engabanados, a escuchar las preces enderezadas al Altísimo. Enfrente de la calle, presurosas, las madres de familia llevan a sus hijos a las clases elementales. Hay un común denominador: todos vamos enrollados en varias capas de ropa, no obstante sea cualquiera la estación del año.

Salgo de misa de 8 de la mañana y voy a la cafetería de siempre. Ignoro su nombre. En verdad. Nunca he procurado saber su nombre. Es la cafetería-restaurante de otro hotel en el cual y también hago estancias de trabajo. Diligente, el camarero del lugar, amable en grado sumo, llega con una charola con mi taza de café humeante, un “buenos días le dé Dios” en la boca y el diario del día. Aquí domina “La Jornada” en su edición nativa. Aunque también y para sorpresa tal vez de usted, el diario de mayor penetración en no pocos estamentos sigue siendo “El Sol de Zacatecas”. En el fondo de la tabla, el “NTR”, filial o hijo de Grupo Reforma. Todos los diarios los deletreo en el transcurso del día, pero aquí me acercan el defeño y su lectura gratuita. Me gusta su redacción y toma de posición sesgada hacia el excrucificado de Tabasco, Andrés Manuel López Obrador. Son sus voceros. Lo despacho por lo general en dos tazas de café. Y sobra decirlo, no obstante ser el PRI dominante aquí, todo mundo o casi todos aman a AMLO. Usted lo sabe, de aquí son los hermanos Monreal, Ricardo y David, encimados en el poder político del País. Se cambian de partido y de ideología, como de camisa.

El día avanza amodorrado. Aquí es otra la dinámica a las ciudades industriales como Ramos Arizpe (gobierna Chema Morales), Monterrey (gobierna Adrián de la Garza) o Saltillo (gobierna el Cowboy Urbano Manolo Jiménez). Es una bella ciudad sin ser pueblo. De hecho, espero un par de horas, es decir, leo mis libros de trabajo, redacto notas y almuerzo unos huevos estrellados montados sobre tortilla, pero sin salsa y un poco de chilaquiles rojos a un lado y, justo al terminar mi monacal almuerzo cotidiano, camino a la plaza Fundadores al puesto de revistas de Ricardo y sí, justo al llegar, están desempacando los diarios de la capital de México. La vida aquí empieza tarde. Creo, es mejor.

ESQUINA-BAJAN

Aquí un puñado de fieles lectores en “papel impreso” nos arrebatamos de las manos las diferentes publicaciones (libros, revistas y diarios), los cuales llegan diario a este surtido puesto de revistas, diarios y libros. Un día de esos, donde el mediodía es una bestia hambrienta esperando a su presa, oteaba aquí y allá libros en sus anaqueles. Tras un libro de un autor de moda, un enjuto volumen, un folleto pues, estaba aplastado. Era el cuento “Mariana” de Inés Arredondo, en la mítica serie de Material de Lectura de la UNAM (No. 2). ¿Su precio petrificado por el imbatible tiempo? 5 pesos. Al querer pagarlo, Ricardo sólo me espetó, “lléveselo, tiene años aquí ese librito”. Se lo agradecí y me enfilé a mi posada a leerlo y anotarlo antes de la merienda de la tarde en mi restaurante (¡Ja! Ingenuo, rápido me adueño de las cosas: escribir “mi restaurante”, ja) de todos los días: “La Traviatta”, un italiano de sabor coronado y auténtico.

¿Ya había leído este texto antes? No lo recuerdo. Lo leí de una sentada. Texto absolutamente perturbador de una de nuestras mejores narradoras injustamente olvidadas, doña Inés Arredondo. Trama sencilla y complicada. No es contradicción: en medio de un calor sofocante, casi demencial, en una playa de Sinaloa, cerca de Culiacán (Altata), dos jóvenes se conocen y se hacen novios desde niños. Dos niños se hacen novios y se casan (luego de amenazas, viajes de exilio para ella, internados y bofetadas del padre). Sólo para arder juntos en la hoguera de su propio brío, el deseo siempre insatisfecho y en la terca y asfixiante cercanía y lejanía de él (Fernando) al buscarse reflejado en los ojos de ella (Mariana); “sus ojos tenían una pureza animal”, espeta en un momento de la narración, y no, no encontrarse. No verse reflejado.

Libro perturbador. Cuento redondo y perfecto. Asistimos a contemplar una derrota funesta. Asistimos y vemos cómo va madurando la emperrada soledad de Fernando al no verse reflejado en los ojos de Mariana, la cual tocada por el espíritu de un ser superior desde el momento de su boda, su mirada busca algo o alguien, el cual no es Fernando. Unión carnal, pero al final, falta de unión espiritual. La soledad de Fernando se convierte en locura. Termina internado, alejado de su Mariana, en un manicomio de la ciudad de México al tratar de matarla en una tarde tórrida en el Estero de Dautillos. ¿Ella? Ella buscará a Fernando en los hoteles de paso, entregándose a cualquier varón tropezado en el camino. Muere ahorcada a manos de un viajero comerciante, Anselmo Pineda. Fernando y Mariana, sofocados ambos por su pasión y el sudor y sopor del Pacífico.

LETRAS MINÚSCULAS

¿Alguien ha visto la película homónima, con guion de la misma Inés Arredondo y Juan García Ponce, filmada por Juan Guerrero en 1967? Gran texto y gran descubrimiento aquí en Zacatecas.