Sigo en Zacatecas. He venido nuevamente a mi ciudad adoptiva. La ciudad me apadrinó como uno más de sus hijos. De hecho, aquí me tratan como uno de los suyos en los lugares los cuales frecuento y doy vuelta en redondo. Apenas llego a los restaurantes ya elegidos, los camareros y camareras preguntan diligentes: ¿le servimos lo acostumbrado o gusta ver la carta? Por lo general, me decanto por lo de siempre, por lo acostumbrado. Así me siento bien y a mis anchas. Claro, de vez en cuando varío el menú. Pocas veces, para ser francos. En lugar de agregar tiras de pollo a las hierbas en mi pasta favorita, por ejemplo, cambio a tiras de salmón. Al mediodía por lo regular pido como entrada un buen carpaccio de res. En eso no cedo un ápice: es pura proteína y, usted lo sabe, el cuerpo sin proteína, se colapsa. ¿Hay proteína en lo verde, en las hierbas, en una buena ensalada? Sí. El problema es el siguiente: usted necesita comerse todo un bosque para agregarle la proteína la cual su cuerpo necesita para funcionar y ayudar a rodar sus órganos internos.

Hace años, en la década de los noventa del siglo pasado, tuve una gran amiga, talentosa y linda en Monterrey. Era periodista de altos vuelos. Manejaba el idioma inglés como su segunda lengua. Alguna ocasión y por eso la conocí, me dio un curso de periodismo cuando yo arrastraba mi juventud a cuestas. Nos hicimos grandes amigos. Era vegetariana. Era ella una varita de nardo. Viajaba constantemente a EU. En uno de esos viajes, allí quedó. Es decir, sólo se colapsó su cuerpo y no se levantó más. Era joven y talentosa. Pero, su cuerpo ya no alcanzó a funcionar sin proteína. ¿Era saludable? Pues sí. Tal vez en exceso. “No retorna el polvo / del oro de la vida”, para decirlo en un verso puntual de Jaime Sabines. Todo mundo me preguntaba ¿Y cuál fue el motivo de su muerte? A lo cual yo sólo encogía los hombros y espetaba lacónico: era vegetariana. Varias veces me insultaron.

Hay otras maneras de morir. Hay otras maneras de existir, y no, no son personajes de ficción. Realmente estos “personajes” brincan, por así decirlo, de la ficción, de los cuentos y novelas a la vida real. Y claro, no pocas veces se mutan estos personajes de la vida real y terminan como personajes de ficción. Es el caso, usted lo sabe, de Miguel de Cervantes, Don Quijote, el nativo de La Mancha y, claro, Cide Hamete, el moro. ¿Fueron reales o todos son personajes de ficción? Recuerde usted aquella teoría anagramática la cual encierra en su matemática y azar retruécanos insospechados: Cide Hamete es personaje o doble de don Miguel de Cervantes… Rizando el rizo, voy agotando el espacio y no he entrado al tono de la cuestión hoy. ¿Bartleby es personaje real o de ficción, Emma Bovary es real o sólo fue creada para deleite nuestro por Gustav Flaubert?

ESQUINA-BAJAN

Un atento lector, vía email, me pregunta algo perturbador: en el texto sabatino anterior de “Café Montaigne 135” di cuenta de un cuento perfecto de Inés Arredondo, “Mariana”. Dije también, de una película en su momento, filmada con base en este texto por el director Juan Guerrero en 1967, con guion de dos de los mejores escritores mexicanos: la misma Inés Arredondo y Juan García Ponce. Yo no he visto la cinta, pero en las actuaciones lleva a Julio Alemán como Fernando (quien termina encerrado en un manicomio en la Ciudad de México, trasladado desde el sopor caliente y letal de Culiacán) y a una actriz, Pixie Hopkin, como Mariana. Niña-mujer la cual arde literalmente en una pasión azuzada por el clima vivo del pacífico. Mariana se entrega literalmente por “fidelidad” a otros hombres, el más próximo, quién sea; para buscar a Fernando en cada uno de ellos hasta su muerte, ahorcada a manos de Anselmo Pineda, un viajero de comercio quien termina llorando y tumbado en su celda sin saber a ciencia cierta el motivo de su asesinato.

El atento lector pregunta entonces si esta Mariana es la misma cinta llamada “Mariana Mariana” con guion del inconmensurable José Emilio Pacheco (JEP), cinta la cual nadie jamás ha visto… No lo sé. Respuesta dolorosa y contundente: no lo sé. Es decir, sabía de esta cinta con guion de JEP, por un motivo: hay dos fieles y obcecados lectores de la vida y obra de JEP en la Ciudad de México: los maestros Armando Oviedo y Jesús Quintero, quienes se saben al dedillo vida y obra del renacentista JEP, y ellos me habían platicado de esta cinta. Charla ya casi desvanecida y deslavada en mi memoria. Hoy, al leer el texto de “Mariana” de Inés Arredondo y al saber de su filmación allá por 1967, pues surge la duda, pero creo son diferentes propuestas. Tiro de dados: quien debe de saber lo anterior, aventuro, es el crítico de cine local, Alfredo Galindo. La moneda está en el aire.

El texto, el cuento de Inés Arredondo me ha tenido en vigilia y afán. Lo he releído un par de ocasiones más y no tiene costura mal hecha. Y claro, de aquí se desdobla mi eterna pregunta: ¿influye el entorno geoambiente, eso llamado en la antigüedad la teoría de los humores: la clasificación entre los humanos propensos a padecer la bilis negra, la bilis amarilla y los temperamentos flemáticos y sanguíneos? En “Fedro o del Amor”, Platón ya discurría sobre esto: debido al “calor sofocante, las cigarras cantan sobre nuestras cabezas… damos cabezadas y (…) somos seducidos por ellas debido a la pereza de nuestro pensamiento…”. En medio del calor del pacífico, Fernando y Mariana se entregan en cuerpo a amarse sin pasión ni medida. En el calor asfixiante, sólo queda eso: la carne, amoratar los labios de tanto beso y empalago entre los matorrales cómplices. Sólo eso.

LETRAS MINÚSCULAS

¿Es la misma película? Una de ellas, sin encontrarla jamás y sin ser vista nunca. Tal vez el maestro Alfredo Galindo lo sabe…