Ignoro si sea una canción mexicana, una copla del arrabal, unos versos octosílabos de varias estrofas de algún tango porteño, pero lo bien cierto es lo siguiente lo cual se aprende en la vida misma: llegamos con un quejido y envueltos en llanto. Nos vamos de la misma forma: desnudos y con lágrimas y llanto de los atribulados seres los cuales quedan anclados en tierra. Cuando un ser querido muere y se va. ¿Cómo proceder? ¿Se puede razonar la pérdida hasta hacerla sólo una etapa, una estación rápida y ligera de nuestra existencia? Llega el amor, eso llamado amor. Pero, el amor veleidoso así como llega, se va. ¿Se puede uno deshacer del fardo del amor cuando el ser amado nos deja con un palmo de narices, nos da un portazo en la cara y se va mediante esa estratagema eterna llamada muerte: el morir? ¿Es entonces olvidarse del amor, liberarse de su fardo como se cambia uno de gabardina, pantalones y gafas?

El amor acaba. Eso todos lo sabemos, hasta Manuel Alejandro, aquel escritor de letras de canciones el cual le dio la letra de dicha tonadilla a Juan Gabriel. Pues sí, el amor acaba. Pocos o nadie lo entendemos. Por eso el amor está emparentado con la patología. Desde siempre. El amor es una enfermedad, nos lo han dicho los grandes filósofos clásicos. Esos a los cuales llamamos clásicos y sí, siguen vigentes y plenos hoy en día. Hablar del amor es cosa peliaguda. Difícil. Tan difícil y dura, como explicárnosla. Al menos intentarlo. Reflexionarlo, analizarlo.

No menos sentido y lacrimógeno es el enamoramiento de un viejo comparado con el sentimiento de un joven. Las penas del joven Werther –J. W. Goethe, lo sabía y así lo dejó escrito– por su enamorada, terminaron en suicidio. Ya luego, hubo epidemia de suicidios. Pero de igual manera, el abandono de la musa del poeta Paul Valéry, terminó en lágrimas, un puñado de poemas perfectos y la muerte del enorme escritor. Valery usted lo sabe, estaba en el invierno de su vida cuando se enamoró a moco tendido y rienda suelta de bella y joven mujer. El amor (el desamor, vaya) lo llevó a la tumba.

El anterior y torpe liminar viene a mi materia gris para contextualizar el libro y tema a tratar. En días pasados y de entrada por salida, fui a Zacatecas a cobrar unos pesos en la revista la cual allá, edita algunos de mis textos literarios. La maldita peste no deja andar a gusto y aunque la ciudad tiene un mínimo de contagios y realmente está todo controlado, aquello es un cementerio, como casi todo el país. El 80% de los negocios están cerrados o abren con un mínimo rango de apertura en su horario. El transporte público es casi inexistente. Las dotadas cafeterías y restaurantes son fantasmales. Los habitan sombras. Para mi fortuna estaba abierta una de mis librerías favoritas. Deambulando aquí y allá, di con un libro reciente, el más reciente de Fernando Savater, el filósofo ibérico el cual también ha escritor novelas bien leídas. Su libro es: “La peor parte. Memorias de amor”.

ESQUINA-BAJAN

Más de 240 páginas con un denominador común: un recuento de instantáneas, trazos, dibujos, palabras, memorias del amor el cual Fernando Savater tributó en vida a su compañera por más de 35 años, Sara Torres Marero (a quien le bautizó/apodó como “Pelo Cohete”). Muerta de un emperrado tumor cerebral en 2015, la musa y compañera de Savater ha inspirado la mejor y la peor parte en la vida del escritor. Este es un testamento de vida y muerte, amor y añoranza, razón y pasión. El libro lo adquirí junto con otros y de variados temas. Cuando regresé a mi Mesón de Pecadores, abrí la bolsa para hojearlos todos y leer líneas en saltos de caballo.

El de Savater se me antojó inmediatamente por lo aparentemente sencillo del trazo de sus letras. Las confesiones y el dolor de la pérdida de la mujer amada, se unían a las reflexiones razonadas y a la línea de vida de ambos personajes: escritor y musa. Decidí empezar a leerlo esa misma noche en la Posada. Mandé pedir a la recepción un seis de cervezas con un par de limones y sal y me apoltronó en el sillón de lectura. Ya tarde, apagué el televisor el cual estaba sintonizado en un canal de música, los maestros del jazz antiguo. Al día siguiente viajé de regreso a este pueblo y en el camino, terminé de leer “La peor parte” de Fernando Savater.

Se escribe una sola obra, un solo poema, un solo cuento; se escribe por siempre un solo texto. Es una teoría muy defendida y en la cual, hartos escritores creen. Creemos. Fragmentos, astillas o ascuas encendidas se van acumulando para lograr una sola hoguera. La fogata entonces, será un fuego eterno, llamas vivas, pasión chisporroteante la cual en su paradoja bíblica nos habrá de salvar o condenar. ¿A cuál fuego nos estamos refiriendo?  

¿Al fuego del infierno: inextinguible, doloroso y destructor? ¿Al fuego del amor el cual purifica y libera? ¿Al fuego de la condenación como “llanto y crujir de dientes” –como se escribe textualmente en los Evangelios–? ¿A cuál fuego rehuir si hay uno como el del purgatorio como tinieblas exteriores o como cárcel: atado y preso por la eternidad? El fuego destruye, borra “algo”, lo oculta; pero, también: purifica. Si el fuego tiene múltiples interpretaciones y símbolos, no menor es la simbología y tratamiento de ese fenómeno inasible llamado “Amor”. Fuego, gozo y condena a la vez, Marguerite Yourcenar en su celebrada “Memorias de Adriano” siembra la idea la cual es extendida: si el amante conserva la razón, entonces no obedece del todo a su dios. Y si no hay pérdida, pues entonces no es un amor verdadero. Lo anterior viene a cuento al leer las memorias desde el amor, escritas por el filósofo Savater en honor a su musa ausente. Ha sido tal su pérdida (dolor), que ha dicho una y otra vez: jamás volverá a escribir.

LETRAS MINÚSCULAS

Este es el primero de dos o tres textos para reflexionar sobre el libro de Savater y eso llamado amor.