El fracaso del presidente Andrés Manuel López Obrador con sus erráticas políticas de salud y economía, con el manejo de esta gran tragedia y dolor de la pandemia y los ya cien mil muertos (oficiales. Pero realmente los analistas internacionales hablan de al menos el doble de muertos. El torpe Hugo López-Gatell le llama “exceso de mortalidad”), son también nuestro fracaso como sociedad libre. Libres, pero sin ejercer semejante don divino. Creo que no hemos reclamado lo suficiente a un gobierno miope, sordo y ciego. López Obrador y sus claques saben perfectamente lo que hacen: administrar las muertes y la tragedia.

AMLO ni se va a ir ni quiere irse. Resultado curioso que todo se olvida en este país de chocolate. Es intrascendente si se juntan cien mil, doscientas mil o un millón de firmas para que se vaya de Palacio Nacional. En su momento (enero de 2010) a mitad de res, a mitad del sexenio del panista Felipe Calderón, se estaban reuniendo un millón de firmas para que Calderón Hinojosa se fuera de Palacio por sus torpes medidas al frente del Gobierno Federal. ¿Lo ve? La historia como lo dijo Herodoto, desgraciadamente es cíclica. No aprendemos de nuestros errores. ¿Sabe usted quien era en ese momento uno de los principales impulsores de juntar un millón de firmas para que Calderón Hinojosa dejara la Presidencia de México? El pandillero y deslenguado Gerardo Fernández Noroña. Así las cosas con este país.

La gente está irritada. Hay un eco de fastidio y desaliento generalizado. A lo cual se suma el pánico, el miedo ya irracional hacia un virus de laboratorio que ha mutado y sí, nos puede llevar a la tumba. ¿Qué hacer? ¿Cómo seguir soportando esto si por todos los frentes de batalla esto está terrible ya? México, como todo el mundo, es un cementerio. A cuenta gotas, por goteo, pero las muertes todas, son dolorosas. Ignoro si usted se dio cuenta, pero han muerto (por el virus o por enfermedades otras que no tuvieron adecuada atención) músicos, artistas y escritores de primera línea, tanto en México como en el mundo. Todos los días son una perpetua nota necrológica. Aunque le voy a dedicar una saga de textos al respecto, a vuela pluma le digo, han muerto recientemente Luis Zapata (autor de un texto emblemático, “El vampiro de la colonia Roma”), Francisco Conde Ortega, el poeta Víctor Sosa, el buen poeta José Vicente Anaya…

¿Qué hacer? La verdad no lo sé. ¿Esto es vivir? Pues no, pero no se ven salidas dignas a la vista. Lo siguiente lo acaba de declarar y alertar Tedros Adhanom Ghebreyesus, director General de la Organización Mundial de Salud (OMS): “Este virus no sólo mata gente, sino que un importante número de personas las aboca a graves efectos a largo plazo”. Las secuelas son a largo plazo, señor lector. La salud mental está fuera de control. Son los famosos efectos neurológicos y psicológicos.

ESQUINA-BAJAN

El mundo ha cambiado en cuestión de meses. Le soy franco, yo me resisto todavía y todos los días a este cambio brutal. Cambio de nuestra operatividad cotidiana. Soy rebelde por esencia y no puedo cambiar. Tengo 55 años sobre la tierra y a estas alturas de mi existencia, no quiero ni voy a cambiar. Hace poco fui a comprar una camisa a un centro comercial grande en Monterrey, ya casi muertos y sin vida. Un matrimonio (más jóvenes a quien esto escribe) andaba igual, curioseando y viendo ropa en el almacén solitario. La dama le preguntó a su pareja: “Mira qué linda blusa, me la mido y si me queda bien, ¿me la compras?”. A lo cual, el marido la atajó en el segundo con la siguiente respuesta: “¿Y para qué la quieres si no hay a dónde salir?”.

Respuesta lacónica y dura, pero cierta. Parte cierta. La vida se jodió. No hay conciertos, no hay veladas románticas, no hay bailes de salón. Vaya, ni reuniones sociales en los domicilios, ya todo está prohibido. Cuatro seres humanos juntos ya son multitud. ¿Para qué comprar un lindo vestido, una buena camisa, un nuevo blazer, un buen collar para el níveo cuello de nuestra musa de cabecera, para qué comprar unas nuevas mancuernillas si vamos a estar encerrados en casa siete o diez años más? ¿Vestirse todos los días igual para estar encerrados, confinados? Lea: un día le preguntaron a la gran, a la inconmensurable María Dolores Pradera ¿qué era la muerte para ella? A lo cual la cantante, la artista, el ser humano alto y garboso respondió: la muerte es no vestirse galanamente, es no ponerse las joyas preciadas, es no acicalarse para el día (cito de memoria).

Esto es la muerte: levantarse y vegetar. No, señor lector. Usted debe de levantarse diario, meterse al baño. Luego emperifollarse como si usted fuese a un gran concierto y posteriormente, de comida o cena a un buen restaurante. O bien, haga como el músico y compositor Eric Satie (1866-1925), tenía siete trajes de terciopelo… idénticos. Así aparece retratado y en pinturas. Hay un retrato al óleo de Ramón Casas, espléndido y revelador. Caminando en Montmartre, como si el mundo no lo mereciese, el compositor, quien era lo mismo idealizado que satanizado por sus contemporáneos, viaja en un día gris y mortecino ataviado con su inconfundible traje de terciopelo y su gran levita. Sombrero de bombín y sus espejuelos ovalados.

Viva, señor lector, vístase para la vida aunque sólo vaya usted al súper por bastimentos y provisiones. No deje que la angustia lo devore por dentro. No deje que echen raíces la melancolía, la desesperanza y la desdicha. Atavíese para la gran batalla, y la gran batalla es vivir diario. ¿Cuándo va a pasar todo esto y podremos regresar a una gran sala de conciertos a escuchar una obra de Eric Satie, de Mozart, de Pablo Moncayo…?

LETRAS MINÚSCULAS

Prepárese mentalmente para disfrutar de esto en cinco o diez años. De este tamaño es nuestro reto, señor lector.