Es necesario e imperioso volver a los orígenes. De todo. Tal vez y acaso, sólo acaso y como propuesta, deberíamos volver a cursar todos los grados de la escuela: primaria, secundaria, bachillerato y una o dos carreras de refuerzo. Pero, de ser posible, con los mismos y sabios maestros de la antigüedad, los cuales nos guiaron a salir a la luz en esta selva de la vida llamada ignorancia, tozudez, necedad, afasia, apatía, acedia… Tal vez y sólo tal vez como propuesta, deberíamos todos y en cada familia, volver a reunirnos frente al fogón familiar, escuchar cómo hierve el agua para el café, escuchar historias de los abuelos y padres y entregarnos a disertar cuándo y cómo dejamos de pertenecer a la manada de humanos y empezamos a ser únicos, indivisibles; cuando empezamos a concebirnos a nosotros mismos e inició el peregrinaje como humanos: el ser personas (“per sonae”, etimológicamente hablando), el sonar y tener voz por nosotros mismos.

Vicente Huidobro, ese poeta el cual hizo de la creación y no de la imitación su “leit motiv”, escribió: “¿Quiénes se están muriendo y quiénes nacen/ mientras mi pluma corre en el papel?” Mientras mi pluma corre en mis cuadernos, mientras transcribo dichas notas a este ordenador personal, ¿cuántos de nosotros nos cuestionamos esas preguntas harto sencillas y peliagudas de nuestra juventud? Sí, esa preguntas de tertulia las cuales siguen siendo válidas, tal vez hoy más a cualquier otro tiempo pasado: ¿A dónde vamos, cuál es nuestra función en el aquí y ahora sobre la tierra? ¿Es mejor creer en Dios o no creer? ¿Existe Dios? ¿Existo yo? ¿Al día de hoy, qué es el hombre, cuál es la definición de un hombre?

Cómo me defino hoy. Mañana puede ser demasiado tarde, por esta maldita pandemia la cual hoy nos tiene de rodillas. No sé si usted ya lo notó lector, pero desde enero de este 2021, salvo fechas excepcionales, todos los días son la media de mil muertes por el COVID-19. Son las cifras oficiales de Andrés Manuel López Obrador y Hugo López-Gatell. Aunque, los investigadores independientes hablan de un doble de mortandad. Otros y de plano, acusan un triple de muertos.  Hemos superado ya los 200 mil muertos, esto nos obliga a plantearnos de nuevo lo arriba deletreado: ¿Quién soy, cuáles son mis elementos constitutivitos para llamarme humano?

Por eso le dije: debemos volver a los orígenes, volver a las grandes y candentes definiciones como ésta, de antropología filosófica, literaria y teológica: hoy, cuáles son nuestros elementos constitutivos para afirmar lo que somos: hombres. Usted lo sabe, para Frederick Nietzsche el hombre de hoy no es “ninguna meta sino una promesa.” Es decir, no estamos acabados del todo, nunca. Al nacer no somos “hombres”, tenemos la necesidad de cultivar esos valores, doctrinas, cultura, modos de ser y de pensar para convertimos en un proyecto acabado de humanidad. Situación de filosofía y axiología, sin duda. Es aquella división heredada de Emanuel Kant, las cuatro preguntas básicas:

ESQUINA-BAJAN

“¿Qué puedo saber? ¿Qué debo saber? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el hombre?” La primera pregunta se responde desde la metafísica, la segunda es cuestión de moral, la tercera es de índole religiosa y la cuarta es de índole antropológica. Sí, pero también y creo yo, agregando letras sueltas a la paciente página en blanco, es cuestión de la literatura, de la poesía, de las artes todas en su conjunto. No hay hombre sin arte, sin manifestación artística creada de y para el hombre.

Con galanura, ludismo y desparpajo líquido, el gran, el inconmensurable Ramón López Velarde en uno de sus versos eternos dispara: “Yo sólo soy un hombre débil, un espontáneo/ que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo”. Tome en serio sus sesos, su linfa, tendones, resortes y nervios señor lector y enciérrese a pensar. Sólo eso. Divague en torno a su sillón de lectura, en torno a su escritorio y responda en las más altas horas de la noche: ¿Quién soy, cuáles son los resortes secretos los cuales me animan, cuáles son mis elementos constitutivos fundamentales y vertebrales para ser y llamarme un hombre?

En tiempos de soledad y pandemia los cuales nos asisten hoy y para mucho tiempo más, en tiempos de fría soledad, las llagas de los problemas y su concepción nos infecta el cuerpo. Pero, no debe de ser un problema, sino una buena ocasión de poner en orden nuestros pensamientos y reflexionar sobre ello. Nunca es tarde para reflexionar y divagar en torno a nosotros mismos. Hablar de “esencias”, el “ser”, ya se me hace a estas alturas de la vida patética la cual habitamos, algo petulante y sospechoso. Se me hace algo emparentado con un juicio casi divino. Por eso estoy divagando entorno al hombre y no entorno del ser.

“Soy hombre; duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben.” Le he presentado los anteriores versos un par de ocasiones en esta tertulia, son los cuatro primeros versos del poema, uno de los más señeros, de tantos poemas altos y señeros del poeta, el único Nobel mexicano, Octavio Paz. Son parte del texto “Hermandad” donde le rinde tributo y homenaje a Claudio Ptolomeo. Pero veamos, caray, se asume como “hombre” y como tal, nuestra dureza y presencia sobre la tierra, es efímera. Somos una voluta de humo, polvo, sí, pero polvo de estrellas. Los anteriores versos me han recordado el siguiente parágrafo de la Biblia: “¿Qué hacéis allí, mirando al cielo?” Ancilados en tierra, uno busca el cielo, las estrellas, al Dios inasible; la eternidad…

LETRAS MINÚSCULAS

Buscar nuestra esencia como hombres. Tema para un tríptico por lo menos en esta tertulia.