El mundo del arte, específicamente el de la literatura, está plagado de suplantaciones, copias, imitaciones y falsificaciones,  pero, ¿dónde están los  límites del plagio?

Crecemos imitando. Imitamos a nuestro padre, a nuestra madre. De hecho, Julia Kristeva decía en su libro “Infancia es Destino” que los primeros años de vida del niño (los primeros cinco o seis) son los que decidirán el futuro del infante. Y a esa edad el niño ve, siente, oye, está; es decir, su mundo literalmente lo mama del entorno inmediato y su entorno inmediato es su madre y su padre. Su familia. Por eso, ya luego, los niños y con el paso del tiempo, se visten como su papá; si su padre es carpintero y usa el lápiz afilado en la oreja, no dude usted que el niño también lo hará en alguna etapa de su vida, aunque no sea carpintero. Crecemos imitando.

Pero esta imitación no pocas veces deviene en copia, plagio. En literatura se utilizan dos términos bastante elegantes para decirlo; y usted y yo lo dejamos por escrito y lo platicamos en la entrega sabatina pasada de este “Café Montaigne”, es el palimpsesto, la refundición y lo diremos una vez más con todas las letras: plagio. Falsificación, imitación, copia, plagio. Tome de su café, bébalo lentamente y de nuevo iniciamos la charla. Hace algunos años, y cuando el gran Gabriel García Márquez vivía, circuló en la red de redes que todo lo pudre, internet, un poema apócrifo de él, donde, según, el Gabo se despedía de la vida. El texto era pésimo. Pero la gente lo leía y lo intercambiaba en las redes sociales como “bueno”. García Márquez ni decía que era de él ni lo negaba. Es decir, los buenos lectores del santo patrono de Aracataca, Colombia, se tragaron la engañifa. Hasta que el Gabo salió a la palestra pública y dijo que no, no podía escribir tan horrendamente. El autor era, fue… un mono de cartón, un muñeco al parecer que se llamaba “El Mofles”. Mono de ventrílocuo. Pero lo anterior refleja fielmente el tema que hoy exploramos y ensayamos: la suplantación, la copia, la imitación, la falsificación, el plagio.

Hace algunos años, en 1997, la casa de subastas Sotheby’s vendió un poema inédito de la gran Emily Dickinson, santa tutelar de la poesía norteamericana, atormentada y solitaria como los son los poemas sangrados de su pluma. Sin duda, ese texto: un tesoro. El texto, el poema se vendió en 24 mil 150 dólares. Pero meses después los especialistas en la obra de la Dickinson aseguraban que no, el texto era imposible que fuese pergeñado por ella. Salió a la luz el verdadero autor, un especialista en falsificaciones: Mark Hoffmann, quien precisamente está en prisión por ello. Desde allí lo hizo todo. Y pues sí, aún encerrado sigue dedicado a una industria boyante donde siempre hay ingenuos que buscan un pedazo de paraíso, en este caso un poema de Dickinson. 

ESQUINA-BAJAN

De entre una docena de materiales que hay disponibles (al menos de los cuales tengo las fichas, no así todos los volúmenes. Son muy difíciles de adquirir y claro, no están de “grapa”, gratis en internet. Lo bueno nunca es regalado, señor lector), hay uno en especial que sin tener una jerga académica o hermenéutica de sobado linaje se disfruta como un buen reportaje y tiene suspenso como una novela policiaca. Es el libro “Sobre el Plagio”, de Héléne Maurel-Indart, publicado para Fondo de Cultura Económica, con más de 440 documentadas páginas. Aquí se aborda un ejemplo de ejemplos que usted imagino ya conoce, el de Alaxander Dumas quien, literalmente, tenía su “negro” escribiendo a destajo. Lo tenía contratado, Auguste Maquet. Quien demandó a Dumas, perdió el juicio y renunció a su propia dignidad de autor “original”. Y creo que la dignidad y valía de Dumas, con su “El Conde de Montecristo”,  ni usted ni yo la ponemos en duda alguna. ¿Entonces es válido el plagio, la falsificación? ¿Se vale plagiar?

Y uno de los plagios, o falsificación, mejor dicho, es también uno que usted conoce: el llamado “Quijote de Avellaneda”, el cual lo escribió un tal Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo que esconde nombre, el cual, y no obstante tantas investigaciones de eruditos, no se ha podido dar con el  autor real de esta parte que pretende ser la continuación, digamos, del inconmensurable “Quijote de la Mancha” de don Miguel de Cervantes Saavedra. Quien a la vez dice en su primera parte estar sólo trascribiendo las historias de un árabe… Copia de la copia de la copia… pero en el caso de Cervantes, invención pura. El docto Juan Antonio García Villa sabe más que su servidor de este tema.  

¿Dónde están los límites? Si el mismísimo Pascal tiene aforismos (pensamientos) de igual tenor, fraseo y temática que los de Michel de Montaigne. Hasta este momento nos hemos referido, hemos platicado de algunos plagios o reescritura en materia literaria, pero en el campo de la pintura y piezas arqueológicas hay fraudes monumentales de miles, si no es que millones dólares. Dos columnas fueron pocas para este tema. 

Prometo regresar recargado con una más. Y a vuelapluma recuerdo de una escuela y estilo de pintura peruana, que sobre óleos pintan artistas del país andino, por lo general monjas y santas coronadas, con tanta perfección que parecen óleos de los Siglos 16 o 17. 

LETRAS MINÚSCULAS

¿Escuela del Cuzco, se llama? Prometo investigar el tema.