Aprieta diciembre y el invierno en el calendario de fin de año. Siempre escribo de un invierno más cruel y duro, a este el cual nos asiste. Siempre lo hago, tal vez por un recuerdo falso en mi memoria el cual tengo de algún invierno duro y cruel el cual hacía tiritar hasta castañar los dientes. En fin, un recuerdo falso tal vez, como los soñados por Jorge Luis Borges. Decía entonces es invierno y es diciembre. Me gusta esta estación del año. Me gusta por las rutinas practicadas desde hace lustros a la fecha. Me gustan mis rutinas, soy feliz así. Varias de ellas usted las conoce al estarlas ventilando públicamente en este generoso espacio. Dos de ellas: en fechas tan grandes, lerdas, de oración y recogimiento, no bebo alcohol. Lo hago el resto del año, ¿es obligado brindar en estas fechas? No para mí. 
 
Y claro, usted lo sabe, en estas fechas, de hecho todo el mes, me entrego a leer y releer, ver una y otra vez en mi televisor antediluviano las diversas películas y variantes las cuales tienen un leit motiv: el famoso texto “El Cuento de Navidad” de mi admirado Charles Dickens (1812-1870). Apenas 58 años sobre la tierra, pero dejó una obra para mí, perfecta y entrañable. 
 
Leo y releo las diferentes versiones, entonces, de su conocido “Cuento de Navidad” o “Canción de Navidad.” De hecho, el subtítulo en inglés es así, es decir, es una canción, el subtítulo reza textual: “villancico navideño en prosa.” Y los villancicos se cantan, se tararean, se disfrutan, se gozan. Y el maestro Dickens fue un verdadero mago en este tenor de hacer disfrutar lo agrio, dando oportunidad a un final feliz en tiempos de angustias y otorgando esperanzas a las clases más humildes de las cuales él fue el mejor ejemplo de ello. 
 
Tengo varias ediciones del mítico texto de Charles Dickens y debo de tener en mi biblioteca casi toda su obra traducida en español. En este mes, releí “Historia en dos Ciudades”, caray, el genio de Dickens en abundancia. Y por estas fechas voy a leer una buena edición la cual he conseguido en Zacatecas, de un libro poco conocido del maestro inglés, es “Estampas de Italia”, texto en base a sus andanzas de su viaje por Italia en 1844. El libro ha costado una pequeña fortuna pero vale la pena, es editado por la española Nórdica Libros. Dickens y en la cumbre de su fama, era amado por todo mundo quienes leían sus historias por entregas lo mismo en revistas o periódicos. 
 
Lo anterior hizo, creó, sembró una semilla o vínculo poderoso entre los lectores y el escritor el cual practicaba un oficio hoy en el olvido: la taquigrafía. Dickens usted lo sabe, fue periodista y cronista parlamentario y de allí, a la fama mundial por sus historias donde bulle la condición humana. 
En estas fechas me entrego a leer y releer, ver una y otra vez en mi televisor las diversas películas y variantes las cuales tienen un leit motiv: el famoso texto ‘El Cuento de Navidad’
Esquina-bajan
Tengo una fotografía de mi admirado y amado Charles Dickens. En esta se ve inclinado sobre su mesa de trabajo, empuñando pluma de ganso y pocillo de tinta donde abreva su pluma para redactar las historias las cuales habita nuestro alfabeto. Perfectamente bien vestido y acicalado, con una chaqueta y corbata de lujo, su barba en punta y su concentración de leopardo al acecho de su presa: la página en blanco. Hoy, oficios tan nobles y pulcros como la taquigrafía y la mecanografía, son despreciables a ojos de los jóvenes los cuales han perdido el uso de las manos y su coordinación motriz enviada desde el cerebro. No más. 
 
Yo aprendí taquigrafía (la cual con el paso del tiempo, apenas recuerdo en la punta de mis dedos) y mecanografía (la cual puedo escribir hoy con ojos cerrados y con los diez dedos) en una oscura y descastada Academia Comercial de nombre olvidable, en el centro. Me daban otras materias junto con las dos anteriores, por las cuales realmente fui. Creo recordar, redacción y ortografía, contabilidad rudimentaria y otras ya materias muertas. No me gradué. Nunca me han interesado los títulos, será por ello no tengo ninguno colgado en las lustrosas paredes de mi residencia. Pues sí, como Dickens, el cual trabajó de ayudante de zapatero. En mis mocedades fui ayudante de mecánico (con mi hermano Alberto Cedillo), ayudante de hojalatería y pintura (con los maestros Pedro y Vicente Esquivel). Ya luego, la vida me llevó por este único derrotero el cual vengo transitado de lustros a hoy: escritor. 
 
El ábaco del comerciante nunca se me dio. Tal vez por eso me hiere, me conduele la vida del señor Ebenezer Scrooge, ese anciano lánguido y tacaño, pero entrañable; el cual en su estancia sólo tiene una escudilla disponible y por alimento, vierte en su tazón gachas, siempre gachas, una “comida” tan sencilla y demacrada como él mismo. Luego vendrán los fantasmas de las navidades a visitar al viejo millonario y gruñón y al visitarlo y enseñarle otro mundo, le cambiará la vida. Y estas Navidades, lector, es decir mañana 24 de diciembre y como siempre desde hace 18 años, no espero a un fantasma (ni del pasado ni del futuro), espero a un hombre de su siglo, aquí y ahora, un hermano el cual tiene linfa, tendones, inteligencia y bondad como blasones señeros. Mañana y como es cábala desde hace 18 años, espero en la cafetería de siempre, el abrazo fraterno de Víctor S. Peña…
 
Letras minúsculas
Pago sin ver y no tengo duda alguna, don Víctor llegará. Buenas navidades señor lector.