Hace algunos meses cumplí años. Febrero no ha cambiado jamás en el calendario y sigue antecediendo a mi aniversario. Fue el 1 de marzo. Cumplí 54 años para ser exactos. Le dije entonces a mis amigos y familiares de un axioma, una muletilla recurrente: estoy viejo. Benévolos, me dijeron, no. Les digo: me siento viejo y un tanto cansado y, paradójicamente, con bríos juveniles para acometer algunos proyectos, pero sólo algunos proyectos. Y éstos (amigos y familiares) me dijeron y desearon vivir muchos años más y dicen que cumpliré con dichos proyectos pospuestos eternamente; yo les digo “no sé” y al final de cuentas les vuelvo a decir: estoy viejo, pero no sé tampoco cuándo llegará mi final. E insisto, ya para terminar esta noción de tiempo en la cual me mantengo desde hace años: estoy viejo.

Hace algunos años, todo mundo lo sabe, murió el espléndido músico y compositor de música clásica y jazz, el maestro Eugenio Toussaint. Preso de una emparrada depresión –la cual no le dejó hueso sano– y medicado todo el tiempo para engatusar a la maldita melancolía, el maestro Toussaint se atiborró todos los antidepresivos a él recetados y se suicidó. Se unió a la eternidad. ¿Cuánto años tenía el compositor de la pieza “Popol Vuh”? 56 años.

Don Armando Castilla –hombre visionario y de empresa, generoso a manos llenas y fundador de esta casa editora– murió de 57 años. Y hoy rueda rodando y leyendo un libro espléndido del austriaco Thomas Bernhard, “Mis Premios”. Voy encontrando a otro miembro del club: Bernhard murió a los 59 años de edad. Es decir, en ese rango el cual se caracteriza por la madurez, la amplitud de miras y una sosegada creación empresarial, artística, personal y de toda índole.

Cincuenta y tantos años, el mediodía de la vida, como don Miguel de Cervantes cuando escribió “Don Quijote de la Mancha”, y pues sí, al flaco hidalgo le puso esta edad en su portentosa novela. Estoy viejo, sólo eso y no tengo ni una pizca de talento como los escritores aquí nombrados. Inconforme, iconoclasta, retador, escritor pesimista sobre el género humano en general y un crítico feroz y despiadado sobre la vida social, política y cultural de su tiempo, Thomas Bernhard (1931-1989) en “Mis Premios” lleva a niveles de delirio su posición combativa y su ácido humor corrosivo, los cuales le valieron el elogio, pero más los vituperios. Con su país, Austria, el dramaturgo y narrador mantuvo siempre una relación de amor-odio, situación desbastadora. Al fallecer en febrero de 1989 (de una larga y penosa enfermedad) y al abrir su testamento, Thomas Bernhard dejó expresa una voluntad, la cual sigue pesando como fardo en su país: prohibió durante la vigencia de sus derechos de autor (70 años) lo siguiente: en Austria no se puede representar, publicar o imprimir ninguna de sus obras. ¡Uf!

ESQUINA-BAJAN

¿Rudo verdad? Avanzamos. A petición expresa del mismo escritor y sólo días antes de morir, dejó también la siguiente orden: no habrá nunca en su tumba en Viena inscripción alguna en su lápida. Es decir, es una tumba sin nombre. La sombra de sí mismo perpetua. Bernhard estaría escupiendo ácido en esta vida despersonalizada de Internet y de nulo valor civil para el combate. Vida apasionante, vida al límite la de este escritor siempre triste, siempre amargado, pero ahíto de talento y buena prosa. Yo, como Thomas Bernhard, soy un nihilista obcecado, el problema es lo siguiente, lo cual repito: no tengo ni un ápice de talento como el autor de “Trastorno.” Tengo 54 años, sólo cinco menos de Bernhard cuando éste murió. Y sólo estoy viejo.

Aunque he leído poco de Bernhard, lo poco leído –donde al final de cuentas se refleja el ser humano auténtico: en su literatura, en su pensamiento– resume ese estado de abandono, de catastrofismo bien medido y pensado; ése estado perpetuo de pesimismo sobre el género humano. También, asoma ese sentimiento autodestructivo, lacónico y melancólico, el cual rodea y es común desgraciadamente en los creadores. Su obsesión por la muerte campea en toda su obra. Es un jinete apocalíptico, puntual y letal. En el volumen “Mis Premios”, editado para el sello de Alianza Editorial, cuando el desencantado escritor asiste a la ceremonia de premiación del Premio Büchner y al compartir éste el pan y la sal en una hostería para celebrar el galardón, otro escritor merecedor del premio, pero en la categoría de prosa científica, le espeta a Thomas Bernhard: “…por qué los escritores lo ven todo siempre con tanto desagrado”.

Es el propio escritor quien lo resume afiebradamente en el mismo libro, justo en sus palabras cuando recibe el “Premio Nacional Austriaco”. El autor de “Helada” escribe: “No tenemos que avergonzarnos, pero no somos ni merecemos más que el caos”. Merecemos el “caos”, afirma Bernhard. Para éste, el Estado es una creación “constantemente condenada al fracaso.” ¿El pueblo?, “una creación ininterrumpidamente condenada a la infamia y la debilidad mental”. Con el austriaco nunca hubo ocasión de medias tintas o paños tibios. Su posición fue vertical hasta el día de su muerte y aun después de ella. Su relación amor-odio con Austria lo orilló a prohibir durante la vigencia de sus derechos de autor después de muerto (setenta años), toda edición, representación o publicación impresa de su obra en su patria. Por lustros, las autoridades de cultura y medios de comunicación le persiguieron con campañas de aniquilación y violencia en su contra. Cuando recibía algún premio literario, Bernhard no perdía la oportunidad de criticar todo lo criticable del sistema político y cultural en turno.

LETRAS MINÚSCULAS

No se pierda la siguiente entrega / tertulia de Café Montaigne, continuaremos con el único y amargado Thomas Bernhard.