Protocolaria, solemne, casi hasta tradicional, en la ceremonia de ayer Andrés Manuel López Obrador asumió plenamente la titularidad del Poder Ejecutivo federal y con ello su mayor responsabilidad frente a la Nación, ante los ciudadanos y con los poderes constituidos.

Su toma de protesta significa para millones de mexicanos la renovación de la esperanza democrática. Expectativas semejantes experimentó México cuando en el año 2000 Vicente Fox fue el primer candidato opositor en derrotar en las urnas al PRI luego de más de 70 años en el poder.

Sin embargo, aunque contundente e innegable, el triunfo del panista no fue tan aplastante como el que López Obrador y su partido, Morena, consiguieron, además de gubernaturas y alcaldías.

Con más de la mitad de los asientos en las Cámaras de Diputados y Senadores, el Presidente número 64 en la historia de México destacó él mismo que no existen pretextos para incumplir las promesas que llevaron a 30 millones de electores a votar por él. 

En una nación con abismales divisiones en lo económico, político, social, cultural y hasta racial, parece haber una coincidencia mayoritaria de que México necesita una refundación: muchos observadores ven inevitable la recomposición de grupos y élites.

Las esperanzas de cambio son enormes y más después de que el propio AMLO eleva al nivel de la Independencia, la Reforma y la Revolución a su flamante administración a la que llama “Cuarta Transformación”.

En su toma de posesión, el primer Presidente de la República originario de Tabasco, delineó las líneas maestras del primer sexenio surgido de la izquierda: concretar cambios profundos, garantizar la libertad empresarial, de expresión, de asociación y de creencias, pero se dará preferencia a los más humildes, de manera especial, a los grupos indígenas.

Al hablar de los dineros públicos, López se comprometió, por un lado, a combatir a la indignante corrupción y la impunidad y, por el otro, a respetar la autonomía del Banco de México, además de privilegiar la administración fiscal y financiera.

No obstante, la profundidad de los cambios que llegan con el gobierno lopezobradorista no apuntan a un presidencialismo más acotado que el ejercido en México hasta ahora; al contrario, el poder se concentrará en mayor medida en la persona del Ejecutivo federal.

“Son las prioridades del Presidente lo que deja la marca del sexenio: el Presidente como persona, el Presidente como cabeza de un grupo, el Presidente como representante de una idea de gobierno”, destacó el historiador Lorenzo Meyer.

Sea como sea, este 1 de diciembre inició una nueva era en la historia de México, que tanto debe a la mitad de su población. Que así sea.