Asumámoslo. Está en su esencia joder a México y a los mexicanos. Seguirán haciéndolo porque se benefician ellos y sus círculos. La opción es cambiar las reglas del régimen. ¿Es posible?

Un sistema político transforma sus engranajes cuando: 1) el entorno internacional es favorable; 2) se debilita el bloque gobernante y, 3) se conforma una nueva coalición que usualmente mezcla actores pretéritos y actuales. Lo externo favorece al cambio; sólo me centraré en las variables 2 y 3. Para conjurar el fatalismo y la pasividad y acelerar la metamorfosis relativicemos a 2018 y revaloremos la participación de la sociedad. 

Las elecciones carecen de la centralidad que alguna vez tuvieron. El Estado es enclenque, el poder político fragmentado y las élites atrincheradas para defender los nombramientos de cómplices o títeres. Si en Jalisco tienen a un asesino como Presidente del Supremo Tribunal de Justicia, si el Presidente nombra a un personaje sin experiencia como Procurador General de la República y si el Senado selecciona a siete vasallos como magistrados del Tribunal Electoral, ¿qué podemos esperar de los miles de candidatos que nos impondrán en 2018? Será un certamen de dispendios con los que disimularán la grisura de los historiales y la mediocridad de las propuestas. 

Hay excepciones porque, afortunadamente, algunos políticos son diferentes. Un puñado se distingue por querer cambiar algunos aspectos del orden establecido. Morena tiene a quien encabeza las intenciones de voto, pero Andrés Manuel López Obrador es impredecible, salvo en su honestidad personal y en lo inquebrantable de su voluntad. Si llega a Los Pinos, intentará imponer cambios profundos pero es ambiguo el método que seguirá y la viabilidad o consecuencias que tendrá. 

Otros ensayan formas diferentes de gobernar. Como ejemplo, dos experimentos particularmente interesantes. En Jalisco, Movimiento Ciudadano crea un enclave y busca distinguirse por medio del grupo encabezado por Enrique Alfaro. En Chihuahua, Javier Corral intenta gobernar de manera diferente pese a la enormidad de los obstáculos. Estas excepciones no modifican la debilidad sistémica de las instituciones del Estado y la insuficiencia de la presión social. 

La sociedad mexicana está lastrada por la distancia entre conciencia y organización. El 80 por ciento de los ciudadanos estamos insatisfechos y tenemos conciencia de nuestros derechos, pero sólo 20 por ciento nos hemos organizado para protegerlos (los porcentajes varían dependiendo de la entidad y la ciudad).

Los partidos han hecho todo lo posible para desmovilizar a la sociedad y ahuyentarla de los asuntos públicos. Pese a ello, el País hierve de iniciativas que buscan llenar los vacíos dejados por el Estado. Los organismos de la sociedad civil siguen fragmentados pero van renovándose, los empresarios se movilizan y proponen como nunca antes, los zapatistas se preparan para una nueva incursión en la política nacional, mientras los universitarios de diversas entidades se movilizan. 

¿Se unirán en algún momento futuro estas expresiones sociales tras una agenda mínima de cambio de régimen? ¿La sociedad insatisfecha logrará llegar a acuerdos con los políticos innovadores? ¿Se aprovecharán del contexto internacional favorable a las transformaciones? Es imposible hacer pronósticos precisos.

Las ciencias sociales no dan para tanto. Los indicadores sí permiten identificar tendencias y resulta posible constatar el agotamiento de la mayor parte de las élites políticas y la enjundia con la cual diversos grupos sociales están buscando maneras de canalizar sus demandas. 

El bosquejo anterior sustenta la hipótesis que propuse inicialmente: relativicemos a 2018 y revaloremos el papel de la sociedad mientras damos las batallas en las trincheras más cercanas. Evitemos el cinismo. Sí importa que nos defendamos –con palabras y acciones– frente a quienes viven para joder a México y sus habitantes. En la capital, por ejemplo, el Constituyente está sirviendo como una cortina de humo que encubre la especulación urbanística desenfrenada. La última de Miguel Ángel Mancera es su intención de entregar a desarrolladores ¡10.5 hectáreas de la 3a Sección del Bosque de Chapultepec! Frenémoslo mientras cambiamos de régimen. 
   
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Colaboró Zyanya Valeria Hernández Almaguer