El 18 de marzo se estrenó en diversas plataformas digitales el llamado ‘Snyder Cut’ de “Liga de la Justicia”, que es una reedición ampliada de la película de 2017 basada en los personajes de DC Comics.

Si su madurez supera los 13 años o no es así, pero ya tiene más de 60 de edad y no sabe de qué estoy hablando, le explico brevemente:

El cine, como la industria de arte-entretenimiento con que nos cultivamos durante décadas, murió hace relativamente poco, en buena medida gracias a la irrupción del género de súper héroes.

Hasta el siglo pasado, presentar la epopeya de un paladín en mallas de una forma más o menos verosímil constituía un logro fílmico, casi un milagro de la industria, en el que los grandes estudios se jugaban la suerte y el futuro (los ejemplos por antonomasia son “Superman The Movie”, Donner, 1978 y “Batman”, Burton, 1989).

Pero con la revolución de los efectos digitales, la visualización de las pesadillas más delirantes se abarató de manera considerable y si antes se requería de efectos prácticos, dobles de riesgo, extras, especialistas en explosiones y costosísimas locaciones, ahora todo lo resuelve un cerebrito en una computadora.

Ser un realizador ya no requiere de una visión forjada en las bellas artes; se reduce todo a ser un capataz en una línea de producción.

Resuelto el aspecto técnico, los estudios necesitaban historias y consideraron por un tiempo adquirir o rentar los derechos de algunos de los personajes mejor posicionados, los de las compañías líderes y las únicas por cierto que pueden legalmente hacer usufructo del término “superhero” (historia real). Nos referimos, obvio, a Marvel y DC.

Pero las productoras involucradas en esto, Disney y Warner, se dijeron: “No vamos a estarles comprando historias a esos comiqueros cada vez que nos quedemos sin ideas… ¡Cómprate de una buena vez todos los derechos sobre sus personajes, nombres, logos y lo que haga falta… y de allí pasas por sushi porque ya hace hambre!”.

Y así, desde hace más de una década la industria hollywoodense se sostiene de películas que son pirotecnia visual, pero tienen menos profundidad que el chapoteadero del parque acuático de Villa Petiza.

Un día, llegó un señor llamado Christopher Nolan y dijo: “Voy a hacer una peli de Batman híper violenta, sin chistes y muy oscura, visual y narrativamente, para que todos los ‘pelados labregones’ dejen de experimentar culpa por consumir contenidos para chamacos y crean que ya ven cine serio y adulto”. Y así realizó la trilogía de “El Caballero de la Noche”, que pese al título no es con Alfonso Zayas, ni “El Caballo” Rojas o Lalo “El Mimo”.

Allí se escindió el estilo de ambas compañías: Mientras Marvel hace comedias de aventura de corte familiar, con personajes carismáticos y finales felices; DC insiste en darle un tratamiento de suma gravedad a todo su universo fílmico y sus héroes en vez de inspirar, inducen a una depresión y/o crisis existencial. Resultado de lo anterior, Marvel avasalló en taquillas, mientras que DC no deja de dar tropezones, aunque su base de fans aduce que es por tratarse de “cine serio” que no resulta tan popular y acusan a sus opositores de infantiloides, para luego pedir a gritos que les cambien el pañal.

Buscando replicar el éxito de “Avengers”, la compañía DC designó al mediocre realizador Zack Snyder quien, en la escuela de Nolan, entregó dos películas de hueva de las que se rio todo aquel que no se quedó dormido: “Hombre de Acero” y “Batman v. Superman”. Y ya estaba trabajando en la tercera entrega, “Liga de la Justicia”, pero una tragedia familiar lo obligó a abandonar el proyecto a medias, así que para terminarlo trajeron a otro director en la misma línea (Josh Whedon), quien hizo lo que pudo con lo que tenía, pero a esas alturas la franquicia ya era insalvable.

Yo se lo juro: Vi “Liga de la Justicia” en un vuelo para ver si me ayudaba a conciliar el sueño y de lo que me dieron ganas fue de saltar del avión.

Luego de este tercer fracaso, Snyder tuvo la ocurrencia de decir que el proyecto, hasta donde él lo dejó, iba pintando de maravilla y que Whedon y los ejecutivos traicionaron su visión artística, lo que despertó un movimiento en redes de sus fans (que increíblemente, los tiene), bajo la consigna #ReleaseSnyderCut (“liberen el corte de Snyder”).

Los Snyder-Believers son peor de intransigentes y violentos que los chairos; soportan las críticas con menos gracia y madurez que aquellos las diatribas contra AMLO, y a pulso se ganaron una pésima reputación.

Warner-DC en realidad no quería saber ya nada de la saga de bodrios de Snyder pero le autorizó un presupuesto para que concluyera su versión y hace unos días, con motivo de su estreno, se volvió tendencia y es que generó en los fanáticos una falsa sensación de que influyeron en la toma de decisión del corporativo que posee los derechos de sus amados personajes. Pero la realidad es que debido a la pandemia no tenían nada qué estrenar y cada minuto que pasa sin que les saquen un millón de dólares a esos personajes representa pérdidas para ellos.

El corte de Snyder, ya le digo, es la versión extendida de la del 2017, dura algo así como cuatro horas, aunque se calcula que sin las secuencias en cámara lenta no superaría los 45 minutos (algo así como las mañaneras). Pero no corrige todos los fallos que trae esta saga de origen y pese a todo el revuelo que levantó, pone punto final a un proyecto que nunca tuvo rumbo. 

Ahora, creo que por el título de esta columna, estábamos obligados a hablar de las campañas electorales de este año que recién inician, pero… ¡No me diga que está ansioso o ansiosa por atiborrarse una vez más de basura electorera! 

¡No, qué flojera! Cualquier tema era por el momento de mayor importancia. Las campañas además duran un chingo. Ya habrá tiempo de sobra para ocuparnos de esa monserga. No coma ansias.

Mientras tanto, ocupe el tiempo en algo de provecho… no sé… ponga a cocer menudo o aprenda a poner uñas de acrílico, pero evite el Snyder Cut, que es sólo para amantes del género… o de Snyder. ¡Yo de cualquier manera, paso!