Pensar en democracia es pensar en inclusión, respeto, tolerancia, diálogo y participación, lo demás desdice que la persona o los grupos de referencia realmente puedan determinarse como “democráticos”. Lo digo porque a unos días de haber comenzado las campañas electorales, otra vez vuelve la violencia, pero ahora electoral. ¿Falta de imaginación?, ¿falta de creatividad? O de plano, ¿es la naturaleza de quienes participan en la política profesional?

Pensar que las propuestas de los grupos a los que pertenecen –como hoy lo vemos en la publicidad que nos chutaremos en los tres meses restantes– son las únicas, las más viables, las más válidas o las que deben escucharse es una falacia enorme que muchos militantes se han creído. Probablemente no entienden o no les importa en lo más mínimo enturbiar y enrarecer los ambientes. Insinuar, denostar, engañar, acusar y evidenciar al otro y al grupo al que pertenece vuelve a ser moda. El fin no justifica los medios.

Los partidos, todos sin excepción, volvieron a la carga ensuciando el ambiente, queriendo capturarnos como si fuésemos menores de edad o con tan poca memoria histórica, como para creer que nos olvidamos de sus truculencias que nos tienen postrados ante la pobreza generalizada, la desigualdad galopante, la corrupción y la impunidad que con base en alianzas y amenazas los siguen manteniendo vigentes.

Se requiere de más propuestas y menos denostaciones. Es una verdadera vergüenza y fastidio lo que nos bombardean por estos días en los medios, creyendo que somos tontos o amnésicos. No nos merecemos campañas como las que estamos observando. Siguen en un plano muy básico, donde recurren a la violencia verbal y epistemológica para evidenciar el nivel de irracionalidad en la que sus asesores y líderes de partidos se encuentran, por no revisar los contenidos publicitarios que mandan a los votantes. Siguen jugando con el pueblo.

No se equivoquen, la democracia es consenso, negociación, cultura de paz, exposición de ideas que nos hagan caer en la cuenta de la importancia de cómo los diversos podemos vivir juntos. Por tanto, se requieren propuestas razonables, incluyentes e innovadoras donde prevalezca el interés que se tiene por cambiar el rumbo de la sociedad y que se deje a un lado el interés personal.

De escándalos, de descalificaciones y de denostaciones ya hemos tenido suficiente en elecciones anteriores. Con esto sólo muestran lo ruin, rastreros y mercantilistas que son. Basta de lucrar con la necesidad y la ignorancia, que por omisión muchos ciudadanos tienen. Requerimos ideas, propuestas, proyectos, programas que dejen en claro a dónde quieren llevar a la sociedad en caso de que ganen las elecciones.

Falacias ad hominem van y vienen. No pueden seguir los partidos basando sus campañas en el odio y en la guerra sucia. No infravaloren nuestra inteligencia y díganos con puntos, pelos y señales cómo van a revertir los rezagos que, por cierto, dejaron miembros de sus mismos partidos.

Podrán ofrecer propuestas para beneficiar a las familias, para bajar el precio o mejorar el transporte, para reducir la inseguridad, para sacar adelante a los jóvenes en materia educativa, para beneficiar a los adultos mayores, para activar el deporte, para tener más empleos, para beneficios de los grupos vulnerables, para las personas en el campo, para combatir la corrupción y la impunidad, sí pero también díganos cómo le van a hacer.

Las propuestas son la parte pública a la que se comprometen los candidatos, lo que técnicamente conocemos como agenda pública; y tienen que ver con el tema de la justicia que anhelamos, del profesionalismo que esperamos que tengan quienes resulten triunfadores y de la solidaridad que implementen en sus políticas públicas buscando igualar a los desiguales. Y aunque en México el prometer no empobrece, deben de entender que muchos ciudadanos ya no nos chupamos el dedo, y la prueba la tuvimos en 2018.

¿Qué nos queda a los ciudadanos? Averiguar acerca de quienes piden nuestro voto. Porque a pesar de los reclamos, que muchos hacemos, intentarán engañarnos a partir de publicidad engañosa, donde ignoran que si sus campañas publicitarias denuestan y ensucian al de enfrente, quien quiera que este sea, están muy lejos de lo que implica la tolerancia, el respeto y el diálogo, es decir, de la democracia.

Hay una carretera de la información de la que hoy difícilmente alguien se puede evadir. Busquen notas sobre ellos, de lo que sus partidos políticos en los últimos tres años han realizado. De cómo han actuado ellos y los miembros más representativos de los partidos, en fin, sobre el comportamiento de las organizaciones. ¿Qué prometieron y qué lograron? ¿Qué hicieron bien y qué hicieron mal? ¿Qué principios y qué acciones personales, con efectos en el ámbito de lo público, los han caracterizado? ¿Cuál es su pensamiento y cuál es su conducta? ¿Dónde muestran valores democráticos y dónde revelan carencia de espíritu cívico? Hurguemos, averigüemos y analicemos para que no nos sigan tomando el pelo con esas campañas que dan pena. Así las cosas.