En estos días de forzado encierro volví a ver una película excelente que se llama “Trece Días”. Narra la tensa situación que vivió el mundo en octubre de 1962, cuando un avión de espionaje de Estados Unidos descubrió que los soviéticos estaban instalando en Cuba cohetes atómicos.

Recuerdo bien aquellos días. Tengo presente en la memoria –tenaz elefanta sin descanso– que estaba yo en un restorán de la calle de Allende, entre Aldama y Ocampo, restorán cuya especialidad era el cabrito, cuando se oyó en el radio la noticia de que barcos soviéticos se dirigían a Cuba con un cargamento de misiles, y que estaban a punto de ser interceptados por navíos norteamericanos. De ese encuentro, decía con angustiada voz el locutor, podía surgir la Tercera Guerra Mundial.

Desde luego eso no obstó para que yo dejara de comer la riñonada que tenía ante mí. Seguí el ejemplo de Pascal. Se hallaba este filósofo jugando una partida de ajedrez, y su compañero le preguntó de pronto:

-¿Qué harías si en este momento nos anunciara Dios que se iba a acabar el mundo?

Imperturbable respondió Pascal:

-Seguiría jugando la partida.

Yo terminé mi riñonada con la misma calma del notable pensador francés, y luego me dirigí a “El Sol del Norte”, el periódico donde trabajaba como reportero. Pensé que si caía una bomba atómica en Saltillo, y en ese instante estaba yo escribiendo, mi prematura muerte sería considerada accidente de trabajo, y mis deudos recibirían la correspondiente indemnización, que en eufemismo laboral se llama “pago de marcha”. Pero luego, en el camino, me vino a la mente el pensamiento de que si la tal bomba caía no quedaría deudo alguno, ni deuda, y entonces mejor me fui al Élite a esperar nuevas noticias frente a un café.

No cayó la bomba, afortunadamente. Siguió la vida y hubo más riñonadas y cafés, y ojalá muchas y muchos queden todavía. Pero conservo el recuerdo de aquellos días en que pensamos que se podía acabar el mundo.

¿Por qué no se acabó? La versión oficial, americana, es que el valor y determinación del presidente Kennedy obligaron a los soviéticos a devolver sus barcos y a desmantelar sus instalaciones atómicas en Cuba. La película que digo nos enseña que la cosa no fue así. Hubo una negociación secreta, secretísima, en la sede de la embajada de la URSS, en Washington. Ahí Bob Kennedy se comprometió en nombre y representación de su hermano, el Presidente, a retirar los cohetes que Estados Unidos tenía en Turquía, muy cerca de la Unión Soviética. A cambio de eso los rusos se obligaban a quitar los cohetes que habían puesto en Cuba, muy cerca de Estados Unidos, y los barcos que llevaban más armamento a la Isla meterían reversa. La cuestión, entonces, no se arregló con valor y determinación, sino –como muchas cosas– dando y dando.

Extraña cosa es ésta: antes la Historia la contaban los historiadores; ahora la narran los cineastas, como vemos en las series de Netflix. En última instancia, sin embargo, lo que importa es la pequeña historia, la de cada quién. La crisis de los cohetes cubanos fue, como dije, en octubre de 1962. Un mes después, en noviembre de ese año, yo conocí a la mujer amada, y con ella empecé a vivir la vida por encima de rusos y norteamericanos. No se acabó el mundo. Comenzó.

Armando Fuentes Aguirre 'Catón'

Columna: Presente lo tengo yo