Los señalamientos del hoy extitular de Hacienda constituyen críticas puntuales a la forma en la cual está siendo conducido el barco nacional en estos momentos

La pregunta que da título al presente texto casi se responde por sí sola a partir del hecho concreto que cualquiera puede visualizar sin necesidad de guía alguna: la noticia de ayer –por más que hubo varias relevantes que consignar– fue la renuncia del titular de la Secretaría de Hacienda.

¿Y por qué todo mundo dedica amplios espacios no sólo a dar cuenta del hecho sino, sobre todo, a analizar la relevancia y repercusiones del mismo? En primer lugar, porque las responsabilidades de alguien que tiene a su cargo la cartera hacendaria de un País son graves y, por ende, las decisiones que toma –incluso las personales– pueden repercutir en la buena marcha de la economía. 

En segundo lugar, porque en el caso que nos ocupa la renuncia fue acompañada de una carta que, pese a su brevedad, evidencia una discrepancia grave en los criterios con los cuales pretende conducirse la hacienda pública de México y eso nos importa a todos.

Finalmente, el hecho se vuelve relevante porque, a juzgar por la forma en la cual reaccionó el Presidente de la República, pareciera que no le ha dado la importancia que merece.

Hacer los señalamientos anteriores resulta relevante porque eso sirve para dejar claro que nadie está intentando sobredimensionar la renuncia de Carlos Urzúa a la titularidad de la SHCP, o “celebrando” el hecho como si de una victoria política se tratara. O al menos nadie sensato debería hacerlo, porque de lo que se trata no es de que le vaya mal al País.

Lo que resulta ineludible, sin embargo, es leer el texto de la misiva de renuncia de Urzúa y notar cómo en ella se realizan señalamientos puntuales que merecen análisis externo, pero también respuestas desde dentro del Gobierno. Y lo segundo es aún más importante porque los señalamientos del hoy extitular de Hacienda constituyen críticas puntuales a la forma en la cual está siendo conducido el barco nacional en estos momentos.

Por ello mismo, frente a la renuncia no sólo es importante que el Presidente de la República salga con rapidez a designar un sustituto o que se limite a decirnos que el extitular de Hacienda “no entendió” el rumbo que pretende dársele ahora al País.

Porque lo de Urzúa no es una discrepancia cualquiera, sino la de quien tenía a su cargo las decisiones que implicaban hacer compatibles ese “nuevo rumbo” que se pretende tomar, y la realidad económica de México. Y su renuncia lo que hace es señalar la incompatibilidad entre una cosa y otra.

Tener claro esto es relevante porque no se trata de asumir la lectura fácil del tema, es decir, aquella que a partir de conveniencias políticas o ideológicas sirve para decir que el Gobierno de la República “hace agua”, sino de entender que la incompatibilidad entre el rumbo que el presidente López Obrador pretende seguir y la realidad económica del País tiene implicaciones relevantes para todos.

Cabría esperar, en este sentido, que la discusión de los próximos días se concentre en este análisis y no en las superficialidades de quienes están pensando en la próxima elección y no en la próxima generación.