El general Álvaro Obregón escribió una carta a su hijo Humberto el día que éste cumplió 21 años. Fechada en Cajeme, Sonora, el 27 de junio de 1928, la carta dice entre otras cosas:

“... Mi querido hijo Humberto: este día reviste gran trascendencia en tu vida, porque él marca la fecha en que llegas a la mayoría de edad.

Hoy asumes el honroso título de ciudadano y te substraes de la patria potestad que a tu padre ponía en posesión de la dirección de tus actos. He querido, con motivo de esta fecha, darte algunos consejos derivados de mi experiencia y del conocimiento del corazón humano que la intensidad de mi vida me ha permitido adquirir. No pretendo caer en el error, tan común en los padres, de querer trasmitir su propia experiencia a los hijos. Si la juventud es tan hermosa lo es precisamente porque carece de experiencia. Ésta no es sino la suma de rectificaciones que con el paso del tiempo vamos haciendo al concepto que de la vida nos formamos en tiempos de la juventud.

“Tú perteneces a esa familia de ineptos que integran, con muy raras excepciones, los hijos de personas que han alcanzado posiciones más o menos elevadas, que se acostumbran desde su niñez a tener cosas que los demás niños no tienen, que viven en un mundo que les ofrece todo sin exigirles nada, y que van por esto perdiendo la noción de las grandes verdades de la vida.

“Los que así nacen y crecen están condenados a mirar siempre hacia abajo, pues todo les parece inferior al plano en que ellos se encuentran. En cambio los que descienden de las clases humildes y se desarrollan en un ambiente de modestia están destinados, felizmente, a mirar siempre hacia arriba. Así, fortalecen su carácter y apuran su ingenio para seguir una trayectoria siempre ascendente.

“Otro factor negativo para los que nacen al amparo de posiciones ventajosas es que no deben esforzarse para ganar la vida. El tiempo que les sobra los aleja de la virtud y los acerca al vicio. Todos los padres recomiendan a sus hijos huir de los vicios. Yo he creído siempre que existe un solo vicio que se llama ‘exceso’. Conozco personas que de la virtud hacen un vicio, pues se han excedido al practicarla. Procura siempre no incurrir en ningún exceso, y nadie podrá decir que tengas un solo vicio.

“El objetivo de todo hombre que se inicia en la lucha por la vida debe encaminarse a obtener todo aquello que le es indispensable. Eso será relativamente fácil para un hombre honesto que no practique ningún exceso. Pero si se incurre en el error de caer bajo la influencia de lo superfluo, todo trabajo y sacrificio resultarán estériles, porque lo superfluo es infinito. Lo superfluo es el más grande enemigo de la familia humana: a la vanidad se ha sacrificado mucho de la tranquilidad que disfrutarían los hombres si se alejaran de su imperio. Si tú logras constituir una excepción a eso que dije serás un privilegiado, y podrás crearte una personalidad propia cuyo mérito lograrás, sin esfuerzo, que todos reconozcan.

“Estos son los deseos de tu padre, y los serían de tu madre si a ella el destino no la hubiera privado de la infinita ventura que una madre debe experimentar cuando su hijo primogénito llega a la mayoría de edad sin haber dado a sus padres, como es el caso tuyo, un motivo de rubor o de pesar...”.

En estos tiempos de niños y niñas ricos que miran a los demás como “proles” o “nacos”, sería útil que los poderosos de la política y el dinero leyeran esta carta a sus hijos. Y que ellos la leyeran también si no es mucho pedir.