Corrían los años de 1920 cuando el pintor Rubén Herrera regresó a Saltillo después de su estancia en Europa, a donde fue a perfeccionar su arte. Venía acompañado de su esposa, una bella dama italiana, que, como él, también era pintora. Aquella exquisita mujer llevaba el apellido Scaccioni y, sin embargo, firmó siempre sus obras con el de su esposo: Dora Herrera. Magnífica retratista, manejaba la acuarela en forma inusitada, y su curiosidad le llevó a experimentar también en otros campos de las bellas artes. Su pluma encontró cauce a la expresión de sus sentimientos y algunos temas de su vida cotidiana: su hija, su barrio…

“La vieja casona” es un poema suyo: “El viejo caserón de los Sánchez Navarro/ ha perdido hace tiempo su aspecto señorial.../ Ni pájaros en jaula, ni macetas de barro/ alegran ya los pórticos del patio colonial.../ [ ] …Muy grande era la casa de los ricos hidalgos.../ Íntima y abierta al sol... En los patios había/ bullicio de criados y ladrería de galgos.../ adentro una penumbra como de sacristía.../ penumbra en que sangraban místicos Corazones/ de Jesús y brillaban discretos los brocados,/ que olían como a jazmín y nardos deshojados,/ saturada de paz, de incienso y de oraciones.../ El viejo caserón ya no reza ni sueña.../ Por el portón abierto de la Calle Real/ acoge la incolora multitud que es su dueña.../ El caserón es hoy Casa Municipal...”.

Los Sánchez Navarro, grandes terratenientes coahuilenses en los siglos XVIII y XIX, asentaron su residencia en una recia casona con frente a la antigua Calle Real, hoy de Hidalgo, en Saltillo. 

Aquella propiedad se extendía hasta la calle de Bravo, en donde se encontraban las caballerizas y probablemente la huerta, corrales y cuartos de servicio. No se conoce a detalle la historia completa de esta casa, pero cuando doña Dora escribe su poema, en 1925, era sede de la Presidencia Municipal; y la cárcel preventiva y las oficinas de la policía y la procuraduría ocupaban la parte trasera, con entrada por la calle de Bravo. La casa de la familia Herrera se ubicaba precisamente en esa calle, bajando Aldama, casi a espaldas de la casa Sánchez Navarro, de modo que día y noche la pintora podía ver el tráfago provocado por la policía y los detenidos, y el diario trajín de burócratas y de quienes tramitaban algo en las oficinas de la autoridad local.

La casa Sánchez Navarro es una de las más antiguas que se conservan todavía en pie en la ciudad. En algún tiempo fue Seminario de la diócesis de Saltillo y después de ser sede de la Presidencia Municipal, alojó a la Secretaría de Educación Pública de Coahuila. Dicha Secretaría y el Gobierno del Estado la restauraron totalmente en 1999 y le dieron un magnífico destino, restituyéndole su dignidad de casa señorial para alojar al Centro Cultural Vito Alessio Robles. Las que fueran las habitaciones de la familia Sánchez Navarro, volvieron a respirar aires de gozo, de tranquilidad y de sosiego: de un lado la rica Biblioteca ofrece un ambiente sobrio y silencioso, propicio a la investigación, al estudio y a la producción intelectual; del otro, las galerías de exposiciones brindan un espacio agradable que invita a la contemplación y al goce estético; al centro, el patio colonial se viste de gala para recibir a la comunidad en las distintas manifestaciones del arte y la cultura, y exhibe cotidianamente la historia de la ciudad pintada en sus muros por Elena Huerta, artista saltillense.

Actualmente sometida a un proceso de restauración por el Gobierno del Estado, la casa volverá a su dimensión original, extendiendo el Centro Cultural sus instalaciones hasta la calle de Bravo. La maestra Dora Herrera se alegraría al ver que, dedicada a la difusión de la historia y las distintas manifestaciones del arte y la cultura, después de casi un siglo y medio, la casa recobra, por fin, su viejo señorío.