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El cineasta sueco, que fue reconocido en Sudamérica incluso antes que en Europa o Estados Unidos, escribió unos 60 filmes que lo catapultaron como uno de los directores clave de la segunda

Fueron cuatro premios Oscar los que ganó, en un periodo de 24 años, el cineasta Ingmar Bergman. Sin embargo, no solo fue alabado por la Academia, sino que críticos, cineastas y amantes del cine han aplaudido sus más de 55 producciones, con las cuales se convirtió en un genio del Séptimo Arte muy querido, y en uno de los mejores directores de la segunda  mitad del siglo 20. Hoy se cumple su  centenario de nacimiento, y en todo  el mundo se están organizando actividades
para celebrar su prolífica carrera. 

En México la cadena Cinemex ha preparado un ciclo de exhibición  de cintas como “Sonata de Otoño” (1978), “El Silencio” (1963), “La Hora del Lobo” (1968), “A través del Espejo” (1961) y “Fresas Salvajes” (1957),  que comienza este mes y termina en noviembre de este año. 

Ernst Ingmar Bergman nació en Upsala, Suecia, el 14 de julio de 1918.  La ciudad de Upsala es la cuarta más grande de Suecia, después de Estocolmo,
Gotemburgo y Malmö, Bergman es uno de sus personajes ilustres,  así como el astrónomo y físico Anders Celsius. El también guionista fue el segundo hijo de un pastor luterano, por lo que el mundo metafísico  de la religión influyó tanto en su niñez como en su adolescencia. El diario español El País describe el carácter
de Bergman como “exigente y torturado”, y asegura que el cineasta le tenía “pánico a la vida”. Precisamente, fue el propio Bergman el que dejó ver estas características de su existencia en sus diarios, los cuales  ven la luz en Suecia y España en estos días. 

“Cuando yo nací en el mes de julio de 1918 mi madre tenía la gripe,  mi estado general era malo y me hicieron un bautizo de urgencia en el hospital”, escribió en sus memorias. Y es en “Cuaderno de Trabajo”  (1955-1974), en donde se encuentran los volúmenes que nos dejan entrar a su vida y sus múltiples estados de
ánimo. Es en “Fresas Salvajes”, que el protagonista (Victor Sjöström) reflexiona  sobre la vida, la muerte y la existencia humana... La cinta está considerada como una de las más emocionales y optimistas del director sueco, quien tenía 37 años cuando filmó este proyecto.

Muchos creen que su película  más valorada es “Persona” (1966). Aquí, Elisabeth (Liv Ullman), una célebre actriz de teatro es hospitalizada tras perder la voz durante una representación de “Electra”. Luego de  ser sometida a una serie de pruebas, el diagnóstico es bueno. Como sigue sin hablar, la enfermera encargada
de cuidarla, Alma (Bibi Andersson),  intenta romper su mutismo hablándole sin parar.

La actriz noruega Liv Ullman, que en diciembre de este año cumple 80  años, dijo al periódico El Mundo que Bergman “era un maestro y un genio para contar historias, hacía películas que se entendían, sin necesidad de  que fuesen verbalizadas ni que fuesen intelectuales ni nada de eso. Llegaban al fondo más profundo de uno mismo, sus películas eran como pasar  un rato con tu mejor y más cercano amigo; él sabía cómo contar una historia de la forma que nadie lo había hecho hasta entonces”. 

Ullman fue pareja de Bergman, y aunque nunca se casaron tuvieron  una hija llamada Linn que nació en 1966. El día antes de morir, Ullman visitó a Bergman en la isla de Fårö (Suecia), en donde se recluyó los últimos  años de su vida. “Para aquella visita hice una cosa que solo he hecho una vez en mi vida: alquilar 
una avioneta privada. Allí estaba él, con las enfermeras que lo cuidaban.  Murió al día siguiente”, confesó. El director era 20 años mayor que ella, falleció el 30 de julio del 2007. 

ACLAMADO EN SUDAMÉRICA

Considerado por Woody Allen como el “mejor director” de la historia del  cine, Bergman comenzó a trabajar como guionista en 1941, pero obtuvo reconocimiento internacional unos diez años después en “países periféricos  de la industria cinematográfica”, por ejemplo en Río de la Plata y Brasil. Luego fue valorado en  Estados Unidos y Europa, pero Latinoamérica siguió y valoró su carrera entera. 

Con “El Séptimo Sello” y “Fresas Salvajes” se consagró. Ahí comenzó la mejor etapa del director, así como los reconocimientos y las premiaciones.
En 1960 recibió el Oscar en el rubro de Mejor Película de Habla No Inglesa por “El Manantial de la Doncella”, luego el año siguiente volvió a llevarse dicho galardón por “Como en un Espejo”. Y en 1983 se llevó a casa la codiciada estatuilla por “Fanny y Alexander”. Además del Premio en memoria de Irving Thalber
en 1971. 

 

Fue hasta 1997 que Cannes lo reconoció con la Palma de las Palmas, y a los BAFTA solo estuvo nominado en dos ocasiones, 1960 y 1984. Sobre su obra dijo alguna vez: “No quiero producir una obra de arte en la que el público pueda sentarse y succionar estéticamente… Quiero darles un golpe en la espina dorsal, quemar su indiferencia, sobresaltarlos hasta acabar con su autocomplacencia.”  Mientras que sobre sus demonios dijo: “Los demonios son innumerables,
llegan en los momentos más inapropiados y crean pánico y terror…  pero he aprendido que si puedo dominar las fuerzas negativas y atarlas a mi carro, entonces pueden trabajar a mi ventaja… Las azucenas frecuentemente crecen de los cadáveres”. 

El cineasta, que le tuvo miedo a la muerte, trabajó más de 40 años en  el teatro, debutó en 1944 y se retiró en el 2005, se casó cinco veces y tuvo nueve hijos. Sus películas contienen  narrativa visual “deliberadamente lenta”, mientras que sus personajes “arrastran un pesado lastre en sus mentes, en sus sentimientos”.