Especial

Abril del 2011. Primavera, noche fresca. La ventana de chat de Facebook abierta en una conversación con una joven que con música y palabras se había ganado mi corazón. Ella compartió conmigo un video de Youtube. Aludió a que su contenido era solo para mí; lo reproduje.

Se trataba de una interpretación del Café 1930, de Astor Piazzolla, parte de su suite L’Histoire du Tango, a cargo de Claudio Barile en la flauta transversal y al piano por Viviana Lazzarín. Escuchar esa versión en específico aún me remite al fresco de aquella noche, la nostalgia de su origen potenciada por los años y su relación con el concepto de amor, independiente a las intenciones de su autor, aún perdura en cierta manera.

Como creyente del destino —o de alguna fuerza de similares características— aseguro con total certeza que la música de Piazzolla llegó a mí en el momento indicado para quedarse por siempre. Luego de esa noche, curioso el adolescente —y hasta la fecha—, busqué más obras de ese autor, pero por mucho tiempo su Café mantuvo su preponderancia.

A esa edad conocía el tango popular, el clásico, el de Gardel, el que se baila en películas y caricaturas, con el hombre con una rosa entre los dientes guiando a la mujer por la duela con firmeza. Me agradaba, pero no me consideraba fan; el tango de Piazzolla llegó a cambiar eso.

Los grandes y verdaderos maestros son géneros en sí mismos. Su estilo reconocible al más mínimo detalle, sea este el color del que dota al bandoneón o al violín, o la cadencia del piano y el bajo cuando son acompañamiento. Y, como maestro, Piazzolla me ha enseñado bastante.

¿Quién imaginaría al muchacho que en sus ratos libres y de camino a la escuela escuchaba a Metallica, Avenged Sevenfold o Three Days Grace terminaría embelesado por el sonido del bandoneón y de la flauta? Gracias al metal y el rock ya conocía lo que era la distorsión en la música, y realmente es un sonido bastante fácil de aceptar cuando en su estructura permanece igual de clásico que lo demás, pero el argentino llegó con síncopas y disonancias, sacando de los instrumentos sonidos extraordinarios, y luego de un inicial rechazo ante lo que hizo en piezas como la Suite Punta del Este, Adios Nonino o sus Estaciones Porteñas, tras paladear la propuesta sonora, el gusto por su música fue en aumento.

Si en un principio mi gusto estuvo ligado al contexto en que llegó a mí, pronto se convirtió en algo muy propio. Cuando vi, años después, un video de la boda de la reina Máxima Zorreguietta de los Países Bajos, nacida en Argentina pero cuyo matrimonio con el príncipe Willem-Alexander la convirtió en residente permanente de la nación europea, y me encontré conmovido ante su llanto de nostalgia al escuchar una rendición de Adios Nonino en la ceremonia, habiendo yo estado nunca fuera del país ni experimentado el sentimiento de extrañar tu tierra, supe que incluso había abierto en mí un nivel nuevo de empatía, producto de la música.

A día de hoy sigo sin saber con certeza qué hay en el tango de Piazzolla que me atrajo desde el principio y me abrió paso entre sus propios caminos para apreciar el espectro de su arte. Tal vez Oblivion apela a mi personalidad melancólica, tal vez Soledad le da rienda suelta a mi dramatismo; probablemente se deba a que La Muerte del Ángel o Tango Diablo sacan mi lado más inquieto; podría ser que tan solo me encanta cantar y reconocer que estoy un poco “piantao, piantao” o incluso todo se debe a que el Café 1930 y Adios Nonino me recuerdan lo que siente amar, en especial cuando esta última pieza inauguró mi cuarentena con una coincidencia de lo más enternecedora y especial.

Soy mexicano, sin duda, pero tal vez tengo un poco de oído argentino —más otro tanto de nariz— pues hace nueve años Astor Piazzolla, a través de su bandoneón o con la guitarra, la flauta, el fagot, el piano o el violín en manos de algún otro maestro,  acompaña mi andar. Hoy, 4 de julio, son ya 28 años de que se fue este gran compositor, 2 años antes de que yo naciera siquiera pero ¡ché! Vos seguís aquí.