Ante la inquietud sobre cómo se desarrollarán las relaciones con el nuevo —y muy bienvenido— gobierno de Joe Biden, debe tenerse en cuenta lo siguiente. Los nexos entre México y EU ya son de tal magnitud y dinamismo, que evolucionan en dos distintos niveles complementarios. En efecto, la imparable integración ha hecho que los vínculos ya no sean bilaterales, sino binacionales, siendo este el único tipo de relación que ambos tienen con otro país.  Dicha binacioanalidad imposibilita rompimientos, separaciones o graves deterioros, aunque en el otro nivel, el de la interacción entre los gobiernos, existan divergencias políticas o ideológicas. Prueba de ello es que en los dos periodos de mayores choques gubernamentales en la historia reciente —los de De la Madrid-Reagan y de Peña Nieto-Trump— la intensa vinculación cotidiana siguió operando normalmente.

El peculiar entendimiento entre gobiernos tan opuestos ideológicamente como los de López Obrador y Trump, fue posible gracias al gran pragmatismo obsecuente asumido por México, que concluyó con la llegada de Biden: antítesis de su antecesor. Aunque debería haber mayores concordancias con un gobierno de centro-izquierda que con uno de derecha neofascista, la falta de tacto y sabiduría diplomática, así como la manipulación de lo externo para fines internos, conformaron una larga lista de innecesarios agravios que van desde la equivocada visita a Washington en plena campaña electoral, hasta la retardada felicitación por el triunfo demócrata, que remataron con el extraño caso del general Cienfuegos y la desatinada actitud de magnificarlo, en lugar de minimizarlo. Como el gobierno de EU ya no es el unipersonal de un irresponsable populista que actuaba en función de sus propios intereses, las recientes conversaciones telefónicas entre los presidentes —indirectas a través de traductora—, no necesariamente anuncian una futura armonía. Si bien en el señalado nivel estructural las cosas seguirán su curso normal, puesto que lo contrario es casi imposible, al nivel gubernamental la situación no será fácil.

Por tener el nuevo mandatario descomunales problemas domésticos que atender, delegará  los asuntos del vecino  en la enorme burocracia, ya controlada por resentidos demócratas que —al igual que la poderosa speaker de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi— consideran se respaldó la reelección del detestado Trump. Adicionalmente, los respectivos mandatarios tienen agendas distintas que, salvo un nuevo acomodo pragmático, chocarán. Tal es el caso de la energía, del medio ambiente, las cuestiones laborales incluidas en el T-MEC, las inversiones, la equidad de género y feminicidios, la seguridad, la democracia y el respeto al Estado de Derecho, etc. En el siempre espinoso tema de la seguridad —ignorado por Trump al que solo importaron la migración y el T-MEC—, confrontamos el agravante del encono de las agencias de seguridad e inteligencia —principalmente la DEA— por los nulos progresos de la 4T en este rubro que incide en su seguridad nacional, por el Culiacanazo, el caso Cienfuegos, por las restricciones impuestas a la actuación de los agentes estadounidenses, etc. Por ser Biden un experimentado servidor público —que conoce bien los problemas de México—, será respetuoso de la independencia institucional de las dependencias gubernamentales, dejando que cumplan sus responsabilidades en la forma que acostumbran. Por ende, y conforme al modus operandi de Washington, puede preverse que el malestar se manifestará mediante filtraciones a los medios de comunicación, que no serán bien recibidas en México.