Se escucha el traquetear de las gotas en los domos de plástico.

Las nubes estuvieron quietas y espectadoras, asomándose detrás de la sierra. Brillaba el sol. Es en el atardecer el avance de la nublazón progresiva y las salpicaduras iniciales de una llovizna tenaz. Hay recesos en que se interrumpe la lluvia. El viento trae nuevos nubarrones y se repite, ahora con truenos lejanos, el aguacero renovado.

Son los ciclones en los océanos circundantes, haciendo su tarea con su cauda que sopla y humedece. La ciudad tiene sus pendientes oblicuas y hay corriente que inunda calles, bulevares y colonias periféricas. La ausencia de un buen desagüe pluvial aumenta los riesgos de tránsito vehicular y detiene el desplazamiento peatonal.

“Al frenar patinaron las ruedas y la camioneta giró”, comenta el entregador. “Se metió otra vez el agua a la casa porque no tenemos las tablas para las puertas”, informa la señora cerrando su paraguas. “Suspendimos la junta. Será la próxima semana”, teclea en su teléfono celular la secretaria. Los chavos limpiadores de parabrisas saben que les dirán que no a la hora de empezar.

Recordando sequías, la gente de campo sabe que estas aguas nutren los mantos acuíferos y facilitan los riegos. En tarde lluviosa cafetean los amigos embarrando panecillos integrales con mermelada, en animada conversación. Otros esperan que el agua no les impida ver una victoria sarapera en el estadio. En colonias populares toda la familia se afana para desencharcar pisos y patios. Hay plegarias en las capillas y templos. Se pide por la visita del Papa por aquellas tierras de Mozambique y Madagascar.

En las pantallas hogareñas puede verse, mientras llueve, la liturgia africana de cánticos alegres y acompasada danza rítmica. Es la misa del Papa Francisco. Hay indumentarias variadas y vistosas adornando la negritud de los ministros. Se ve un enorme estadio repleto de una multitud respetuosa, entusiasta y gozosa. El mensaje es de misericordia, de reconciliación, de vencer el mal con el bien. En la memoria de los presentes están recientes enfrentamientos de discordia y recíproca agresión.

Queda un largo atardecer refrescado, con un techo negruzco que anuncia algunos chubascos nocturnos o de madrugada. Este universitario dice: “En tardes lluviosas me da por leer. Tengo libros comprados que los tengo empezados y aprovecho para seguir avanzando páginas”.

“Yo me dediqué a hacer el proyecto para el festejo que vamos a tener con motivo del grito”, dice este otro dando detalles de adornos, sociodrama cómico, antojitos y bebidas. “No se te olvide la música”, le dice aquél, haciendo el ademán de tocar guitarra.

Los chubascos intermitentes hacen todo un ambiente en la vida de la ciudad. Introducen a la población en ese tránsito de estío a otoño que ya, desde las cabañuelas, se anunciaba un poco atípico con cambios y contrastes. En comparación con otras regiones, hasta ahora ha habido cortesía meteorológica en la nuestra.

Esperaríamos también una lluvia de lucidez y de sensatez en toda la vida pública del País.

Y, claro, una lluvia de bendiciones de lo alto para todas las familias que están llevando diariamente a sus retoños a las aulas, llueva, truene o relampaguee...