Cuestionar la validez de la ciencia es absurdo. Cuestionarla cuando se confrontan diversas realidades es necesario. Si el promedio de vida en Occidente sobrepasa los 80 años, las razones son el éxito de las ciencias médicas y sus aliados, mejor nutrición, vacunas, agua limpia, visitas médicas, tecnología (casi) ilimitada. Si el promedio de vida en algunas regiones de África no llega a los 40 años o apenas lo sobrepasa, las razones son los gobiernos corruptos y ladrones, la pésima distribución de las bonanzas de la ciencia y el olvido crónico de quienes en una ocasión ocuparon esas naciones y luego, tras expoliarlas, las abandonaron.

No es lo mismo hablar de ciencia en Occidente, escuchar a Steven Pinker y sus posturas optimistas y enterarse de los progresos de la humanidad en las mejores universidades, que hablar de ciencia en la sierra de Oaxaca, en Haití o en Zimbabue. La vieja idea del vaso con agua medio vacío o medio lleno aplica a los logros o a las omisiones de la ciencia: todo depende desde dónde se mire y quién es el que juzga.

La ciencia tiene varios propósitos. Destaco dos. Conocimiento: acumular saberes válidos y confiables. Veracidad: buscar la verdad. La suma de ambos deviene incontables descubrimientos, no siempre benéficos. Bombas atómicas, medicamentos para matar a reos en la cárceles estadounidenses y drones usados en las guerras no siempre tan selectivos son ejemplos nocivos de la ciencia. Ejemplos benéficos sobran: vacunas, agua entubada, trasplantes de órganos, comunicación otrora impensable. Los ejemplos previos suman veracidad y conocimiento, suma en ocasiones sana, otras veces enferma. El corolario es gratuito: se requieren, además de conocimiento y veracidad, otras constantes.

En un mundo tan dispar como el nuestro, distribución, justicia y equidad deberían ser referentes obligados, apellidos necesarios de las ciencias. El escenario en 2018 es deprimente. La ciencia, su mala distribución, sus costos, sus metas –mucha se diseña pensando en el posible comprador–, en contra de lo que dice Pinker, es uno de los factores cruciales en la creciente asimetría entre ricos y pobres.

En una entrevista reciente (El País, febrero 3, 2018), Guillermo Altares le pregunta a Pinker sobre su idea del progreso: “…La mayoría de la gente –responde Pinker– estará de acuerdo en que la vida es mejor que la muerte; la salud es mejor que la enfermedad; la alimentación, mejor que el hambre; la paz, mejor que la guerra; la seguridad, mejor que el peligro; la libertad, mejor que la tiranía; la igualdad de derechos, mejor que la discriminación; el conocimiento, mejor que la ignorancia; la inteligencia, mejor que la contemplación aburrida del mundo; la felicidad, mejor que la miseria; la posibilidad de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura, la naturaleza, mejor que un trabajo penoso y monótono. Y todo eso se puede medir y se ha incrementado a lo largo de los años. Eso es progreso”.

Pinker, “apóstol de la corriente del pensamiento positivo”, catedrático de Psicología en la Universidad de Harvard, no duda: la salud del ser humano y del mundo es mejor. Frente a su optimismo, algunas cifras pesimistas y reales provenientes de fuentes confiables (ACNUR, FAO, OMS, Instituto Guttmacher).

El hambre en el mundo causa 45 por ciento de las muertes en niños de hasta cuatro años; 795 millones de personas sufren desnutrición –una de cada nueve personas en el mundo–; en 2050 se necesitará producir un 50 por ciento más de comida –en ese año se calcula que habrá un 25 por ciento menos de tierras cultivables–; en 2017 repuntó el hambre: 38 millones de personas más con respecto al año previo –violencia y cambios climáticos fueron las razones–; 2 mil 100 millones de personas carecen de agua potable en el hogar y más del doble no disponen de saneamiento seguro; cada año mueren 22 mil 800 mujeres debido a complicaciones de abortos inseguros; casi todas las muertes relacionadas con aborto ocurren en países en desarrollo; el número de refugiados, desplazados y solicitantes de asilo en 2017, fue de 68 millones de personas… sobran datos, falta espacio.

Conocimiento y veracidad son, entre otras, metas de la ciencia. El progreso de acuerdo a Pinker y su escuela suma esas cualidades. Las inequidades económicas, el hambre, las muertes a destiempo, la desnutrición infantil y las diferencias en las expectativas de vida en diversos países no reproducen los frutos de la ciencia. La ciencia es neutral. Su uso no. Conciencia, justicia, equidad y ética deberían ser metas de la ciencia.