Tras la declaratoria de pandemia por coronavirus, a principios del mes de marzo, los mexicanos entramos en una dinámica sin precedentes en la historia reciente. En ella estamos recibiendo información de múltiples fuentes, tanto oficiales como no verificables y la interpretación de esos mensajes que se hace por parte de medios de comunicación, líderes de opinión y ahora también celebridades de la farándula nacional.

Ante esta situación queda develada también la poca capacidad organizativa que tenemos en el País, tanto las instituciones de Gobierno de los tres órdenes como los ciudadanos.

Se evidencia de manera contundente y preocupante el estado tan precario de las instituciones de salud públicas: la falta de personal médico (México registró 2.2 médicos por cada mil habitantes en el 2016, según el Banco Mundial), la escasez de insumos básicos en clínicas y hospitales, la falta de coordinación y protocolos para encarar epidemias, etcétera.

Los vacíos de información y lineamientos que ha dejado la administración federal en este contexto han dado un amplio margen para que los gobiernos estatales decidan sobre las medidas específicas en los márgenes de su entidad. Sin embargo, la atención a la salud se divide en instituciones que no sólo corresponden a este nivel de gobierno. Los cuerpos de seguridad, encargados en algunas entidades y municipios de realizar operativos para promover el distanciamiento social, tampoco se coordinan, en la mayoría de los casos, con corporaciones de otros órdenes.

Conviene por el momento llevar la reflexión hacia la cancha ciudadana. Las masas hemos sido las protagonistas clave para evitar o desacelerar la cadena de contagios. Desde la puesta en marcha de la fase 2 de contingencia hemos sido llamados a quedarnos en casa, a evitar reuniones y aglomeraciones con motivos de esparcimiento, a respetar la sana distancia y lavarnos constantemente las manos. Son medidas que se han comunicado a razón diaria. Y las noticias en todas las comunidades siguen demostrando que no somos capaces de articularnos.

Se trata del nivel más elemental de participación ciudadana para colaborar en la solución de un problema que nos afecta a todos: se nos pide que hagamos prácticamente nada. En general, nos cuesta trabajo. Resulta entonces casi inevitable que los gobiernos que encabezan las administraciones actuales, respondan a la misma lógica cívica: hacen prácticamente nada, porque la ciudadanía no ha sido capaz de organizarse para exigir lo mínimo necesario: hospitales dignos, personal suficiente, equipo y medicamentos necesarios.

Además de quedarnos en casa, reconociendo que deben seguir en marcha las actividades económicas esenciales, estamos llamados a la solidaridad con quienes, nuevamente, han quedado más desprotegidos. Adicionalmente, podemos contribuir aprendiendo a discriminar información en redes sociales, dejando de compartir noticias falsas, no verificadas o rumores de chats. Las consecuencias inmediatas de esta tormenta informativa están ahora en las calles asegurando que el virus “es un invento del Gobierno”, en riesgo de contagiarse o llevar el virus a su hogar.

Hoy, especialmente, debemos fortalecer a los organismos ciudadanos que pretenden aportar respuestas, sumar soluciones para mitigar esta situación. Enhorabuena por aquellos que se han organizado para llevar donativos al personal de hospitales, los que están recolectando víveres para quienes se han quedado sin empleo, los empresarios que se reúnen con autoridades para buscar opciones para mantener los empleos. Es una crisis que requiere, más que nunca antes, de la participación de todos los sectores de la comunidad para frenar el desastre.

 

Patricia Vargas Bryan

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