Una brisa de aire fresco pega en el rostro mientras el sol apenas se dibuja en esta temprana hora de domingo. Este domingo de Ruta Recreativa en la colonia República se escucha el aleteo y con él el canto de las aves. Posible avizorarlas trepadas en la copa del árbol más alto, las guacamayas enanas, en su verde fulgor de plumas y sus estridentes voces, inconfundibles. Guacamayas tan valoradas y exóticas en estas latitudes, llegadas hasta aquí de serranías de Nuevo León y Tamaulipas.

Sobre el bulevar Venustiano Carranza se dejan ver caminantes, corredores, aquellos que se hacen acompañar de sus perros y quienes usan las bicicletas en los carriles de alta velocidad. Todo delimitado y recordado por los constantes cartelones que anuncian por dónde ir cada uno. Son las 9:00 de la mañana.

Hay muchas muestras de la civilidad que sería deseable encontrarnos el resto de la semana en nuestra ciudad en esta misma vía. También dan cuenta de esta deseable actitud las filas que se van haciendo de los automóviles, cuyos conductores harán recorrido en el paseo: cada auto estacionado uno detrás de otro, todo en orden y respetando las distancias.

Al llegar a las inmediaciones del Tecnológico de Saltillo, por fortuna, el silencio. Muchas veces, este sitio es el elegido como escenario para estruendosas demostraciones de música de todo tipo que molestan los oídos no sólo de los paseantes, sino de los vecinos de colonias cercanas. Pero este domingo no hay tal: ni instalaciones ni música estentórea.

Hay comercios, restaurantes, en su mayoría, que alguna vez sí ponen en marcha sus bocinas, pero no al grado en que se moleste al usuario de la Ruta. Notas alegres las de los jóvenes que al pie de Rectoría de la Universidad Autónoma de Coahuila bailan al ritmo de “Baby shark do do do do do; Mamma shark do do do do; Papa shark do do do do do…”, y sostienen una manta cuya leyenda avisa de contagiar la sonrisa a todas las personas, pero impedir a quien sea de borrar la propia.

En distinto escenario eso trae a la memoria, en algún sentido, al filósofo, entonces ya anciano, Bertrand Russell que, manifestándose en solitario con una pancarta en contra de la bomba atómica, fue cuestionado por un periodista si pensaba que a su edad todavía podría cambiar al mundo. “No pretendo cambiar al mundo, sino que el mundo no me cambie a mí”, respondió.

Pero dejemos las digresiones y volvamos a la Ruta, en la que conviven aquellos que la eligen como escenario de sus quizá únicos cuarenta minutos a la semana de ejercicio; los que se preparan para los maratones o quienes ven en ella la posibilidad más oportuna de sacar de paseo a sus mascotas.

Todo ello válido, todo ello en una convivencia que se acerca al modelo de una ciudad en que prima la civilidad en el trato, respeto y atención de unos con otros. Es ahí donde la mejor oportunidad se da para el rescate de las mascotas, donde se aplican algunos programas sociales de información, donde es posible la convivencia de la variopinta sociedad a la que pertenecemos.

Así como en ella ocurre, así es deseable el entendimiento de las partes que componen Saltillo. Un entendimiento que resulta indispensable para la armónica convivencia de grupos con preocupaciones a ratos tan dispares, pero organizadas para un fin común, que debe ser el bienestar de la ciudad.

Constituyen un variopinto mosaico las estampas de los niños que recién han sido bautizados en la iglesia de Fátima, vestidos en sus trajes blancos; las níveas flores que adornan el interior del templo, así como los vibrantes colores de las indumentarias que lleva cada uno de los paseantes: desde la tierna chica que hace equilibrio en su patín hasta la familia que trota al paso de sus mascotas.

Viéndolo bien, forman lo que desearíamos que fuese nuestra querida capital de Coahuila: el conjunto de luces y sombras que la constituyen y le confieren identidad.