No se trata de un asunto trivial, sobre todo si este indicador se cruza con otros, como la incidencia delictiva, o los episodios de violencia

Ser los primeros en algo -o en todo, si eso es posible- constituye un deseo instintivo de los seres humanos. La competencia es un impulso innato en nosotros que nos empuja de forma permanente a superar a los demás y colocarnos en la delantera de todo ranking.

Por desgracia, algunas de las clasificaciones no son laudatorias y, contrario al impulso natural, más bien preferiríamos ir a la retaguardia. O, si es posible, ni siquiera aparecer en el listado.

Eso justamente ocurre con el ranking del cual damos cuenta en esta edición, relativo a la diseminación del “odio digital”, una actividad que constituye, por desgracia, un vicio ampliamente extendido en la sociedad moderna.

De acuerdo con el Módulo de Ciberacoso del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, los coahuilenses ocupamos el primer lugar entre las comunidades mexicanas que reportan haber sufrido algún episodio de “hate” digital, es decir, haber sido víctimas de una agresión perpetrada a través de las plataformas informáticas.

La medición realizada por el INEGI señala que poco más del 44 por ciento de los ciberusuarios coahuilenses dijeron haber recibido mensajes ofensivos, la mayor parte de los cuales hacían referencia -en forma despectiva, desde luego- a su apariencia física o clase social.

Otro dato interesante es que una cuarta parte de las personas que se identificaron como víctimas de ciberataques recibieron tales agresiones de personas a quienes conocen, mientras que poco más de la mitad refirió haber sido atacado por desconocidos.

Más allá de lo anecdótico, vale la pena reflexionar en el hecho de que una medición como esta sea necesaria en una sociedad como la nuestra que presume de ser “civilizada” y vivir “en la modernidad”.

La proporción de personas que consideran haber sido agredidas por la vía digital parece retratar a nuestra comunidad como una en la cual la violencia es un elemento insanamente común, hecho que debería convocarnos a cuestionarnos sobre el origen de tal realidad.

¿Qué elementos de nuestra vida en común nos han llevado a convertirnos en reproductores masivos del ciberacoso? ¿Qué dice de nosotros el que la incidencia de episodios de “odio digital” sea casi el doble de la que se registra en Oaxaca, por poner un ejemplo?

No se trata de un asunto trivial, sobre todo si este indicador se cruza con otros, como la incidencia delictiva, o los episodios de violencia en las familias, las escuelas o el trabajo y tal cruce indicara la existencia de una relación que conectara uno y otro fenómeno.

Valdrá la pena, como ocurre con otros indicadores, que las autoridades de todos los órdenes desplegaran una estrategia tendiente a esclarecer las razones detrás de esta conducta y, en consecuencia, se diseñaran mecanismos de intervención para reducirla.