Aún tendremos que contar cientos de cadáveres más en esta prueba terrible que nos ha impuesto la naturaleza y que no hemos enfrentado con inteligencia, sino con arrogancia y descuido extremos

Hace ya demasiados días que los ciudadanos mexicanos -de cualquier parte del país- dejamos de entender cuál es la estrategia con la cual se enfrenta aquí la pandemia del coronavirus y sus cada vez más devastadores efectos. De hecho, a estas alturas ni siquiera está claro si existe una estrategia.

Y es que la información provista por las autoridades -federales, estatales y municipales- resulta cada vez más confusa y contradictoria, de forma que lo más sensato parece ser que cada persona, en lo individual, asuma por completo el cuidado de su salud, sin esperar nada de quienes, en teoría, tienen la responsabilidad institucional de guiarle en este proceso.

Nadie está pidiendo, conviene aclararlo, que las autoridades “cuiden” personalmente a cada individuo. Lo que se pide -pero parece demasiado pedir- es que al menos exista un discurso estandarizado que permita a todos los ciudadanos sumarse a una fórmula única.

Lejos de tal posibilidad, cada día parece más claro que la principal preocupación de todas las autoridades -de todos los signos ideológicos- es construirse una “coartada” para evadir la responsabilidad en el desastre -sanitario y económico- que está provocando la pandemia.

El Gobierno de la República intenta todos los días trasladar la culpa a los gobiernos estatales; estos, a su vez, tratan de regresarle una parte de esa responsabilidad a la Federación y aprovechan cualquier oportunidad para señalar a los municipios. Y en la medida que pueden, todos le reprochan a los ciudadanos que el virus siga diseminándose.

El caso de Coahuila evidencia bien el resultado que se obtiene cuando un problema sanitario se convierte en un elemento de la disputa política: la situación se sale de control y la propagación del virus no hace sino cobrar velocidad cada día.

Las estadísticas, frías y desprovistas de sentimientos, son alarmantes en grado extremo: durante la semana anterior -del 13 al 19 de julio- se registró, en el territorio estatal, la cuarta parte de todos los decesos ocurridos en Coahuila desde que se identificó el primer caso positivo.

Nada nuevo por lo demás. Eso es exactamente lo que ha venido ocurriendo desde que, el 1 de junio pasado, se decidió reactivar las actividades económicas en todo el país, poniendo fin con ello al confinamiento.

Los números que se reportan diariamente no dejan lugar a dudas: sea cual haya sido la estrategia de contención que se propusieron las autoridades -sanitarias y políticas- en marzo pasado, esta fracasó estrepitosamente.

Y para terminar de documentar el pesimismo, el Conacyt informó que, de acuerdo con sus proyecciones, en nuestra entidad el pico de contagios podría alcanzarse hasta dentro de cuatro meses, es decir, en algún momento de noviembre.

Todo hace indicar, por desgracia, que aún tendremos que contar cientos de cadáveres más en esta prueba terrible que nos ha impuesto la naturaleza y que no hemos enfrentado con inteligencia, sino con arrogancia y descuido extremos.