No hace muchas semanas abordamos en este espacio la vida y obra del esquivo escultor coahuilense Octavio Martínez de Hoyos. Una feliz coincidencia es que en su libro más reciente “Coahuilenses olvidados”, editado por la UAdeC, el maestro Javier Villarreal Lozano recupera figuras del arte y la cultura originarias de nuestro estado, que por diversos avatares en el registro de la historia fueron quedando omitidas o no lo suficientemente recordadas: pintores de batallas, monjas ilustradas, artistas polifacéticos, muralistas combativos o eruditos diluidos injustamente en las arenas del tiempo

¿Quién de las nuevas generaciones conoce por estos días la vida o la obra de la poetisa de principios del siglo XX Dina Rosolimo, las reseñas del crítico Sergio R. Viesca; o ya entrados en el medio siglo, los poemas de José León Saldívar y Héctor González Morales, la fugaz carrera teatral de la actriz Marcia Flores o el lirismo y el talento musical del poeta Antonio Ruiz Tejada? Eso, por no hablar de los intelectuales de otros siglos: ahí la pertinencia de esta obra.

Según Benjamin, en sus “Tesis sobre la filosofía de la historia”, ésta “tiene que ver con interrelaciones y también con encadenamientos causales tejidos fortuitamente”, así, articular históricamente el pasado significaría también reconocer en él aquello que se encadena y se relaciona con el presente.

La pregunta, entonces cómo ahora, sigue pertinente ¿Qué dinámicas se entretejieron para obviar u omitir el mérito artístico o cultural de estos personajes?

Villarreal propone un par de tesis: la primera, trayendo al tema una queja del Almirante Nelson: “Lo que me ha sucedido, amigo mío, sirve para probar que una batalla cerca de las costas de Inglaterra es mucho más estimada que otra obtenida en climas lejanos.” Muchas de sus labores y logros de estos personajes se manifestaron fuera del entorno materno. Dos: en algunos de los casos su filiación política fue el motivo de su expulsión del santoral de la efeméride.  Caso proverbial de esta malentendido y tema aparte de este libro es el del poeta y diputado Otilio González, mártir del antirreeleccionismo: invisibilizado de la retórica oficial durante décadas en Coahuila, su tierra natal.

Figuras

Las vidas recuperadas por el autor de “Los ojos ajenos” son tan diversas como extraordinarias: el pintor de batallas Francisco Paula de Mendoza, el ensayista y traductor de Shakespeare David Cerna, el estudioso de las lenguas y culturas prehispánicas Ignacio Alcocer o el aguerrido muralista sanpetrino Xavier Guerrero. Con un profundo trabajo sobre los documentos, las citas, el testimonio de contemporáneos, pero también atendiendo al gesto significativo muchas veces encerrado en el dato marginal o la minucia, Villarreal reconstruye, redibuja, entreteje, conjetura y perfila de una manera magistral cada uno de estos perfiles que se dispersan en su variedad, pero confluyen en rasgos comunes: su potente singularidad, la voluntad irrefrenable en el ejercicio de su disciplina o preocupaciones artísticas; es decir, en su épica y su desmesura.

Destacan figuras como el combativo artista plástico Xavier Guerrero, maestro de la muralística mexicana, eclipsado muchas veces por la gigantesca egolatría de un Diego Rivera, de quien repetidamente fungió como colaborador y ayudante -la incorporación de las técnicas artesanales heredadas de su padre reforzarían la durabilidad de las obras. Así, su romance con Tina Modotti, su propia obra y sus aportaciones a la Escuela Mexicana de Pintura serán prácticamente desconocidas después de la mitad del siglo veinte. Destino paralelo al de su esposa, la interiorista y diseñadora cubana Clara Porset.

Figuras

La monja, educadora e intelectual María Ignacia Azlor y Echeverz (Gral Cepeda, 1715) -estudiada anteriormente también por la maestra Esperanza Dávila Sota- a quienes autores contemporáneos equipararon con la Décima Musa; el pionero prehispanista Ignacio Alcocer (Saltillo, 1870); el discípulo de José María Velasco y pintor de batallas, Francisco de Paula Mendoza (Saltillo, 1867) o el polifacético traductor de Poe y Byron, el doctor David Cerna (San Buena Ventura, 1857) en la prosa del autor se vuelven un material fluctuante que erige el pormenor y el trazo fino; el detallado matiz  que trasciende el molde de lo hagiográfico para alcanzar el perfil de lo humano. Justo como lo escribió Marguerite Yourcenar en las Notas a sus inmensas “Memorias de Adriano”, la obra de Villarreal responde a la cuestión planteada por Benjamin al inicio de este texto: “Tomar una vida conocida, concluida, fijada por la Historia (en la medida en que puede ser una vida), de modo tal que sea posible abarcar su curva por completo; más aún, elegir el momento en el que el hombre que vivió esa existencia la evalúa, la examina, es por un instante capaz de juzgarla. Hacerlo de manera que ese hombre se encuentre ante su propia vida en la misma posición que nosotros.”

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