La idea general de la sociedad es pensar que el ajedrez es un juego “complicado” o “para personas muy inteligentes”. La verdad, es que dicha interpretación no es más que una falsedad.

El primer obstáculo que se interpone entre el ajedrez y las personas, son las múltiples reglas que han de ser aprendidas para ejecutar el juego. Que si la torre va en línea recta, que si el alfil en diagonal, que no se puede capturar el rey. Cualquier persona puede memorizar dichas reglas y empezar a jugar, pero sucede que, para comprender bien a bien el mundo ajedrecístico, es necesario dar un salto más allá de las simples reglas de juego y adaptarse a un “código de ética” que rige en rededor de los 64 escaques.

Ahí es donde surgen las complicaciones. Como en el ajedrez se impone el raciocinio, es fundamental adaptar la razón a las conductas y comportarse a la altura que demanda el juego de reyes.

La semana pasada trascendió la noticia que la ajedrecista taxcaleca Janet Saraí Vázquez Flores fue eliminada de la Universiada regional por no portar el uniforme de su escuela con los logos del CONDDE (Consejo Nacional del Deporte). La opinión general estalló contra el consejo directivo del torneo y contra el árbitro que determinó la decisión. Esto pese a que, desde hace tres años, el reglamento de Universiada dicta que presentarse a jugar sin uniforme con los logos correspondientes significará la pérdida de la partida.

Lo que te hace preguntarte ¿Vale la pena una sanción tan fuerte?

En ajedrez sí.

Esta no es la primera vez que sucede algo semejante, donde alguna regla que en primera instancia parece absurda, se impone como causante de la derrota. En 2008, el búlgaro Ivan cheparinov perdió una partida contra el inglés Nigel Short por negarse a darle a la mano antes de iniciar su partida. En 2015, el Gran Maestro, Wesley So (octavo del mundo en aquella época y que ahora ha escalado hasta la 4 posición) perdió una partida por escribir frases motivacionales sobre su papeleta de anotación.

Las reglas son indispensables no sólo en el ajedrez, sino en la vida cotidiana. Tenemos reglas en todas partes, que han de acatarse con seriedad o sufrir las consecuencias. Es de esperarse, que el juego diseñado para la realeza exija altos estándares de comportamiento.

Dentro de la sala de juego, el ajedrecista requiere conducirse con absoluto respeto: guardar silencio, dar la mano al contrincante antes y después de cada partida, ser cortés, no distraer al oponente. Y una de las reglas que se recibió con mayor escándalo: cero celulares dentro de la sala de juego. El simple hecho de portar un dispositivo electrónico, aun cuando este se encuentre apagado, significará la pérdida de la partida.

Dichas reglas pretenden, no sólo limitar a los tramposos, sino fomentar el respeto entre los participantes. Esta es una de las mayores virtudes que posee el ajedrez: enseñar la cordialidad como forma de vida.

Imaginen llegar a una cita romántica, tomar asiento para cenar y que su acompañante (y usted mismo) decidan apagar su celular y dedicarse por entero a pensar el uno en el otro.

Sería fantástico vivir, como si estuviéramos a punto de jugar, una partida de ajedrez. Como si fuéramos auténticos reyes.


Aida Sifuentes
Peón libre