Durante estos dos primeros meses del año he dialogado con decenas de padres de familia muy preocupados sobre su papel ante las obligaciones escolares de sus hijos:

“Mi hija está muy estresada con sus tareas y entonces no tengo otra opción que hacérsela”.

“Mi hijo tiene una gran cantidad de clases y actividades extracurriculares y no le exijo que me ayude en casa con los quehaceres”.

“Mi hijo es un gran jugador y le digo al entrenador cómo debe entrenarlo y dirigirlo en los juegos”.

“Justifico el mal comportamiento de mi hijo ante los maestros y me culpo de su rendimiento deficiente”.

Las expectativas parentales son muy diferentes a las de hace 50 años. Todos los padres queremos el éxito de nuestros hijos, aunque esto puede significar:

a) Negociar las calificaciones de nuestros hijos.

b) Ser sus entrenadores personales y ocupar el lugar de los entrenadores en los juegos.

c) Ser juez y parte de sus conflictos.

La escuela y padres no somos enemigos, sino aliados que trabajamos juntos para el bien de ellos, aunque muchas veces nos duela. A ningún padre le gusta ver a nuestros hijos sufrir o estar tristes, pero la adversidad y el fracaso fortalece la voluntad y los hace resilientes ante las dificultades reales de la vida. La mayor parte de mi adolescencia y juventud tuve la oportunidad de jugar básquetbol y representar a mi escuela y al estado de Nuevo León. Jamás mis padres se enfrentaron a mis entrenadores para presionarles que jugara, sino todo lo contrario: “Hijito debes demostrar lo bueno que eres con esfuerzo y trabajo duro. Si no juegas debes entrenar el doble”. Y así lo hice. Hoy el chico es sentado en la banca y los padres, sin respetar la autoridad, gritan e insultan a los entrenadores ante la mirada prepotente de los chicos.

Padres y educadores debemos trabajar juntos, no como enemigos. Muchos educadores ante la amenaza de los padres deciden abandonar su trabajo de formadores y dejan a la deriva a los niños y adolescentes sin las habilidades para enfrentar las tormentas de la vida. Quizás los niños piensan que en ese momento “ganaron”, pero perderán para adquirir su plena madurez en su vida adulta. Aprenderán a manipular para obtener lo que quieren, pero abandonarán sus sueños ante cualquier adversidad. La sobreprotección es una de las actitudes más tóxicas que pueden tener los padres hacia sus hijos:

1. Siempre jugarán el papel de víctimas ante los fracasos.

2. Crecerán con muy baja autoconfianza ante las dificultades y se esconderán en su caparazón: “Es que sé y no puedo. Mis papás siempre resolvían todos mis problemas”.

3. Evadirán cualquier situación difícil y jamás enfrentarán las consecuencias de sus malas decisiones.

El objetivo más importante de ser padres no es que nuestros hijos nos amen, sino prepararlos al camino tan difícil que les tocará caminar. Lo más triste es ver a nuestros hijos incapaces de resolver sus propios problemas y encerrados en sentir compasión de ellos mismos. Papás, trabajemos de la mano con los educadores dándoles autoridad y reconocimiento.