El próximo 27 de mayo los colombianos celebrarán la primera vuelta de sus elecciones presidenciales, en donde competirá la nada despreciable cantidad de siete candidatos. Todos los sondeos auguran que ninguno de los contendientes obtendrá el 50 por ciento más uno de los votos, necesarios para evitar una segunda vuelta, que se celebraría el 17 de junio.

Según la última encuesta de la empresa YanHaas, Iván Duque Márquez, que es postulado por el partido Centro Democrático, partido fundado por el expresidente Álvaro Uribe, obtendría el 40 por ciento de los votos. Frente a Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá y candidato de Colombia Humana, que tendría el 24 por ciento de los sufragios. Mientras que los otros dos contendientes, que tenían posibilidades, parecen haberse desplomado, ya que el exalcalde de Medellín, Sergio Fajardo, tendría 9 por ciento y el candidato oficialista y exvicepresidente Germán Vargas Lleras, apenas lograría el 6 por ciento.

La gran cuestión es que en dicho escenario en una segunda vuelta, Iván Duque Márquez, se impondría cómodamente a Petro, ya que el estimado de votos sería de 56 por ciento contra 31 por ciento, respectivamente. 

Por ende, para efectos prácticos y si algo no sucede en lo que resta de la campaña, el partido de Uribe tiene más que posibilidades reales de volver al poder, lo cual puede implicar una pretensión del expresidente, de utilizar a su partido y tejer alianzas con otros, para impulsar un cambio en la Constitución que le permita competir de nuevo por la presidencia, una vez que haya concluido el periodo de su alfil Iván Duque Márquez.

Sin embargo, Uribe no puede cantar victoria, debido a que tiene frente a si varios escollos. El primero es que, a pesar de tener una ventaja momentánea, su candidato no tiene seguro el triunfo, debido a que es previsible que en la segunda vuelta la mayoría de los candidatos derrotados se alineen al bando de Petro o del contendiente que pase a la misma.

El segundo es que, incluso ganando, Iván Duque Márquez se niegue a ser un títere de Uribe y comience a marcar distancia, como le pasó al propio Uribe cuando Juan Manuel Santos –al cual impulsó– le dio la espalda apenas llegó al poder. 

El tercer punto en contra de Uribe es que, aun cuando gane la presidencia, tiene ante sí un congreso dividido, al cual tendría que convencer para reformar la Constitución. Lo cual lo obligaría al menos a buscar una alianza con el Partido Liberal, con el Partido Conservador, con Cambio Radical y con el Partido Social de Unidad Nacional.

Pero, además se tendrá que enfrentar a la Corte Constitucional de Colombia, que ya paró una vez sus aspiraciones y que, en dicho país, tiene la facultad de resolver las controversias que se susciten en la interpretación del texto Constitucional. La cual en el pasado ha demostrado mucha independencia del poder ejecutivo.

Por ello, aunque Álvaro Uribe hoy prepara su regreso triunfal al poder en Colombia, no hay nada dicho aún y quizá solo se enfila a una nueva desilusión.

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