“¡Doctor! –clamó llena de angustia la señora en el consultorio médico–. ¡Mi hijito se tragó una bala de pistola calibre .38! ¿Qué hago?”. Sugirió el facultativo: “Por principio de cuentas voltee el culito del niño hacia la pared”… La adivinadora miró su bola de cristal y le dijo al cliente: “En este momento tu padre está pescando truchas en un río”. El hombre se rio: “Mi padre falleció hace 5 años”. Replicó la mujer sin cambiar de expresión: “El marido de tu madre falleció hace 5 años. Tu padre está pescando truchas en un río”… En la vida hay cosas que no se pueden evitar. La vida misma es una de ellas: no puedes evitar vivirla. Otra cosa inevitable es tener que pagar algún día la cuenta del restorán. A querer o no tarde o temprano tendrás que pedirle al mesero que te la traiga a ti. Y ¿qué decir de los impuestos? Son igualmente inexorables, como la muerte o el catarro. Todos debemos pagarlos, del mismo modo que satisfacemos los censos que la naturaleza exige de nosotros. Es cierto: nos encalabrina que los impuestos salidos de nuestro trabajo sirvan, entre otros inútiles propósitos, para mantener a partidos políticos que no son tales, sino negocios personales o empresas de familia, o para sostener un número excesivo de diputados y senadores que ni siquiera son electos por los ciudadanos, o a una enorme y onerosa burocracia electoral que en los estados se la pasa casi todo el tiempo mano sobre mano, sin hacer otra cosa a lo largo de meses y meses más que cobrar el sueldo. (Cuando tuve el honor de formar parte del Consejo Electoral del Estado de Coahuila propuse que los consejeros no percibiéramos emolumentos en forma permanente, sino sólo en tiempo de elecciones. Mi iniciativa fue aceptada, pero su vigencia no duró mucho). Todos los ciudadanos debemos contribuir al bien común en forma equitativa. Por eso son de aplaudirse dos aciertos del régimen que preside López Obrador. El primero, haber suprimido la condonación de impuestos, fuente de corrupción en los sexenios anteriores. El otro, combatir a las empresas que hacen negocio con facturas falsas, un verdadero robo a la comunidad. Esas acciones del gobierno de AMLO son merecedoras de reconocimiento. Servirán para impedir que se repitan vicios del pasado… Don Calendárico pasaba ya de los 80 cuando casó con Pomponona, exuberante mujer en flor de edad. Los hijos del provecto desposado pensaron que era peligroso que su padre pasara la noche de bodas con la frondosa fémina, de modo que los hicieron dormir en cuartos separados. Vano empeño: la novia no había aún conciliado el sueño cuando oyó unos leves toques en la puerta de su habitación. Era su flamante marido, que la condujo al tálamo nupcial y le hizo el amor con el ímpetu de un muchacho de 20 años. No dejó de asombrarse Pomponona por la inesperada aparición y el vigoroso trance erótico. Se desperezó con la deliciosa voluptuosidad del bien cumplido amor cuando he aquí que de nuevo se escucharon los toquecitos en la habitación. ¡Sorpresa! Era otra vez el octogenario novio, que sin decir palabra volvió a subir al lecho y a ella en una segunda y no menos fogosa coición. Pomponona quedó ahíta y satisfecha. Apagó la luz y cerró los ojos para dormir. ¡Otra vez los leves toques en la puerta! La abrió la atónita mujer. De nueva cuenta era don Calendárico, que mostraba señales inequívocas de estar dispuesto para una tercera batalla de colchón. Exclamó Pomponona, estupefacta: “¡Pero, don Calendárico! ¿Otra vez?”. El maduro galán se azaró. Preguntó desconcertado: “¿Ya estuve antes aquí? Perdóname, chula: no me acordaba. Debo estar perdiendo mis facultades”… FIN.