ESTIMADA ANA:
Soy un hombre de 52 años, vivo solo y necesito desahogarme. Perdí a mi amada familia, ellos eran lo más valioso que tenía y cometí errores muy graves que no tuvieron solución.

Fui un hombre egoísta, conformista y nunca supe valorar a la mujer que aceptó casarse conmigo, a la madre de mis hijos, a esa que debí amar y proteger siempre, como lo prometí frente a Dios.

Hice todo lo contrario a lo que debí haber hecho, la ignoré, no supe valorarla, maté sus ilusiones y provoqué que cayera el depresión. Al verla hundida en esa enfermedad tan terrible que yo mismo provoqué, no hice nada por ayudarla, pues mientras ella se mantenía así, para mí significaba tenerla “controlada”.

Cuando la conocí en la preparatoria, era una jovencita muy noble, honesta y educada, siempre soñaba con formar una familia con el hombre de su vida, tener hijos y un hogar lleno de paz y amor.

Comenzamos a ser novios y al tiempo nos casamos. Ahora que han pasado más de 20 años me doy cuenta que no fui el hombre que ella esperaba y aún así permaneció conmigo, nunca la apoyé y jamás me importó lo que ella esperaba de mí, al contrario, hasta cierto punto me gustaba ser yo el que dominaba, que ella fuera débil y sumisa. Ahora me doy cuenta que no era debilidad, eran sus deseos de apoyarme en mis sueños y metas profesionales, creía en mí ciega e incondicionalmente y no le respondí.

Evitaba estar en casa y convivir con mis hijos, lo hacía conscientemente, me quedaba horas extras en la oficina a hacer absolutamente nada y luego llegar a casa como el héroe, haciéndome la víctima y quejándome de todo el trabajo del día.

Ella a veces intentaba decirme que nuestros hijos me necesitaban, que era urgente que platicara con ellos, pues estaban en la adolescencia y había ciertas cosas que yo debía tratar. De nuevo no lo hice, la ignoré y así ignoré también a mis hijos. No me di cuenta en qué momento se hicieron mayores de edad, yo me encerraba en mi mundo y no sabía de ellos.

La dejé completamente sola con esa responsabilidad y obligación que a mí también me correspondía, permití que se cansara y se decepcionara, hasta que sucedió lo que supongo, era inevitable: apareció un hombre que la rescató de ese mundo oscuro en el que ella vivía, que le permitió ser ella en toda la extensión de la palabra, que le dio seguridad, protección y cariño, de acuerdo a sus propias palabras.

Palabras que me rompieron el alma al escucharlas, palabras que no podía creer estar escuchando y que tuve que tragármelas, una a una. Siempre fui tan soberbio y seguro de que ella jamás me dejaría por alguien más, que ella estaría a mi entera disposición y que no tendría el valor para irse, para voltear a ver a ningún otro hombre que no fuera yo y mucho menos que un hombre la voltearía a ver. Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba, fui un ciego y un tonto siempre, perdí lo que más quería.

Hace algunos meses que me pidió el divorcio nuevamente saqué mi egoísmo y me negué a firmar, no quería que fuera feliz, ni que mis hijos convivieran con otro hombre. Finalmente pude recapacitar y nos divorciamos.

Ella se acaba de casar y volví a ver en sus ojos aquella nobleza e inocencia, como hace más de 20 años, se ve feliz, decidida y más joven, llena de vida, finalmente encontró a ese hombre que ella tanto soñó, un hombre que la dejará brillar con luz propia. La perdí para siempre, Ana. Gracias por publicarme, 

Samuel.
 
ESTIMADO SAMUEL:
Cometer errores, equivocarse y reconocerlo también forma parte de la vida. Ahora estás comprobando que no fueron solo unos momentos, sino que te dedicaste a cometerlos durante tantos años. No fue posible que tomaras el matrimonio con seriedad y confiaste demasiado.

No solo eso, fuiste incapaz de ayudarla en sus momentos de crisis que, reconoces, tú mismo provocaste, ahora es demasiado tarde para lamentarse y arrepentirse. Lo mejor es que camines en sentido contrario a ella y dejes que sea feliz, de una vez por todas.

ANA